
Llueve. Lo hace de una forma fuerte y agresiva; la oigo encima de mi cabeza desde el altillo en el que estoy en esta mañana de sábado, desde casi las nueve, todavía con el pijama puesto y delante del ordenador peleándome con una de las últimas versiones de Autocad.
La música no falla, la tengo bajita, apenas perceptible para mezclarse con la lluvia; es como si ésta fuera una canción. Estoy escuchando ‘El Tiempo de las cerezas’, un álbum cantado a dúo por Enrique Bunbury y Nacho Vegas (otro día hablaré de este disco). Posiblemente el mejor dúo que yo haya escuchado. Hay una canción que me parece identificativa con este momento titulada ‘Va a empezar a llover’. Me gusta, es el momento genial para que suene.
Voy a seguir. A ver si hoy paso de la línea (afortunadamente uso la versión en castellano). Eso sí, a las doce de la mañana, aunque diluvie, me voy a una cafetería a tomar mi bombón con hielo y a leer el periódico; esta tradición es de lo poco sagrado que hay en mi vida.
La música no falla, la tengo bajita, apenas perceptible para mezclarse con la lluvia; es como si ésta fuera una canción. Estoy escuchando ‘El Tiempo de las cerezas’, un álbum cantado a dúo por Enrique Bunbury y Nacho Vegas (otro día hablaré de este disco). Posiblemente el mejor dúo que yo haya escuchado. Hay una canción que me parece identificativa con este momento titulada ‘Va a empezar a llover’. Me gusta, es el momento genial para que suene.
Voy a seguir. A ver si hoy paso de la línea (afortunadamente uso la versión en castellano). Eso sí, a las doce de la mañana, aunque diluvie, me voy a una cafetería a tomar mi bombón con hielo y a leer el periódico; esta tradición es de lo poco sagrado que hay en mi vida.