sábado, 20 de diciembre de 2014

Los sábados a las 12:00



No puedo asegurar qué podré hacer cualquier hora de cualquier día de la semana, dónde estaré o dónde no estaré; pero hay algo que sé seguro que haré.
Tengo la costumbre de ir a tomar el café (suele ser un par de cortados o bombones, eso sí, siempre con hielo independientemente de la estación del año) y a leer el periódico los sábados a las 12:00 horas. Siempre, ese día y esa hora.
Desde hace muchos años es algo que voy haciendo, salvo causa de fuerza mayor. ¿Cuál es su origen? Creo que como todas las cosas en la vida que acaban convirtiéndose en tradición surgen por algo inesperado, casual.
En mis tiempos de estudiante compartía piso con otros tres compañeros de instituto, juntos lo acabamos juntos empezamos la universidad. Una vez allí, como es normal, nuestros caminos se separaron, aunque continuemos manteniendo el contacto telefónico; pero antes de todo eso pasaron muchas cosas.
Vivir en un piso de estudiantes es una experiencia inolvidable, tiempos irrepetibles que darían para escribir un libro… quien haya pasado por ello me entenderá perfectamente. Pero claro, no todo es de color de rosa y también hay algunas obligaciones que hay que asumir y que nosotros no sabíamos por aquel entonces.
Lo único en lo que habíamos pensado desde el primer día era que había que fregar y cada día se encargaba de hacerlo uno. A veces, dependiendo de la ‘mala leche’ que tuviéramos, hacíamos una comida más elaborada usando más cacharros para que el otro tuviera que fregar más y no faltaban las protestas del ‘fregador del día’ en plan “¿Es preciso usar dos sartenes? ¿No puedes usar una?... ¿Es necesario que utilices tantos platos?…” La excusa era que, por ejemplo, en la misma sartén en la que se habían freído un par de huevos no podían freírse dos longanizas, porque no sabían igual, o que había que hacerlo al mismo tiempo para que lo que se había freído antes no se enfriara… pero la cosa no pasaba de juramentos, burlas y risas.
Pero había algo que no habíamos tenido en cuenta, ¿quién limpiaba el piso? El primer mes de nuestra nueva vida si hubiese ido un inspector de Sanidad nos hubiese precintado la vivienda, así que decidimos que aquello no podía seguir así y establecimos turnos de limpieza: cada semana uno de nosotros limpiaría todo el piso a excepción de las habitaciones (que cada cual se limpiaría la suya).
No hace falta que sea muy explícito cómo lo hacíamos. No se puede decir que se pudieran comer sopas en el suelo, pero como las bacterias no se ven… A veces nos quedábamos sin lejía y fregábamos el suelo con detergente de ropa… tampoco explicaré más. Básicamente era pasar una bayeta con lejía por el váter, bidé, lavabo y bañera, luego barrer y pasar la fregona. En una hora u hora y media estaba limpio el baño, la cocina, el pasillo y el comedor y, como he dicho antes, visualmente estaba bien.
El caso es que al que le tocase limpiar siempre se solía poner entre las 10:30 y las 11:00 del sábado y lo último que se hacía era fregar el piso. Metíamos la fregona en el cubo, la removíamos bien, la sacábamos y, sin escurrirla, nos poníamos a darle pasadas al suelo; si hubiésemos usado una manguera o tirado cubos de agua hubiésemos acabado antes. La cuestión es que al terminar estaba todo encharcado y no se podía salir de las habitaciones hasta que estuviese todo seco, así que para no estar esperando tumbados en la cama, cuando el ‘limpiador’ de turno había acabado, abríamos las ventanas y bajábamos a un bar que había al lado de casa, tomábamos café o cualquier otra cosa, charlábamos y ojeábamos el periódico. Cuando volvíamos nos parecía que todo estaba como los chorros del oro.
Han pasado muchos años de aquello y aunque ni las circunstancias ni los motivos son los mismos es algo que me ha quedado como costumbre: café y periódico los sábados a las 12:00.

sábado, 13 de diciembre de 2014

La sublevación de Jaca, la república que llegó del frío



“Lo único que lamento es no haber podido salvarte a ti, Ángel”, fueron las sentidas palabras del capitán Fermín Galán Rodríguez (izquierda) a su compañero de sublevación, el también capitán Ángel García Hernández (derecha).
El Tribunal Militar acababa de dictar sentencia en el Acuartelamiento Pedro I de Huesca; en la misma se condenaba a ambos reos a ser pasados por las armas por rebelión militar y sedición. Apenas unas horas después, en el polvorín del Camino Viejo de Fornillos, los ‘Capitanes del Frío’, separados unos diez metros el uno del otro, se enfrentaban, a cara descubierta, a los dos pelotones de ejecución.
“¡Viva la República!, ¡viva la libertad!”
Sobre las tres y diez de la tarde del domingo, 14 de diciembre de 1930, el último proyectil que impactó en los dos cuerpos inmolados ponía un falso punto y final al sueño republicano de los dos capitanes, de los setecientos efectivos, militares y civiles, que, a su mando, habían iniciado la marcha desde Jaca a Huesca por carretera y ferrocarril y de todos cuantos aborrecían la institución monárquica.
La aventura igualitaria, comenzada en Jaca a las seis de la mañana del 12 de diciembre de 1930, apenas había durado treinta horas.
Cuatro meses después de los fusilamientos, el 14 de abril de 1931, se proclamaba la II República Española. En el cementerio de Huesca, la hornacina de García Hernández -en la parte católica- y la tumba de Galán -en la civil-, quedaron cubiertas por las flores que manos republicanas unieron a las depositadas por la esposa y la hija del primero y la madre y los hermanos del segundo.
La dictadura de Primo de Rivera cae el 29 de enero de 1930, instaurándose entonces el Gobierno de Dámaso Berenguer, la llamada ‘Dictablanda’. El 17 de agosto de este mismo año se reúnen los principales partidos políticos constituyendo lo que se viene en denominar el ‘Pacto de San Sebastián’, que pretende dar los pasos necesarios para la proclamación de la Segunda República en España. En octubre se nombra un Gobierno Provisional republicano y se elige un Comité Revolucionario Nacional. Todos los esfuerzos se encaminan a preparar una sublevación que acabe con la monarquía de Alfonso XIII. El detonante sería la guarnición de Jaca.
Fermín Galán Rodríguez, gaditano y masón, llegó a Jaca en junio de 1930, tenía entonces 31 años. Obtuvo este destino tras pasar seis años de arresto en el castillo de Montjuich, por haber participado en la ‘Sanjuanada’, el movimiento sedicioso que pretendió acabar con Primo de Rivera. Se granjeó el respeto y admiración de la tropa, ciertas simpatías entre una parte de los mandos y también algunas animadversiones indisimuladas de los jefes de la guarnición jacetana. Entre sus amigos militares se encontraban los capitanes Salvador Sediles y, naturalmente, Ángel García Hernández, alavés y católico, liberal y honrado militar. De entre los civiles sobresalen Antonio Beltrán ‘El Esquinazau’ y Alfonso Rodríguez ‘El Relojero’. Igualmente hay que citar a Rafael Sánchez Ventura, zaragozano de la alta burguesía pero anarquista de vocación, amigo inseparable de Ramón Acín, quien también estaba involucrado en los planes revolucionarios.
Desde el primer momento, Fermín Galán estuvo en contacto con el Comité que conspiraba en Madrid, esperando la fecha que se determinara para comenzar la sublevación en Jaca y luego extenderla por toda España. Jaca era el arranque de una operación de gran escala. Hubo varias fechas señaladas antes del 12 de diciembre, pero siempre había aplazamientos, hasta el punto de que muchos de los complotados llegaron a dudar de las verdaderas intenciones del dubitativo y medroso Comité.
Tras distintas reuniones entre Galán, los militares comprometidos, ateneístas llegados de Madrid con instrucciones expresas, y civiles que debían organizar el movimiento sindical y huelguístico de apoyo a la sublevación, se decidió en Jaca una fecha definitiva, el 12 de diciembre. Los conspiradores remitieron un telegrama a Madrid que decía: “Viernes doce, enviad libros”, a lo que se respondió de inmediato: “Cumpliremos instrucciones pie letra”.
El golpe, por tanto, estaba ya en marcha, era imparable. Sin embargo algo falló. Madrid decidió un nuevo aplazamiento, pero la comunicación, inexplicablemente, no llegó a tiempo. Casares Quiroga junto a Graco Marsá fueron enviados a detener los planes de la guarnición insurrecta, pero no lo hicieron con celeridad; cuando llegaron a Jaca, en lugar de avisar urgentemente a Galán, se fueron a dormir al hotel La Paz perdiendo la oportunidad de detener la intentona. 
A las cinco de la madrugada del día 12 sonó en el cuartel la diana revolucionaria. Se ordenó la detención del gobernador militar y de todos los militares que no se sumaran a la rebelión. Los centros neurálgicos de Jaca -correos, telégrafos, la estación- fueron intervenidos. Militares y paisanos colaboraron en todo momento. La situación estaba controlada.
Sólo se produjeron dos enfrentamientos que acabaron con la vida del sargento de la Guardia Civil y de dos carabineros que opusieron resistencia armada. Ocurrieron a las ocho de la mañana en la Plaza de la Catedral. En el ayuntamiento quedó constituida la Junta Revolucionaria presidida por el republicano Pío Díaz, quien sería nombrado alcalde. A las once de la mañana, en el ayuntamiento de Jaca, se proclamó la República.
Aquel día hacía frío y llovía abundantemente. Las calles estaban embarradas. La requisa de automóviles para formar las columnas que marcharían a Huesca fue extremadamente lenta. Con todo, se formaron dos columnas, una comandada por Fermín Galán integrada por 500 hombres, entre militares y paisanos, que marcharía por carretera con 40 vehículos, y la otra mandada por el capitán Sediles, compuesta por 200 hombres, iría por ferrocarril. Partieron a las tres de la tarde, hora en la que el alcance de los hechos ya era bien conocido en las comandancias militares de toda España, sin que ninguna se hubiera sumado al alzamiento.
Galán, que había tenido un enfrentamiento en el camino con el general Manuel de las Heras quien resultó herido, llegó al pueblo de Ayerbe a las doce de la noche y Sediles una hora más tarde. En Ayerbe los esperaba un alborozo republicano extraordinario. Se organizó una verdadera fiesta que infundió ánimo a unos soldados a esas horas ya desmoralizados y cansados. La población de Ayerbe se volcó con los sublevados y tras reponer fuerzas retomaron el camino sobre las dos de la madrugada.
Entre las siete y las ocho de la mañana del día 13 de diciembre la extenuada y aterida columna llegó a las denominadas Coronas de Cillas, a tres kilómetros de Huesca. Allí les esperaban tropas gubernamentales de la ciudad y refuerzos llegados de Zaragoza. La carretera estaba cortada, a pesar de lo cual los de Galán creyeron que los soldados aguardaban para darles la bienvenida y el abrazo fraterno que buscaban en los republicanos de Huesca, tal como estaba previsto. Pero nada ocurriría como habían planeado.
La confusión se adueñaba de los soldados. El miedo comenzaba a hacerse patente. Galán toma la determinación de enviar a los capitanes Salinas y García Hernández a parlamentar. ‘El Esquinazau’ se ofrece voluntario para conducir el vehículo hasta la posición de Cillas y colocar una bandera blanca en sitio bien visible. Galán advierte que si en el plazo de diez minutos no han vuelto abrirán fuego. Los dos capitanes apenas bajan del vehículo son detenidos, al igual que su conductor.
Los minutos pasan. Un oficial hace dos disparos al aire en señal de advertencia y pasados unos segundos las tropas acantonadas en las lomas abren fuego sobre los sublevados. Éstos se refugian donde pueden, bajo los camiones, tras los árboles... Se produce la desbandada. Armas y pertrechos quedan abandonados en la carretera. También tres muertos y veinticinco heridos.
En dos vehículos huyen varios oficiales, entre los que se encuentra Galán y el paisano Graco Marsá junto a algunos ateneístas. Toman la carretera de Tardienta. Los dos coches se separan, los civiles consiguen huir, pero Galán, muy abatido, decide entregarse en el pueblo de Biscarrués, primero al alcalde, pues no quiere saber nada de los militares, luego es arrestado por la Guardia Civil. Sus compañeros no han podido persuadirle para que huya. Los detenidos son conducidos a Ayerbe primero y luego a Huesca e ingresados en el cuartel de Infantería Pedro I.
Ramón Acín, responsable en Huesca del movimiento insurreccional, a la vista de los acontecimientos se escondió en un carrascal de las afueras de la ciudad durante tres días. Estaba acompañado por José Jarne Peire, comerciante, articulista y activo republicano. Luego fueron a la ermita de Loreto y a Zaragoza, donde permanecieron la Navidad de 1930 y, finalmente, con la ayuda de José Ignacio Mantecón, pasaron a Lisboa para recalar a continuación en París, donde se exiliaron hasta la proclamación de la República. Ramón Acín, de haber triunfado la sublevación de Galán, podía haber sido nombrado alcalde de Huesca.
El Consejo de Guerra sumarísimo se inició a las nueve de la mañana del domingo 14 de diciembre en el Cuartel Pedro I. Los acusados fueron Fermín Galán Rodríguez, Ángel García Hernández, Luis Salinas García, Manuel Muñiz Izquierdo, Miguel Fernández Gómez y Ernesto Gisbert Baly. El defensor era el capitán José María Vallés Foradada. Las declaraciones se sucedieron a una velocidad de vértigo, los acusados apenas tenían posibilidad de intervenir y los testigos pasaban a destajo. La sentencia llegó de inmediato: Fermín Galán y Ángel García Hernández son condenados a muerte. Los demás oficiales, cadena perpetua. La condena a muerte de García Hernández fue de todo punto incomprensible, puesto que no concurrían en su persona circunstancias distintas a las que pudieran señalarse de los otros oficiales.
La sentencia la comunicó el Capitán General de la Quinta Región Militar al propio Dámaso Berenguer, que se encontraba reunido con su Gobierno en Madrid. El Consejo de Ministros aprobó la sentencia por mayoría y Alfonso XIII ordenó la inmediata ejecución. Ello a pesar de que era domingo y en domingo no se podía fusilar.
Subieron a un camión, los condujeron al polvorín de Fornillos tomando una carretera de las afueras de Huesca en dirección a Apiés. A las tres de la tarde formó el pelotón. A las tres y diez minutos, Galán y García Hernández habían muerto. Serían enterrados al día siguiente. Murieron tres días después de la sublevación y apenas tres meses antes de que se proclamara la República. Han pasado a la historia, sin duda, como mártires de la libertad.
Un acontecimiento desconocido para la mayoría. Uno de esos episodios ocurrido tal día como hoy, hace 84 años, que merece la pena recordar. Pinchando encima de la fotografía se puede acceder a un documental en el que se explica de forma más detallada la vida de estos personajes y el episodio que les hizo pasar a la historia. No os lo perdáis. 

https://www.youtube.com/watch?v=HX7W32BZ6VE&list=PL1601E923A846B256

martes, 9 de diciembre de 2014

Día contra la Corrupción (pero sólo hoy)



Hoy, por lo visto, se celebra el Día contra la Corrupción (política se entiende). Pero no, no es lo que cualquiera que lea esto pueda pensar, es decir, no se trata de un día para reivindicar que se tiene que acabar con la corrupción; lo que se celebra es que hoy no habrá corrupción. Los políticos nos dan un día de tregua y no hacen sus habituales chanchullos.
Antes me indignaba y ahora me produce indiferencia escuchar a un político diciendo que van a luchar contra la corrupción. Aquí habría que hacer como en el colegio y que levantase la mano el que se creyese a un vividor de lo público diciendo que quieren acabar con los corruptos. No, eso es imposible en tanto y cuanto son ellos mismos, la clase política en general la que provoca la corrupción, ¿cómo van a acabar con ella? ¡Imposible! Pongamos un ejemplo: imaginemos que el virus del SIDA se manifestase el Día de la Lucha contra el SIDA, o que el cáncer participase activamente en el Día contra el Cáncer recogiendo donativos para luchar contra la enfermedad… ¿alguien se lo imagina? Pues eso.
Así que nada, durante 24 horas todos han sido, supuestamente, honestos, porque corruptos ya sabemos que lo son, ¿será por eso que hoy no me he cruzado con ningún político por la calle? Estarían todos escondidos, un día como el de hoy es fiesta para ellos. Pero a las 00:00:01 horas del miércoles ya todo habrá vuelto a la normalidad y los políticos volverán a ser corruptos. Hay cosas que solamente suceden en los cuentos… que se lo pregunten a la Cenicienta. 

sábado, 6 de diciembre de 2014

Wislawa Szymborska



Podría escribir sobre lo que estoy pensando y extenderme diciendo que vivimos en un país de vagos y corruptos, justificar los que digo, tanto lo primero como lo segundo, para así tranquilizar un poco mi rabia e impotencia. Sí, podría hacerlo, pero no, no me apetece. Hoy no quiero pensar… hoy quiero sentir.
Hace unos meses descubrí a una poetisa de nombre impronunciable, se trata de Wislawa Szymborska. Con ese nombre es fácil adivinar de dónde procede (supongo). Probablemente no sea muy conocida en este bendito país, de hecho a la gente que he preguntado (y no ha sido poca) nadie había escuchado hablar de ella… bueno, tampoco es muy importante conocer a todos los Premios Nobel de Literatura (lo obtuvo en 1996) existiendo literatura como ‘Harry Potter’, la saga de ‘Crepúsculo’ o ‘50 sombras de Grey’.
¿Y por qué me gusta? No lo he pensado, ni siquiera lo sé. Me gusta y punto. Me ocurre como con Antonio Machado, no sabría decir por qué me cautiva. En ocasiones he dicho que cualquiera puede hablar de arquitectura sin entenderla. Estamos delante de una catedral, por ejemplo, y todos podemos decir algo más que no sea ‘me gusta’ o ‘es bonita’; podemos describir las cosas porque las estamos viendo. Con la poesía no, la poesía no se ve, es un sentimiento y como tal se siente, sin explicación posible.
Este fue el primer poema que leí suyo. Al terminarlo supe que merecía la pena sentir más.

Las tres palabras más extrañas
Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

¿Esto cómo se explica? No se explica, se siente, se relee una y otra vez. Eso es Szymborska. Sentimiento, no pensamiento.
Además, ¿para qué estropearlo? Voy a tener la oportunidad de empezar a leer mi amor platónico literario, Rayuela, ¿merecen la pena ciertas cosas? Sí, es posible, pero no hoy.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Ser de izquierdas



No sabría decir si uno nace o se hace de una ideología política, pero desde siempre he tenido la misma percepción de ideas adaptadas a la edad en la que me encontraba. En mi debe tengo que decir que tengo un pasado: voté al PSOE de Felipe González. Sí, volviendo la vista atrás tengo que decir que yo era un ‘socialisteador’, que llevaba bien a gala serlo y que no perdía oportunidad de defender al PSOE en cualquier conversación en la que ese partido fuese mancillado. En esos momentos, sin yo saberlo, estaba abducido y engañado por un partido que yo creía que defendía las ideas de izquierdas… como he dicho ‘socialisteaba’, ¡qué le vamos a hacer! Hasta el mejor escribano echa un borrón.
Esta entrada sería la segunda parte de una que escribí hace ya algún tiempo titulada ‘Mi opinión sobre la derecha’. Hablar de los demás es fácil, pero hacerlo de uno mismo ya es un poco más complicado.
Creo que ser de izquierdas consiste en una forma de ser y actuar en el propósito de transformar la sociedad. La izquierda debe conducirse conforme a un principio básico que consiste en la consideración del Estado como el instrumento para redistribuir la riqueza. Es obligación del Estado velar porque cualquier individuo, independientemente de haber nacido en una familia con mayor o menor capacidad de recursos económicos, pueda gozar de las mismas oportunidades. Esto es algo que considero básico y fundamental: no todos iguales, pero sí todos con las mismas oportunidades. De ahí derivaría que si tenemos las mismas oportunidades tenemos los mismos derechos y, por supuesto, obligaciones. Por lo tanto creo en la Sanidad y Educación públicas.
Soy ateo y apóstata, pero parto de la premisa que cualquiera puede tener una creencia religiosa restringiendo su práctica al ámbito privado o en lugares destinados para ello, sin tener que intervenir en el ámbito público que, al igual que la educación, deben de ser laicos.
Creo en un Estado que teniendo esas premisas esté dirigido por gente capaz, tecnócratas, y no inútiles semianalfabetos cuyo mérito para estar al frente de una concejalía, alcaldía o consejería es estar afiliado a un partido político. Y, lógicamente, creo que cualquier medio que utilice el pueblo para conseguir su bienestar es totalmente lícito. El pueblo tiene todo el derecho de luchar por lo que es suyo y su bienestar. Las urnas y la democracia en ocasiones no dejan de ser meras excusas para arrebatarle lo que le corresponde.
¡Ah, se me olvidaba! Una cosa más que me reafirma más en mis convicciones políticas es que siento asco cuando escucho hablar a Rajoy, Aguirre, Cospedal, Saenz de Santamaría y toda esa caterva de peperos que nos gobiernan; Desde el primero hasta el último. Si no supiera definirme, cuando los escuchara sabría lo que no soy: como ellos.
Alguien me dijo una vez:
-Tú eres rojo.
-Perdona- le contesté-, yo inventé el color.

martes, 18 de noviembre de 2014

Enganchado a ti


“Estás enganchado/a”… ¿A quién no le han dicho o ha escuchado nunca esa frase? Supongo que suele ser un diagnóstico muy claro que nos da alguien ante algo ilógico y sin explicación, evidentemente no me estoy refiriendo a nada que sea adictivo, no va por ahí esta entrada; me estoy refiriendo a lo sentimental o emocional.
Yo lo definiría como querer, desear algo que sabes que no puede ser y no porque no quieras, no siempre querer es poder. Somos peones de los dioses que nos ponen donde ellos quieren.

“Aunque me haga daño,
aunque sea extraño…”

Vivir en una especie de bucle en el que por mucho que pasa el tiempo no te hace olvidar. Y sí, pasan los días, semanas, meses y años… pasa la vida pero algo permanece igual y no cambia.

“No sé cuál es la medida hasta que todo termina,
nunca supe decir basta no creí que hiciera falta…”

Una situación te recuerda a…, una palabra…, una situación…
Hay que aceptarlo.

“Aunque me hayas capturado
dejé la vergüenza a un lado…”

Pero una y otra vez, de una u otra manera esos mismos dioses hacen que se den las casualidades para continuar en ese bucle. No importa el tiempo que transcurra, ni si las circunstancias cambian… se vuelve porque hay algo que por mucho tiempo que pase jamás desaparece. Siempre se busca volver. Siempre hay esperanza.

“Si te digo: ‘me he quitado’ no es verdad,
las evidencias no se pueden ocultar...”


sábado, 15 de noviembre de 2014

Trabajar y estudiar



Estoy convencido que a nadie le gusta trabajar. El ser humano, antropológicamente hablando, se siente más cómodo tumbado, sin hacer nada, que en movimiento, haciendo un esfuerzo. Puede que a unos les guste el trabajo que hacen, pero si pudieran elegir, probablemente, preferirían no tener que hacerlo. No obstante, también habría que señalar que hay, lógicamente, unos trabajos más cómodos y agradables que otros.
Esto mismo también se podría trasladar al ámbito estudiantil; a nadie le gusta estudiar. Muchos estudiantes ni siquiera entienden por qué tienen que hacerlo y lo consideran algo aburrido y sin sentido. No obstante, creo que muchos estudiantes no entienden que estudiar es un trabajo. Me explico. Cualquier trabajador en empresa privada o pública tiene unas responsabilidades con las que cumplir, unas obligaciones y un rendimiento que ofrecer, de lo contrario tiene unas consecuencias para él mismo y para la función que desempeña (al menos en lo privado… en lo público es otra cosa de la que hablaré en otra ocasión); ¿alguien se imagina que un ingeniero de una multinacional de automóviles no presentase los proyectos “porque no le ha dado tiempo”? ¿Alguien se imagina que un bombero no llegase a tiempo a un incendio “porque no se había enterado”? No es difícil imaginar las consecuencias para estos dos profesionales.
Pues bien, para un estudiante no hay consecuencias por la omisión de su trabajo más allá que la del suspenso. Porque sí, un estudiante es un trabajador. Tiene la obligación de estudiar y de cumplir unos objetivos… aprender. El trabajo del estudiante es el más cómodo que hay, ya que el horario se lo pone uno mismo y tener un horario libre en tu profesión es lo más bonito que puede haber en el mundo laboral.
No obstante, en la época estudiantil eso no se ve así y se vive la vida con una ligereza y una total omisión de obligaciones que roza y en ocasiones sobrepasa la línea del pasotismo. ¿Qué quiero decir con esto? Muy sencillo. Uno es consciente de sus propias limitaciones y sabe el tiempo que necesita para estudiar algo, simplemente es dedicarle las horas necesarias para ello. Se puede ser muy bueno en matemáticas y con dos un par de horas ser suficiente para resolver unos ejercicios, o se puede ser muy bueno en literatura y con un par de horas aprender los románticos del siglo XIX. Cada cual lo sabe. Ahora bien, lo que es inconcebible es estar delante de un libro 5 horas y no aprovechar el tiempo.
Entiendo que estudiar no es fácil y puede tener su dificultad pero, por el contrario, tiene la ventaja de poder dedicarle el tiempo que uno considere necesario. Lástima que algunos no sepan aprovechar la oportunidad de estudiar teniendo posibilidad de hacerlo.
Quizá, mi visión de lo que es estudiar difiere mucho de lo que opinan los profesionales que se dedican a la educación. Este es un tema que, con alguien a quien aprecio mucho, ha sido motivo de ‘divergencia de opiniones’; otro día hablare sobre ello.

martes, 11 de noviembre de 2014

Micro IV


En la vida hay tiempo para todo, sin excusas; la muerte marcará lo que no podremos hacer.

sábado, 8 de noviembre de 2014

‘Qué güeno quettoy’


Ayer fui a recoger los análisis. La verdad es que nunca se puede saber, pero yo no esperaba que saliese nada raro así que, para quitarle dramatismo al asunto, esta canción explica claramente los resultados de mis pruebas. Yo no lo diría mejor…


martes, 4 de noviembre de 2014

Mi primer análisis



Hoy me he hecho mi primer análisis, al menos que yo recuerde. Creo que la última vez que me sacaron sangre fue cuando tenía 8 ó 9 años para, que me dijeran cual es mi grupo sanguíneo.
Quienes me conocen saben que soy bastante aprensivo. No soporto que alguien me cuente operaciones y que me enseñe alguna cicatriz. Por lo general no me importa ir a los hospitales, pero cuando tengo que visitar a alguien y tiene goteros o veo a enfermos paseando por los pasillos con el gotero arrastrándolo en una especie de percha o alguien con sonda… palidezco, me pongo blanco y me entra malestar.
Hoy creo que me he portado bastante bien. Antes de comenzar la extracción de sangre he entregado un botecito con orina y la enferma, con no muy buenos modales, me dice: “Está muy lleno. Esto no se tiene que llenar tanto”. Yo, que estaba como un flan y lo que menos me apetecía era que me tocaran mis partes nobles (metafóricamente hablando), le he contestado: “Mire usted, en el bote no vienen ninguna indicación. Las instrucciones para mear las conozco, pero para llenar un bote de estos no, así que lo he llenado hasta arriba. La orina que sobre la pueden tirar”. Nos hemos fulminado con la mirada.
Me he quedado de pie esperando a que me llamasen (tengo la costumbre de no sentarme en hospitales ni ambulatorios) y a los tres minutos para dentro.
Me he sentado en una silla y un enfermero joven me ha dicho en que brazo quería que me sacaran la sangre; le he dado el izquierdo, ya que he pensado que del derecho no puede salir nada bueno, y le he preguntado si iba a sacar mucha cantidad, a lo que me ha respondido que “tres tubitos” señalándolos encima de la mesa; yo ni los había visto. Creo que he palidecido y me ha preguntado si me mareaba “no lo sé”, le he contestado, ya que, como he dicho antes, hacía muchos años que no me sacaban sangre. En esos momentos pensaba: “¿En mi situación habrá alguien que se haya levantado y no se lo haya hecho? Porque eso es lo que me apetece hacer ahora”. Me ha puesto una goma y me daba golpecitos con los dedos buscándome la vena y yo sin mirar. He notado un mínimo pinchazo y a partir de ahí solamente pensada: “Que acabe ya, que acabe ya, que acabe ya…”. Al momento dijo: “Ya está”. “¿Ya?”, respondí yo, ya que al ver tres tubitos esperaba tres pinchazos. La verdad es que no sé cómo lo ha hecho pero apenas he notado nada. Me ha puesto un algodón con esparadrapo y tras cerciorarse que no me mareaba mientras me levantaba (y yo también asegurarme que no lo estaba), nos hemos despedido, muy correcto el enfermero, y he salido.
La verdad es que no ha sido tan dramático como yo lo imaginaba. Pero eso sí, no es algo que tenga prisa por repetir.
El viernes sabré los resultados.

PD. Ya sé que la foto no tiene demasiado que ver con la entrada; pero no quería poner una demasiado explícita por motivos evidentes.