
Ya hace tiempo que ha decaído la españolísima tradición de endiñarles los padres sus propios nombres a los hijos, algo así como para dejar en la perpetua memoria el abolengo de una familia, sin ir más lejos yo soy la tercera generación en la cual el nombre de varón ha pasado al primogénito. De seguir con esta costumbre, no habrán de pasar muchos años para que sea una digna rareza encontrarse con un Manolo, Pepe, María o Carmen, nombres muy usuales y de gran arraigo en este bendito país.
Quizá para romper esta onomástica tan usual (o para distinguirse del resto) los más señoritingos desempolvaron en su momento los David, Moisés o Elías, nombres de barbudos y honorables barones bíblicos. Hablando de nombre bíblicos, nunca he conocido a ningún Caín o a un Judas (como nombre propio me refiero), siendo estos también de la misma relevancia, o más si cabe, que los anteriores en el desarrollo de nuestras Sagradas Escrituras.
Pero dejando aparte ciertas caprichosas exclusiones y puestos a elegir nombre antiguos con verdadera enjundia y reputación, yo sin dudarlo, en lo tocante al género femenino me quedo con Minerva, diosa griega de la intelectualidad y la medicina, o Cleopatra, como la exuberante reina egipcia, cuya belleza ha sido motivo de inspiración para pintores, escultores y literatos a lo largo de los siglos.
En cuanto a lo masculino, me decantaría por Claudio, Adriano, Constantino, nombres de aquellos gloriosos emperadores romanos, que con el simple gesto de agachar un dedo en la tribuna del circo mandaban a criar malvas al mejor gladiador, y se quedaban tan panchos pellizcando una uva negra.
Hay, en nuestro prolífico santoral, tan prestigiosos como abundantes nombres a los que echar mano para alternar esta moda. Pero por lo visto la moda actual es la inclinación hacia nombres extranjeros de los famosos del cine o de las revistas para mentes poco ocupadas. De ahí que sea habitual oír Kevin, Jhonatan, Franz, Elizabeth, Davinia o Vanesa, cuyo diminutivo (Vane), suena fatal, aparte de despedir cierto tufillo de catetura. Y no es que me desagraden esos nombres de personajes tan célebres. Es más debo admitir que algunos pueden sentirse orgullosos porque otorga cierta distinción contar entre la familia con una Ingrid (la hermosa protagonista de Casablanca), o un Elvis, que recuerda al genial cantante.
También hay que pensar que en los tiempos actuales en los que el movimiento migratorio es abundante, nos encontramos con nombres tan exóticos como Lee, Mohamed, Fátima, Alexander, Abigail, Tatiana y un sinfín que ahora no me vienen a la cabeza. No me imagino a la generación de mis abuelos, de mis padres, ni siquiera la mía llamándose de esa forma.
Nombres célebres y extranjeros que vienen a refrescar nuestro vetusto y apolillado santoral. Lo malo de estos nombres adoptados más que nada por su exotismo es que cuando se les coloca el apellido típicamente español ya pierden su encanto. Veamos unos ejemplos: Ingrid Martínez, Mohamed Rodríguez, Alexander Pérez, Elvis López…
Conclusión. Con lo fácil que es poner un nombre y lo que se complica la gente.
Conclusión. Con lo fácil que es poner un nombre y lo que se complica la gente.