sábado, 1 de diciembre de 2012

¿Quién me acompaña?


En estos fríos días las mejores conversaciones surgen delante de una buena chimenea.


martes, 20 de noviembre de 2012

Otoño


Estás fotografías están tomadas un otoño, en Soria, hace muchos años. Dicen que en otoño vuelven las melancolías pasadas a hacerse presentes. Quizá por eso me gusta; es mi idiosincrasia. Siempre he perdido en otoño.
Ahora he vuelto. Pero podría ser en Soria o en cualquier otra ciudad. El nombre del lugar no importa y el de ella tampoco; será porque lo he olvidado.
Prometió quedarse a mi lado mientras yo le amaba con todos los cauces de todos los ríos del mundo. Recuerdo que mientras me llenaba la espalda de besos, yo le hablaba de amor y al tiempo que me pegaba su cuerpo yo le pedía quedamente al oído que fuera para mí.
Nos miramos más tiempo del que hicimos el amor. Yo le apagaba los miedos mientras a ella le bastaban contados segundos encender los más profundos míos.
Pero no era la misma persona. Me mintió, huyó, no luchó, no sintió, no escuchó, no vivió, me dejó.
Luego, ¿qué queda? Reconstruir cada pedazo. No se trata de encontrar cada fragmento y recolocarlo, no. Se trata de arrancar del alma los que quedaron prendados a ella, los que una noche decidieron atravesarla y entonces sangró. Al menos todo este dolor me hace ver que fue real. Que nunca me quiso, ¿por qué lo sé? Porque hay hojas que, aunque sea otoño, no caen de los árboles. Pero sí, era otoño y volvía a repetirse el ciclo.
He vuelto a caminar por aquel paseo, pero nada ha cambiado. Estoy aquí. Otoño. Vuelvo a ser feliz. Otoño.


martes, 13 de noviembre de 2012

El Mesón de la Dolores



Justo hoy hace dos años que estuve en el Mesón de la Dolores, en Calatayud. Era una tarde de sábado tomando café; no recuerdo si llovía, lo que recuerdo es que hacía mucho frío y el cierzo soplaba.
No era mi primera vez, ya había estado varias veces más. Desde entonces no he tenido ocasión de volver aunque sé, evidentemente, que volveré. Tampoco he tenido ocasión real de quedarme a dormir y eso es otra de mi asignatura pendiente que espero hacer en el futuro.
Se trata de un edificio del siglo XIX restaurado. Es lo que se supone que era el antiguo mesón de Dolores, la famosa protagonista de la jota.
El lugar es acogedor para tomar un café y estar charlando sin ninguna prisa. Te invita a estar allí sin preocuparte del tiempo. La restauración me gusta; creo que han sido bastante fieles a lo que se supone que podría ser en la época y ello unido a la vestimenta baturra de los camareros todavía le da un encanto más especial.
En este vídeo se puede ver el interior. Merece la pena visitarlo.


sábado, 10 de noviembre de 2012

El infinito



Siempre me ha producido curiosidad el número “infinito”, algo que por ser tan inmenso no podía existir; escapaba a la razón humana.
Para mí era la sorpresa de un límite; alguien que constate su incredulidad y la prolongue más allá de esa imagen, en una idea que da lugar al nacimiento del “infinito”.
No existe el “infinito”, existe el instante abierto que se convierte en atemporal, sólido, intenso… un gesto condensado que se hace eterno.
Un gesto es una trayectoria a la par que un trayecto; el punto en el que un río se encuentra con el mar. Un punto “infinito” que se puede ver, tocar, sentir. Un gesto no se hace, no nace, simplemente acontece y cuando eso ocurre no hay escapatoria. Toda mirada se transforma en destello, la voz se significa y la palabra toma forma.
Un día lo descubrí, descubrí que era el “infinito”, me encontré con él cara a cara. Fue hace muchos años, en el instituto. Ese ocho tumbado. Funciones para valores crecientes de la variable independiente tienden a “infinito”, sucesiones de números, límites… es tan grande o tan pequeño que cualquier número, independientemente de grande o pequeño, está lejos de él.
Pero no, “infinito” no es un número más. Su significado, sin fin, lo explica. ¿Cómo es posible que en un centímetro haya puntos infinitos? Al encontrarnos con un “infinito” nos encontramos a cosas finitas pero ilimitadas y unidas a ellas mismas.
Después de todo quizá estaba equivocado y el “infinito” existe, se puede materializar, tocar, sentir… El infinito es esto, ahora; somos y vivimos en un presente infinito, constante. Al igual que ese ocho tumbado, para y se mueve para empezar de nuevo su ciclo constante.
Existe el “infinito”; nosotros lo somos. En este momento lo estamos siendo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

'Calatravadas' generales



José Laborda Yneva es el nombre y apellidos de un profesor que tuve cuando estudiaba. Sin duda alguna una de las mentes más brillantes que he conocido, pero supongo que, como todos los genios, con un carácter muy ‘particular’. Merecía la pena asistir a sus clases por escucharlo hablar. Se subía a una tarima e iba de una punta a otra contándonos cosas, con las manos cogidas por detrás, hablando de arquitectura y de cualquier cosa que él consideraba interesante; mirando al suelo, de vez en cuando se paraba y nos miraba. Jamás he vuelto a escuchar a un orador como él; cerrabas los ojos, agudizabas el oído y parecía que estabas escuchando a alguien que por un don divino había adquirido todos los conocimientos habidos y por haber; su voz también invitaba a ello.
Pues bien, una sola vez me sorprendió raramente. Una vez que hablaba sobre arquitectura actual, no recuerdo exactamente que era, y dijo “Calatrava es un arquitecto bastante corriente”.
En esos momentos todos pensamos que este hombre no sabía lo que decía. ¡Cómo osaba decir que Calatrava era vulgar! Era el espejo en el que mirarnos.
Después, con el paso del tiempo, las cosas se ven de otra manera.
Hace tiempo que entendí las palabras de mi antiguo mentor, evidentemente un doctor arquitecto como es Laborda tiene muchos más motivos para juzgar que unos simples aspirantes a arquitectos.
Escribí en este blog hace ya tiempo que la arquitectura tiene que ser funcional y práctica. Es decir, tiene que estar pensada por y para el hombre. Así de simple, así de sencillo. La distancia más corta entre dos puntos es una línea recta, no hacen falta líneas quebradas; en arquitectura sucede lo mismo.
Si uno observa la arquitectura de Calatrava podrá darse cuenta que utiliza cualquier cosa menos las líneas rectas. Con ello no digo que no tenga su mérito, pero no todo es como nos lo pintan.
Pero la arquitectura no es solamente lo que se ve; es mucho más. Calatrava, sencillamente, ha sabido venderse, especialmente al PP valenciano. Solamente hay que ir a Valencia para darse cuenta de ello. Claro que para esta gente (los peperos) Calatrava es el mejor arquitecto del mundo y además es valenciano y todos aquellos que le critican no tienen ni idea. Extraña ‘valencianía’ la de un hombre que vive entre Zurich y París y que solamente se acerca por Valencia cuando tiene que cobrar lo que no está escrito.
Pero esto es una simbiosis. Si Calatrava se ha llenado el bolsillo con las obras que ha hecho en Valencia, los políticos han encontrado en él la excusa necesaria para hacer obras faraónicas inútiles y si no salen bien las cosas echarle la culpa a los socialistas por su mala gestión anterior. Si es que ya está todo inventado.
Hay que concederle un mérito a D. Santiago y es que ha conseguido lo que años atrás parecía imposible: unir en un pensamiento común a ingenieros y arquitectos acuñando el término “calatravada”; sobran las explicaciones.
Claro que esto pasa cuando alguien se presenta al mundo como arquitecto, ingeniero, artista, escultor y no sé cuántos títulos más, es decir, Leonardo o Miguel Ángel eran unos aficionados comparados con él.
A simple vista, en la arquitectura de Calatrava podemos observar algunos “errores” que están por encima de la belleza.
Calatrava tiene un estilo repetitivo que hace que todos sus edificios se parezcan sospechosamente demasiado entre sí. En sus construcciones usa una figura por encima de cualquiera: el paraboloide hiperbólico (aquí se explica). Al principio puede ser un logro pero acaba siendo algo aburrido.
Busca la espectacularidad de sus edificios en lugar de su practicidad.
Todas sus obras sufren un desmesurado coste sobre el presupuesto inicial. Jamás se sabe cuánto va a ser el presupuesto final, ya que siempre se acaba multiplicando incomprensiblemente. En su obra más reconocida en España, la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el presupuesto se multiplicó por diez. Pero no pasa nada, paga el ciudadano.
Prefiere edificios espectaculares a edificios prácticos. La apariencia prima sobre la función. Por citar un edificio diré el Museo de la Ciencia, una construcción con muchos metros cúbicos construidos pero realmente muy pocos metros cuadrados que realmente se puedan aprovechar. En este apartado habría que analizar todas sus obras para darnos cuenta que siguen el mismo patrón.
Sus edificios no se adaptan a una sostenibilidad energética. ¿Qué significa esto? Que dado su gusto por los grandes volúmenes vacíos de contenido, sus edificios son caros de mantener debido al desmesurado gasto en climatización. No se adapta a las características climáticas ni ambientales del lugar. Daría lo mismo construir en Siberia que en el Sáhara.
Gusta de recurrir a soluciones caprichosas que son muy vistosas pero que son carísimas a la hora de realizarlas; no están justificadas económicamente. En sus puentes, por ejemplo, siempre suele poner un arco que los adorne cuya función es esa, adorno. No tienen ninguna función estructural simplemente estética… pero que tiene un sobrecoste elevado. Cualquier ingeniero de Caminos podría confirmarlo.
Realiza una mala práctica de la ingeniería. Insisto, sus proyectos visualmente son grandiosos pero, ¿y calcularlos? ¿Alguien se imagina lo que tiene que sufrir un ingeniero para calcular esas estructuras? La ingeniería no es eso. La ingeniería es, al igual que la arquitectura, belleza, funcionalidad y coste ajustado. Es en estos casos donde al saltarse estos preceptos las obras se encarecen brutalmente.
La Ciudad de las Artes tiene un coste de 1.300 millones de euros, de los cuales Calatrava ha cobrado en concepto de honorarios unos 94 ó 95.
La primera vez que vi ese complejo pensé que era la satisfacción de un megalómano y la seña de identidad de la corrupción valenciana. Así es como lo veo yo. Un show, una cultura del despilfarro y un homenaje a lo que nunca se debería haber hecho. Todo se hizo sobre la marcha, sin resolver su utilidad final. Se sabía que era algo, pero no el qué. Pero sí, a la gente le gusta. Esto es España y ya se sabe que en este país todo el mundo entiende de política, de fútbol y, últimamente, de arquitectura.
Ahora, cada vez que veo una obra de Calatrava recuerdo las palabras de mi profesor: “Calatrava es un arquitecto bastante corriente”.
El vídeo que sigue es el único que he encontrado suyo en la red. Una delicia para mis oídos volver a escuchar a aquel hombre en cuyas clases tanto disfrute escuchándolo hablar. Hoy he vuelto a ser su alumno.


martes, 23 de octubre de 2012

Lo que no dijo Plácido



– Me alegra haberte visto. Hacía ya mucho tiempo que no nos veíamos.
– Sí yo también. La verdad es que alguna vez pensaba, ¿qué será de esta chica? Pero entre unas cosas y otras nunca te llamaba.

Había coincidido con Marian, una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía y hacía buen rato que nos habíamos sentado en una cafetería a tomar un café y a hablar de nuestras cosas. Siempre habíamos tenido una relación muy cordial que no iba más allá de la pura amistad. Como pasa siempre, la vorágine hace que sigas tu vida y aunque no te olvides de la gente es inevitable que la relación no sea tan fluida.

–Y dime Marino, ¿qué sabes de él? ¿Qué sabes de Placido?

 La miré fijamente con un gesto de seriedad, ya que no esperaba la pregunta.

– Está bien, muy bien. Hace unos días que estuvimos hablando y me contó que tiene un proyecto entre manos que le ocupa parte de su tiempo. Está bastante ilusionado en general; hace tiempo que no lo veía así.

Ella hizo una mueca parecida a una sonrisa melancólica y se encendió un cigarro sin decir nada. Yo la miraba mientras apuraba el café que me quedaba en el vaso. Por unos instantes se hizo un silencio que parecía que se podía cortar. Hasta que ella dijo.

– Me alegro escuchar eso, no sabía nada. Hace tiempo que no sé de él.
– Sigue teniendo el mismo número de teléfono y el mismo correo electrónico.- Le contesté.

Volvió a hacerse el silencio esta vez más prolongado que el anterior. Circunstancia que aproveché para pedir otro café para mí y otro para Marian al ver que su mano, con dos dedos levantados, me indicaba que quería otro.

– El puede llamarme cuando quiera, yo lo considero mi amigo. Sigo siendo la misma.

En esos momentos no supe que pensar. Podría optado por haberme callado y haber dicho que sí. Allí tenía a una buena amiga hablándome de Plácido, mi mejor amigo. Con el que tantas horas había hablado. Plácido me contó la historia que había tenido con Marian. En el momento en el que ella dijo eso volvieron a mí las conversaciones de dolor que yo había tenido con él cuando me desnudaba su corazón y solamente podía ver amargura. Por todos esos momentos creo que se lo debía.

– Marian, yo lo sé todo. Plácido me lo contó.

– Lo suponía, por eso te digo esto, porque eres tú y sé que lo sabes. Solamente te digo que sigo siendo la misma, que no he cambiado, que…

– No- dije interrumpiéndola –Tú no eres la misma. Tú no eres la misma Marian que él conoció. Tú cambiaste, de un día para otro, sin saber por qué, sin haber ninguna razón. Lo dejaste perder todo por nada. Me dijo que al principio te cantaba el estribillo de una canción: “Se te nota en la mirada que vives enamorada”… y ahí él se callaba. La segunda parte sigue así: “… Te ha acompañado la suerte. Han debido de quererte tanto para que me olvidaras…”, ¿verdad que así ha sido? - dije de modo sarcástico.
– Bueno, si esa es tu opinión la respeto- me dijo dándole un sorbo al café y encendiéndose de nuevo otro cigarro.
– Marian, tú lo sabes tan bien como yo. Aunque él no me lo hubiera contado lo hubiera supuesto, ¿y sabes por qué? Porque lo conozco, porque hablaba con él y me hablaba de ti. Solamente escuchar tu nombre salir de sus labios demostraba ternura, amor e ilusión. Lo sé porque son muchos años los que lo conozco. Y eso, Marian, eso, no lo supiste conservar, no lo supiste cuidar. Lo dejaste perder.
Dices que “tú sigues siendo la misma”. No, eso no es cierto. Tú no eres la mujer que él conoció. Tú no eres la mujer que quería estar con él y con la que él quería estar. No eres la mujer por la que él esperaba que pasase el tiempo para estar contigo. La mujer con la que el tiempo era una circunstancia y la distancia se medía en el tiempo que se tardaba en recorrer para volver a estar juntos. Es mujer se fue, desapareció sin más, incluso dudo que algún día hubiera sido real porque de haberlo sido continuaría estando. Se esfumó de un día para otro, ¿y sabes qué es lo peor? Sin razón, sin nada a cambio. ¿Y aún dices que sigues siendo la misma y no has cambiado? No, Marian, no, tú no eres la mujer de la que Plácido se enamoró.

Ella me miraba con gesto serio sin decir nada.

– ¿Y dices que continúas siendo su amiga? Perfecto, no lo dudo y estoy seguro que él así lo cree pero hay cosas que no se olvidan tan fácilmente. Lo que no entiendo es como tú puedes hacerlo. ¿Tú puedes pasar de estar con alguien y pensar que es “lo que jamás hubieras imaginado en tu vida” a verlo como un amigo? Yo, como he estado enamorado y he querido te puedo asegurar que eso es imposible, no se puede. La única respuesta que encuentro es que nunca lo has querido, que todo fue una mentira y esa es la sensación que él me ha transmitido. Si con él no has sabido ver todo lo que vivisteis y cuidar lo que tenías… ¿crees que lo harás algún día? Sabes que, para bien o para mal, él nunca se ha equivocado cuando te ha dicho alguna cosa.
Después de lo que tuviste y viviste antes de conocerlo, ¿cómo no lo conservaste Marian? Estoy seguro que ha sido el hombre que más te ha querido; estuvo a tu lado en la peor etapa de tu vida, porque era él y nadie más aunque pienses lo contrario, cuando lo más fácil hubiera sido pensar que no tenía necesidad de complicarse la vida no lo hizo y estuvo siempre a tu lado, siempre, incondicionalmente, nunca te presionó, nunca te puso cadenas, siempre respetó y esperó a que tus cosas se solucionaran, hubiera ido contigo a cualquier lugar, ¿quién hubiera hecho eso si no es porque realmente te quiere?… y tú lo dejaste perder por… ¿por qué? No lo sé.
Aún así, después de aquello, estuvo un año a tu lado ¡un año! Esperando que volviera aquella mujer que él quería, que le dijera que volvería a abrazarle las piernas por debajo de la mesa.
Pero no volvía, al contrario, todavía se alejaba más, simplemente era un recuerdo y, aunque tú no lo vieras, sufría esperándola. ¿Y me dices que no has cambiado y sigues siendo la misma? Yo me pregunto, ¿qué Marian es la verdadera? Supongo que ésta, la que está aquí delante de mí… la otra era una ilusión, algo falso que no existió.
– Esa es tu opinión. Aquello pasó, las cosas pasan.
– Sí, es cierto, aquello pasó y por eso te estoy diciendo esto, porque tú me has preguntado por él. Si no os conociera como os conozco ten por seguro que sería un tema en el que no entraría.
No somos unos críos para andar con tonterías. Somos adultos para saber qué es lo que queremos y saber a quién vamos a tener a nuestro lado incondicionalmente pese a todo. A no dejarnos encandilar por cantos de sirena y a tener los pies en el suelo. Marian, tenemos una edad para saber que es real y verdadero y qué fruto de una ilusión. Con una edad y unas experiencias vividas las cosas se tienen que valorar… y tú es algo que no has sabido hacer o no has querido hacerlo. Lo vuestro no era una aventura temporal. Dejaste perder al hombre que más te ha querido y al que hubiera estado contigo sin importarle nada. Tú, que decías que preferías el ‘aquí y ahora’, cuando lo tuviste no lo supiste cuidar. Yo sabía de vuestra relación porque, como te he dicho antes, una luz salía de sus ojos al nombrarte y si por lo que tuvisteis no luchaste es que hay algo que no has aprendido. Quizá hay mujeres que no saben querer, no se merecen que las quieran o necesitan a su lado hombres que las traten de una forma ‘distinta’ y no como, por ejemplo, te trató a ti Plácido. En la vida hay oportunidades que pasan una vez, pasan dos, pero no pasan tres y tú tuviste esa segunda oportunidad durante todo un año a tu alcance. Algún día Marian, algún día te darás cuenta.
Porque lo sé todo puedo decir que es el hombre que más ha luchado por ti, el que más te ha querido, aunque no lo creas, pero también sé que, posiblemente, eres la mujer que más daño le ha hecho. Llega un momento en que tiene que parar y él decidió que ya había tocado fondo y no podía continuar así mientras tú tomabas otro camino. No hay más. Marian, le dijiste cosas que yo jamás le hubiera dicho a alguien que se hubiera portado y hubiera estado conmigo como él lo estuvo contigo. No fue él, fuiste tú quien lo alejó, quien quiso alejarlo y él en cierto momento decidió que tenía que hacerlo; tú le obligaste a ello. Entonces, por favor, no digas que “no has cambiado y que sigues siendo la misma”.
– Esa nunca ha sido mi intención. Yo jamás he querido hacerle daño.
– Marian, yo no digo que esa fuera tu intención. Simplemente digo que querer a alguien es luchar por ese alguien; Plácido lo hizo y demostró que te quería como nadie te ha querido y tú lo dejaste perder por nada. Fantasías humo e ilusiones falsas.
Pero te aseguro que no te guarda rencor. Simplemente decidió que no merecía la pena seguir luchando por ti.
– Después de habértelo contado, ¿te ha vuelto a hablar de mí?

De repente sonó mi móvil. Como si fuera una jugarreta del destino vi un nombre en la pantalla.

– Disculpa, Plácido me está llamando…

Ella se encendió otro cigarro.


sábado, 20 de octubre de 2012

Escribir


Escribir es descifrar, compartir, darle un nombre a los deseos y ponerle carne al viento.
Escribir es dibujar el rostro que se anhela, construir el espejo que nos diga quiénes somos, esculpir un cuerpo cuando la soledad se vuelve intolerable o crear un rincón solitario donde poder hablarnos, callarnos, dialogar con los muros y las sombras.
Escribir es buscar un espacio cuando todos los espacios están llenos o vacíos; crear un tiempo aparte.
Escribir es hacer que las palabras se conviertan en cielo, en mesa o en un ojo que nos mire piadoso a veces implacable.
Escribir es ser la costilla del texto; es descubrir que cualquier ausencia puede transformarse en un otro presente, que se sienta a observarnos a través de las letras; es saber que uno puede elegir cuándo morirse; cuándo renacer; cuándo aullar; cuándo sentarse a escuchar los caminos; qué silencio morder; en qué palabra hundirse; qué nervio dejar entre las hojas; alrededor de qué obsesión danzar y danzar gozosos, hasta que amanezca; elegir lo que es verdad y lo que es mentira; qué nostalgia reservarse para la próxima vez, pero, sobre todo, escribir es descubrir los nombres que nos conforman; las palabras que nos crearon como somos; saber que alcanzar; conocer las letras que nos pertenecen y nos permiten cambiar nuestro pasado o entenderlo; crear nuestro presente eligiendo la palabra precisa y caminar hacia un futuro con el rostro develado o develándose siempre a través de los nombres humildes, de los vocablos fértiles, de los silencios grandes.
Escribir es comprender que cada mundo creado en la palabra es un mundo posible de encarnarse en una realidad vital. Que la palabra es cosa seria, pero que nos permite reírnos de nosotros mismos y de este mundo de encuentros y desencuentros de este mundo en el cual nada es posible si no se dice lo que se quiere, si no se expresa lo que se piensa, si no se transmite lo que se siente, si no se habla puntualmente, si no se eleva un pensamiento, si no se sabe callar cuando es preciso. Si no entendemos que sólo cuando la letra entra en el polvo nace el hombre. Que somos polvo pero podemos ser, si nos juntamos, tan inmensos como el desierto de todas las revelaciones.
Escribir somos nosotros. Somos lo que escribimos, somos como escribimos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Alas de libertad


He de empezar a asumir que mi vida estará teñida por siempre de un dramatismo con aires melancólicos.
Una vez me dijeron que nunca pertenecería a nadie completamente… y puede que sea cierto.
No me considero un espíritu libre, pero conozco mis ilimitaciones.
Desear pertenecer a alguien no ha hecho más que coserme dos grandes alas a la espalda y no hay manos o miradas que consigan arrancarlas.
Sentir que has perdido, aunque no sea más que una mera ilusión producto de tu corazón, te concede un poder extraordinario de conciencia real.
La realidad se brinda hacia a ti como una alfombra roja sobre la que caminar, sobre la que pararte a descansar, observar, absorber y abarcar cada uno de sus rincones tan sólo con rozarlos con las yemas de los dedos.
Cuando ya no tienes nada que perder, sí, eres libre.
El resto de la vida se plantea como un territorio explorable nada hostil.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Tren sin retorno



Después de lo que me has contado, ¿qué quieres que te diga Plácido? Permíteme que sea breve y que no profundice demasiado. Quizá mi opinión no te gustaría y sé que tampoco permitirías que arremetiese vulgarmente. Hasta en estos momentos eres noble.
Es fácil llorar y quejarse de que la gente es mala, que van a hacer daño, ¿verdad que sí amigo Plácido? En un momento hay que pararse a pensar, ¿qué haces por cambiar esa situación? ¿Qué haces cuando tienes la oportunidad de cambiar cuando alguien te ofrece un hombro sobre el que llorar, unos brazos para que te abracen y un oído para que te escuche? Hay quien la deja perder sin inmutarse.
Hay personas que pasan por nuestra vida como los trenes que pasan por delante de nuestros ojos en una estación. Sin embargo, hay otras que no es así. Hay trenes que no se pueden dejar perder. Hay que saber lo que se coge y lo que se deja; aunque esto nunca se aprende. Siempre he sido de la opinión que a ciertas personas hay que saberlas conservar, valorar, por lo que te han dado y te han aportado, cuando lo fácil hubiera sido dejarte a la deriva. Hay personas, créeme, que eso no lo saben valorar y cuando ya no les sirves te apartan de su lado, por mucho que les hayas dado. No importa que hayas estado ahí, a su lado, para lo que fuera. Hoy en día cualquiera usa la palabra amigo. Lo otro, no es fácil encontrarlo y una vez se ha hecho simplemente hay que cuidarlo. Las cosas hay que merecerlas y no quererlas.
No te preocupes Plácido, tú ya has hecho lo que debías. Supongo que el precio pagado por perderte merecerá la pena y el precio por el que alguien se vende lo mismo. Tú lo sabes. Quien te conoce y a quién hayas tenido a tu lado también. Saber que alguien te llevará un paraguas un día de lluvia, una Tizona sin esperarlo, el almuerzo cuando te lo hayas dejado o simplemente una tarta de chucherías sólo por verte sonreír después de un mal día es algo que, yo creo, no se puede dejar perder por piropos, cancioncitas o promesas de comprar una casita que tendrá vaquitas. En definitiva, Plácido, alguien a tu lado incondicionalmente para lo bueno y para lo malo sin importar circunstancias. Al menos así pienso; prefiero la certeza del presente, de lo que tengo y sé que me aporta a… algo que solamente queda en la imaginación.
Después de contarme tu historia, ¿qué quieres que te diga? Quizá porque soy más frío que todo eso. Quizá porque necesito mucho más que un simple adorno de oído para decir un “te quiero”, para pensar en formar una familia después de leer un poema adulador, para pensar que quiero compartir el resto de mi vida con alguien que solamente sabe adornarme la realidad. La vida es algo más que todo eso. Lo sé, aunque en alguna flaca imaginación se diga lo contrario yo sé que quien estuvo a su lado en el peor momento de su vida: fuiste tú y nadie más. Por mucho que haya cien motivos salidos del delirio y pensamientos que se piensen; aunque supongo que cada vez habrá cien motivos diferentes (o los mismos) y pensamientos que se que piensen (o los mismos) para el momento, da igual para quien sean. Sí, ya me callo. No diré más. Como dijo alguien “no quisiera que mis hijos se avergonzasen de mí”.
La vida son elecciones. Elegimos a quién queremos a nuestro lado y a quién no. Cada cual sabrá los motivos y pondrá en una balanza lo que más le convenga. La vida no es justa ni injusta; tenemos lo que nos merecemos.
Para bien o para mal siempre has acertado. Lo que piensas tú te lo guardas. Cada cual tiene lo que se merece por ser como es y eso no lo podrá cambiar por mucho que lo intente. También es cierto que en la vida hay oportunidades que pasan una vez, pasan dos… pero no pasan tres. Ya somos mayorcitos para saber lo que nos conviene; aunque hay lecciones que nunca se aprenden, me entiendes, ¿verdad? 

martes, 28 de agosto de 2012