martes, 25 de marzo de 2014

Micro (I)


La única verdad... es que todo ha sido una mentira.

sábado, 22 de marzo de 2014

22-M, una fecha más en el calendario



Hoy, 22 de marzo, es el día elegido, las “Marchas por la Dignidad” llegan a Madrid para protestar. La verdad que no puedo decir sobre qué protestan (aunque tengo una idea) ni quién lo organiza; hace tiempo que perdí la fe en este tipo de actividades que solamente sirven para hacer ruido y en proporción inversa para la efectividad.
Esta marcha, la del día de hoy, conocida como la del 22-M, es una más… nada nuevo bajo el sol. Al año podrían haber 365 marchas a las que solamente habría que cambiarle el número del día y la inicial del mes, sólo eso, insisto, el resultado es el mismo. ¿Y por qué digo esto? Muy sencillo, hace tiempo que dejé de creer en este tipo de actos.
Todos recordamos el 15-M, una fecha en la que muchos vimos esperanza y que algo podría cambiar… el tiempo se ha encargado de demostrar que nada ha cambiado; ¿qué queda de aquellos días? ¿En qué ha quedado todo?
Después, creo recordar, que hubo algo así como “Rodea el Congreso”, ¿para qué sirvió? Sin olvidar no sé cuántas mareas de no sé cuántos colores...
El último gran movimiento fue lo del barrio del Gamonal, en Burgos. Muchos creían que se había encendido la mecha que haría explotar, por enésima vez, la indignación de las gentes contra las clases dirigentes, ¿alguien recuerda el Gamonal? ¿Alguien podría decir cómo está la situación actualmente?
Lo de hoy es una pataleta más, como un niño pequeño al que dejan llorar y le dicen “ya te cansarás”.
Lo siento, soy pesimista y no creo que nada cambie con pancartas y marchas. Llega un momento en que hay que tomar soluciones mucho más drásticas para que las cosas cambien; ningún cambio en una sociedad corrupta que marcha a la deriva se hizo pacíficamente. Para que esto cambie, el precio a pagar debería ser muy alto. La cuestión sería, ¿estamos dispuestos a pagarlo? El refranero popular dice que ‘a grandes males grandes remedios’. Quizá es que todavía debemos estar peor para poner remedio efectivo a la situación.

martes, 11 de marzo de 2014

¿Qué les pasa a mis calcetines?



Esta pregunta me la hago siempre que voy a meter ropa a la lavadora, ¡siempre se me cae un calcetín al suelo! Hace tiempo descubrí un grupo de facebook que se llama “Siempre se me cae un calcetín cuando meto un montón de ropa en la lavadora”. La verdad que me pareció curioso el nombre, pero no es solamente curiosidad, es cierto, ¡a mí siempre se me cae un calcetín cuando meto un montón de ropa en la lavadora! Es algo que no falla. Y yo me pregunto, ¿no podría ser otra cosa? Pues no, tiene que ser un puñetero calcetín.
Unas veces me doy cuenta y otras no; a veces lo veo cuando ya he puesto en marcha la lavadora; sin duda alguna se trata de una broma de no sé quién o qué.
La verdad que ya es algo que tengo asumido y siempre que voy a meter la ropa a la lavadora, antes de cerrar la puerta hago el recorrido inverso que he hecho con la ropa sucia y ¡voilá! Siempre hay un calcetín en el suelo, ¡increíble! Lo curioso es que por lo visto no soy al único que le ocurre; será que los calcetines son como los gatos, les gusta poco el agua.
Calcetines vacilones y encima se ríen ¡dónde vamos a parar!

sábado, 8 de marzo de 2014

Y Dios creó al PP



Mejor tomarlo a broma, porque tomarlos en serio es para XXXXXXXX XXXXXXXX XXXX XXX XXX XX XXXXXX XXX XXX X XXXXXXXX XX XXXXXXX XXX XX XX XXXXXX. XXXXXXXX XXX XX XXX XXXXXX XX XXXXXX X XXX XXXXX XX XXXXXXXX X XXXXXXXXX XXX XX XXX XXX XXXXXXXXX XX XXXXXXX XXXX. XXXXX XX XXXX XXXXX.

Dios pobló la tierra con espinacas, coliflores, brócolis y todo tipo de vegetales para que el hombre y la mujer pudieran alimentarse y llevar una vida sana.
Y el Diablo creó McDonald’s y MacDonald’s creó el Big Mac.
Y El Diablo dijo al hombre: “¿Lo quieres con patatas y Coca Cola?” y el hombre dijo: “Sí, y en tamaño grande” y el hombre engordó.
Y Dios dijo: “Haya yogurt para que la mujer conserve la silueta que he creado con la costilla del hombre”.
Y El Diablo creó el chocolate y la mujer dijo: “Con almendras” y la mujer engordó.
Y Dios creó las ensaladas y el aceite de oliva y vio que estaba bien.
Y el Diablo hizo el helado y la mujer dijo: “De nata y fresa” y la mujer engordó.
Y Dios dijo: “Mirad que les he dado frutas en abundancia, que les servirán de alimento”.
Y el Diablo inventó los huevos con chorizo y el hombre dijo: “Y con panceta” y el hombre engordó y su colesterol malo se fue por las nubes.
Y creó Dios las zapatillas deportivas y el hombre decidió correr para perder los kilos de más.
Y el Diablo concibió la televisión por satélite y agregó el mando a distancia para que el hombre no tuviese que cambiar de canal con el sudor de su frente y el hombre dijo: “Y quiero una cervecita” y el hombre aumentó de peso.
Y el Diablo dijo a la mujer: “Son apetecibles a la vista del hombre unos aperitivos” y la mujer le acercó al hombre patatitas fritas, palitos salados, cortezas, más chorizo y otra cerveza. Y el hombre, aferrado al mando a distancia, comió los aperitivos, que eran abundantes en colesterol y vio El Diablo que estaba bien. Y el hombre llegó a tener las coronarias obstruidas y dijo Dios: “No es bueno que el hombre tenga un infarto” y, entonces, creó el cateterismo y la cirugía cardio-vascular y las unidades coronarias y el Diablo creó… los hospitales privados.
Y, ya cansado, dijo Dios: ¡ANDA Y QUE OS DEN POR CULO A TODOS! Y creó el Partido Popular… y en eso andamos…

martes, 4 de marzo de 2014

La ciudad en la que nadie muere



¿Hay en el mundo una ciudad en donde es posible nacer, pero no morir? Pues sí, tal ciudad existe y alberga una población de 2.000 habitantes.
Se llama Longyearbyen, capital del archipiélago de las Svalbard. Se encuentra situada en la isla principal, Spitsbergen, a unos 1.500 kilómetros del Polo Norte. Es la ciudad poblada más septentrional del planeta, con temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero. Es un desierto helado donde 6 de cada 10 kilómetros cuadrado llevan siglos bajo la nieve y el hielo; el año sólo dura ‘un día y una noche’, pero cada una se extiende por seis meses. En la puerta de los restaurantes y comercios de Longyearbyen existen unos ganchos especiales para colgar los rifles, junto a un cartel que ruega a la clientela entrar desarmada al local. Pero no es por los bandidos… es por los osos polares. En las islas Svalbard hay más plantígrados blancos que humanos y no es improbable verlos merodear incluso por las afueras del poblado. Por eso no es sólo recomendable salir armado de casa: ¡es obligatorio!


Pero, a pesar de todo, en ella hay pubs, discoteca, piscina climatizada, iglesias, escuelas, hoteles, restaurantes, hospital, concesionarios de coches, supermercados, casas de varios pisos, internet y un periódico diario. Pero no hay cementerios que acojan enterramientos desde hace unos 70 años. ¿Es que nadie muere en Long¬yearbyen? No es eso; lo que sucede es que en esta ciudad está prohibido morirse.
Todo responde a una serie de paradójicas razones. La primera, el estatus político del archipiélago. Aunque en teoría la soberanía de estos territorios es noruega, la ONU no ha aceptado todavía de una forma clara esa circunstancia y, por ejemplo, perviven en el tiempo reclamaciones sobre derechos pesqueros en el área: entre otras, una española, ya que los primeros pescadores de ballenas de la zona fueron, a principios del siglo XVII, arponeros vascos. Además de eso, los rusos mantienen una explotación de carbón al sur de Long¬yearbyen, Barentsburg, que cuenta con administración propia, fuera del control noruego, y población estable de 800 almas.


Así que el estatus impreciso de las Svalbard permite que la vida en las islas sea más anárquica que en la Noruega continental. En Spitsbergen se bebe sin restricción ninguna y a buen precio. Y cualquiera que lo desee puede instalarse libremente en su territorio. También alberga uno de los baluartes que podrían salvar a la humanidad en caso de catástrofe mundial: la conocida como ‘bóveda del fin del mundo’. Construido a 120 metros de profundidad en una montaña arenisca, este almacén a prueba de bombas nucleares y terremotos recoge desde 2008 decenas de miles de semillas con las que salvaguardar la biodiversidad.
Pero vamos al asunto de la muerte. A principios del siglo XX, unos científicos desenterraron los cadáveres de unos marineros que habían fallecido de influenza, pensando que el suelo congelado conservaría los virus de la enfermedad gripal. Acertaron y lograron crear una vacuna contra un mal que había desatado la enorme pandemia de 1918. Eso no fue todo: resultó que los cadáveres estaban en perfecto estado de conservación a causa de la enorme capa de hielo que cubría y rodeaba los ataúdes.
Y ahí comenzó el problema. Desde siglos atrás, son muy numerosas las personas que han soñado con un día en el que, merced a los avances de la ciencia, la humanidad encontrará los remedios para curar todas las enfermedades, lo que convertirá al hombre en un ser inmortal. De modo que puede suponerse que un cuerpo congelado tras su muerte podría ser curado y resucitado en el futuro. Y con esa idea, mucha gente comenzó a instalarse en las islas para morir y ser enterrada en ellas.
A las autoridades no les quedó otro remedio que prohibir las inhumaciones en las Svalbard. Más aún, en ningún edificio se permite la construcción de rampas para gente impedida, para que los ancianos minusválidos no puedan instalarse y morir en la ciudad. Si alguien fallece en estas islas, su cadáver es enviado a casa en aeroplano.
Otra razón es que por las mismas fechas ocurrió algo poco agradable. Los cuerpos de los difuntos se desenterraron solos debido al permafrost, el durísimo suelo congelado del Ártico, que empuja lentamente hacia arriba todos los objetos enterrados en él. Lo peor es que en esta latitud, donde las temperaturas raramente suben del cero, los cadáveres no se descomponen.
Debió de ser una escena entre terrorífica y poética, aquel día en que los vecinos de Longyearbyen se encontraron con los rostros incorruptos de sus propios padres y abuelos, algunos más jóvenes que ellos mismos en ese momento.
Prohibido, pues, morir en Longyearbyen.





sábado, 1 de marzo de 2014

Good luck



Always with me in my ‘Soul’ ... it’s not necessary to say anything…