sábado, 7 de mayo de 2016

Navarra


La fotografía… considerada por muchos como un arte. Tengo que reconocer que a mí no me gusta, no soy de esos que van siempre con la cámara pegada buscando un instante para inmortalizar. Mis fotografías son más bien para guardar lugares que visito, monumentos, detalles…
No creo en la fotografía más allá de lo que uno ve; no creo, por ejemplo, que sea como la poesía. Alguien puede leer poesía y sentirse identificado. Esa poesía puede abarcar un sinfín de sentimientos y percepciones que están incluidas en letras. Con la fotografía sólo es eso, un instante, una imagen… y ya.
Hace unas semanas estuve en Navarra. Hace algunos años solía ir bastante por allí… ahora ya hacía mucho tiempo que no pisaba esa tierra. Conduciendo miraba el paisaje y volvía a recordar la belleza de esa tierra.
No tuve más remedio que romper mi costumbre de hacer fotografías a catedrales, iglesias y edificios y capturar una pequeña porción de espacio de lo que captaban mis ojos. Por eso no creo en la fotografía… solamente pude atrapar lo que se ve, algo ínfimo comparado con todo lo que es aquel paisaje; el resto… el resto lo llevo transformado dentro de mí en sensaciones de admiración y de belleza. 




martes, 3 de mayo de 2016

El Día de los Trabajadores y de los Golfos



El domingo fue el Día del Trabajo, ¿y? Un día más. Desgraciadamente no cayó en día laboral, ya que, de lo contrario, hubiera sido un día festivo.
Hoy nadie se acuerda de la precariedad de los trabajadores. Mucha banderita y mucha pancarta pero nada de nada. Tal y como está la situación habría para montar una manifestación por semana, ¡ay, aquellos tiempos de Durruti, Ascaso y García Oliver! Por supuesto, al PP no se le ha visto en las manifestaciones, ¿a esos qué se les va a ver? Estarían preparando alguna maldad. Para esta gente, son trabajadores los que tienen unos ingresos mínimos mensuales de 3.000 euros, el resto es escoria, aunque, eso sí, algunos escoria ignorante que les permite mantener su privilegiada situación. Viendo las manifestaciones me preguntaba, ¿cuántos de esos habrán votado al PP? Porque dudo mucho que en España haya gente que tenga unos ingresos mensuales tan altos.
Pero lo que más me llamó la atención y de lo que me enteré es de la última golfería de Cándido Méndez, quien después de cuatro décadas viviendo del sindicato y del sudor de los trabajadores y durante 22 años de secretario general (ahora dice que han sido demasiados), ha recibido de Rajoy la Medalla al Mérito del Trabajo. El Presidente que menos ha hecho por las clases trabajadoras premia al sindicalista que, también, menos ha hecho por las clases trabajadoras. Ahora, hasta el próximo 1 de mayo, guardan las banderas y pancartas y a sestear. Si es que ya lo decía mi abuelo: vivir para ver.

martes, 26 de abril de 2016

500



Y con esta ya son 500 las entradas que he escrito en este blog desde que puse la primera letra en el ¿lejano? enero de 2008. Más de 8 años y aquí sigo, sin poner fecha de caducidad.
Reconozco que hay entradas de las que me siento especialmente orgulloso, a veces las releo y pienso: "joder, ¿esto lo he escrito yo?". Otras, en las que por no querer dejar de poner algo, escribía lo primero que se me ocurría y serían perfectamente prescindibles, pero como dice el subtítulo 'siempre hay algo que contar'. Me pondría a relatar lo que supone el blog para mí... pero eso lo dejo para otra ocasión.
Aquí hay vivencias, sentimientos, proyectos, victorias, derrotas... sin querer, consciente o inconscientemente, he ido plasmando aquí gran parte de mí. En ocasiones he dicho que si alguien quiere conocerme que lea mi blog y si no puede conocerme, al menos, podrá entenderme.
Soy un amante de las estadísticas y con las cifras que marca mi humilde site podría hacer unas cuantas combinaciones que no servirían para nada, salvo dato anecdótico. Basta decir que desde que comencé a publicar, todos los meses he colocado, al menos, una entrada.
Mi año más prolífico fue 2009, con 88 artículos, y el que menos 2012, con 28.
Los meses que más he escrito fueron agosto y octubre de 2008 con 12 entradas; los que menos marzo, abril y agosto de 2011 y marzo, mayo, agosto y septiembre de 2012, con un artículo.
Durante este tiempo he recibido 193.254 visitas y 2.547 comentarios.
El día que más visitas tuve no recuerdo cuál fue, pero sí que recuerdo que marcaba 452 visitas.
Y así podría estar mucho más tiempo sacando datos y medias... pero eso lo dejo para otra efeméride.
Sin objetivos, mi próxima meta es llegar a la entrada 501... mucho más de lo que hace años pude imaginar. 

sábado, 23 de abril de 2016

Mucho más que el 23 de abril


Hoy es el Día de Aragón y el Día del Libro, por extensión relacionado con Cervantes y, por ello, con el Quijote. El Quijote y Aragón... un binomio único. 
Hoy es día de recuerdos y soledades, de esos días en los que nada importa y lo dejarías todo por estar allí sin la seguridad de volver y la certeza de quedarte.

“Hazme un sitio en tu montura caballero derrotado.
Hazme un sitio en tu montura,
que yo también voy cargado de amargura
y no puedo batallar.
Ponme a la grupa contigo caballero del honor.
Ponme a la grupa contigo y llévame a ser contigo, contigo pastor.”

En un lugar de Aragón de cuyo nombre no quiero acordarme...



sábado, 9 de abril de 2016

Leyes con embudos



Todos sabemos que es la ‘Ley del embudo’. Sí, esa que dice que ‘la parte ancha para mí y la estrecha para los demás’. En cierta forma es cinismo en estado puro.
Hace un tiempo defendía en una conversación que todo el mundo tiene derecho a tener calefacción y electricidad y que si no puede pagarlo el Estado tiene la obligación de facilitárselo. Es inconcebible, por poner un ejemplo, que una familia del norte de España no encienda la calefacción en su casa en pleno invierno por no poder pagarlo y es, en esos casos, en los que tendrían que haber mecanismos para que eso no suceda. Estoy convencido que el 99 % de la gente que no paga sus facturas no lo hace porque no puede y no porque no quiere. Hay cientos de dramas familiares de ese tipo: gente que ha estado trabajando toda su vida, pero que se ha quedado en el paro hace años y casi no le llega para comer; abuelos que tienen que ayudar a sus hijos; madres solteras o viudas jóvenes con cargas familiares… y todos los casos que se nos puedan ocurrir y que seguro que todos somos conocedores en primera persona de alguno de ellos. Yo quiero que mis impuestos vayan también destinados a ayudar a ese tipo de personas.
Pues bien, decía la otra persona con la que hablaba que eso no era justo. Que el que no pueda pagar la electricidad o la calefacción no tiene derecho a ello.
Es decir, yo soy una persona de más de 50 años, trabajando desde los 18, en paro desde hace 4 años y no tengo derecho a encender la calefacción en invierno si no puedo pagarla y aguantar que mis hijos se congelan en casa… este es uno de los muchos ejemplos que puse. La postura de mi interlocutor era inamovible, el que no pueda pagar la calefacción que no la encienda.
El caso es que esta persona, a la que le faltan veinte años para jubilarse, está prejubilada por un problema de espalda que la incapacita para trabajar. Pero bueno, eso le parece bien. Digo que le parece bien que con menos de 50 años, de mis impuestos, tenga que pagarle un sueldo sin ella ser productiva y, sin embargo, volviendo al caso anterior, el que no pueda pagar la calefacción que no la encienda.
Poniéndonos en la misma tesitura yo me pregunto, ¿por qué tengo que pagar a alguien que no puede trabajar estando en edad de hacerlo? ¿A alguien que pudiendo producir no es productivo para la sociedad? Si no puede trabajar no es mi problema, que se busque la vida haciendo otros trabajos sin perjuicio para su salud… por ejemplo, uno que se me ocurre, haciendo compañía a viejecitos. De la misma manera que ella defendía que el que no puede pagar sus deudas es porque ha vivido a cuerpo de rey, yo podría defender que el que se excusa en la salud para no trabajar es un vago.
El caso es que esa persona se ofendió por lo que dije algo que, sinceramente, me da lo mismo; no quiero tener relación con gente que piensa de esa forma. Es por eso que al principio mencionaba la ‘Ley del embudo’ y el cinismo. Es decir, si uno tiene una necesidad y puede aprovecharse de los mecanismos del sistema es algo maravilloso, pero si la necesidad la tienen otros que les den… ¿cabe mayor desfachatez?
Y aquí no acabó la cosa… 

martes, 5 de abril de 2016

Menuda palabrita



Creo que todas las personas sabemos cómo somos o, al menos, de qué manera reaccionamos ante ciertas situaciones que se nos pueden presentar; cada uno es de una manera y hay que aceptarlo, es decir, yo tengo que aceptar que las personas con las que me relaciono van a actuar de una manera, lo que no puedo pretender es que actúen y hagan lo que yo querría que hiciera. Digo esto porque, por ejemplo, si yo soy del FC Barcelona y voy a ver un partido contra el Real Madrid con un madridista es normal que el otro grite y celebre los goles de su equipo de la misma manera que lo podría hacer yo. Él tiene que respetarme y yo tengo que respetarlo o, de lo contrario, no volver más a ver un partido juntos.
No sé si es un ejemplo muy válido, pero creo que con lo que voy a escribir en las siguientes líneas se puede entender. De una u otra manera, todos tenemos algún tipo de fobias. Algunas las conoceremos y sabremos que existen cuando nos veamos en situación y otras las tendremos, pero no sabremos que existen ni siquiera como se llaman. Bien, yo me encuentro o me encontraba en el segundo caso; sospechaba que podía tener algún tipo de fobia pero no sabía cuál.
Por ello, gracias a un psicólogo, al final di con la palabra que estaba buscando, una palabra que no había escuchado jamás y que probablemente muchos de los que lean esta entrada tampoco. Tengo filofobia. Sí, así tal cual suena, filofobia. Él me explicó lo que era, pero como yo no soy psicólogo y, probablemente me deje algo lo resumiré diciendo en que es ‘miedo al compromiso’. En internet se puede buscar mucha información al respecto escribiendo ‘filofobia’ o bien ‘miedo al compromiso’.
He buscado algo estos días y de lo mucho que he encontrado, copiaré algo que me parece que lo explica muy bien.


Podría parecer un problema que tiene sólo que ver con alguien a quien no le gusta comprometerse, pero no, la filofobia es el miedo a enamorarse o a entrar en una relación romántica y quien la padece, en casos más graves, puede no solamente evitar amores potenciales, sino que puede dejar de relacionarse con compañeros de trabajo, vecinos, amigos y familiares.
Ahora hablaremos de la más común que es la que ocurre dentro de las relaciones de pareja, esa filofobia que está lejos de ese normal nerviosismo que ocurre al conocer a alguien por quien se siente gusto y atracción, y que se manifiesta con las típicas mariposas en el estómago, no, esta enfermedad provoca un miedo irracional y persistente al amor.
Las personas que la sufren son incapaces de involucrarse emocionalmente con otros y pueden acabar por aislarse de los demás, llevando así una vida solitaria. En casos extremos pueden llegar a experimentar síntomas como sudor, dificultad para respirar, nauseas taquicardia cuando están frente a alguien que pudiera atraerles, por lo que sienten la necesidad de huir de ese lugar de forma inmediata.
La filofobia puede ser altamente incapacitante y en este estado hay personas que temen entregarse, enamorarse o establecer relaciones personales fuertes, se limitan a vivir relaciones sin compromiso, hablar poco de sí mismas, evitar mostrarse como son, poner una “barrera infranqueable” para no sentirse vulnerables; tienden a establecer relaciones simultáneas por el mismo miedo que tienen a ser abandonadas y sus relaciones son una montaña rusa de emociones. Se cree que este tipo de fobia afecta a un 15 % de la población.

¿Por qué se da la filofobia?
Como sucede con la mayoría de las fobias, no hay un consenso sobre las causas que la originan, pero se ha estudiado que puede estar relacionada con sucesos pasados que resultaron dolorosos, como la muerte de un familiar, el divorcio de los padres, una educación muy rígida o una mala experiencia en alguna relación amorosa.
En la filofobia, el temor a entrar en una relación de amor es tan intenso que pone en marcha varios mecanismos de defensa. Igual que una persona se vale de algún arma para defenderse cuando se siente atacada y está en peligro, así mismo la persona con filofobia recurre a ciertos patrones de conducta cuando siente que va a enamorarse, como huir, desaparecer sin dar explicaciones o cortar con su pareja sin causa aparente, dar pretextos inverosímiles.
Vivir con filofobia puede hacernos pasar por relaciones muy tormentosas. Aunque al principio todo va bien, cuando se acerque la hora de avanzar a una etapa de mayor compromiso empezaremos a buscar defectos en nuestra pareja o excusas para convencernos que no debemos seguir a su lado. De una manera no consciente buscamos generar conflictos para terminar con la relación y sentirnos liberados.


Bueno, algo así es lo que me dijo el psicólogo con el que hablé. Quien me conozca personalmente sabrá si esto es cierto o no. ¿Cuál es el motivo? Mis padres no se han divorciado y mi educación no ha sido rígida. Por otra parte, todos hemos perdido a algún familiar y tengo dos cicatrices en el corazón, que si bien, como su nombre indica ya no son heridas, pero de vez en cuando, a pesar de los años, siguen doliendo.
Resumiendo, creo que es así. No se trata de contar mi vida, ni de poner ejemplos concretos, situaciones pasadas o de hacer reflexiones profundas, pero sí… la vida no es un sueño, es real y, para bien o para mal, la realidad es lo que vemos, percibimos y sentimos. Ya lo he dicho en el primer párrafo.

‘‘La gente que ha estado sola mucho tiempo son las más difíciles de amar; se han acostumbrado tanto a estar solos, ser independientes y auto-suficientes que requiere de algo extraordinario para convencerlos que tienen que cambiar’’.

sábado, 26 de marzo de 2016

Eugenias y Sanchos


Iba el otro día de viaje en el tren y no pude evitar escuchar la conversación de dos chicas hablando sobre una tercera, ya que estaban sentadas detrás de mi asiento y eran prácticamente las únicas que hablaban.
El tema era lo que le había sucedido a la que no estaba presente y era que, por lo visto, había conocido a un chico y se habían dado unos revolcones, dicho de otro modo, que habían tenido relaciones sexuales. En ese momento me llamaron al móvil y ya no pude estar más atento, ya que cuando después de diez minutos acabé de hablar lo último que pude escuchar fue: "Menudo cabrón, tía, él pasa y ella está súper jodida".
En esos momentos me vinieron al pensamiento dos circunstancias que vienen muy bien a lo que estoy relatando.
La primera fue lo que le contestó Eugenia de Montijo al emperador Napoleón III cuando éste, ardiente de deseo ante la hermosa granadina, quería convertirla en una más de sus innumerables amantes.
"Necesito verla. Daría mi alma por saber cuál es el camino para llegar a su dormitorio", dijo él.
"Por la capilla, Señor, por la capilla", respondió ella.
Parece ser que a ella le funcionó, ya que en 1853, poco tiempo después de ese encuentro, se casaron.

 
Lo segundo es lo que le sucedió a Sancho Panza, siendo ya emperador de la ínsula Barataria impartiendo justicia. Dice así el caso...
"Luego acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:
—¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y estranjeros, y yo siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego o como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
—Aun eso está por averiguar, si tiene limpias o no las manos este galán —dijo Sancho.
"Y volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:
—Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían. Volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y esta es toda la verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase así como estaba a la querellante; él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas menesterosas y doncellas, y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
—Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer, más asidos y aferrados que la vez primera, ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:
—¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que en mitad de poblado y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.
—¿Y háosla quitado? —preguntó el gobernador.
—¿Cómo quitar? —respondió la mujer—. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos, no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones!: ¡antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!
—Ella tiene razón —dijo el hombre—, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
—Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no forzada:
—Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego, digo, churrillera, desvergonzada y embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
—Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie". 


Moraleja: hay que saber historia y leer el Quijote. 

sábado, 12 de marzo de 2016

martes, 8 de marzo de 2016

Cervantes, el hombre que acabó con España



Un magnífico artículo en Jot Down sobre Cervantes y su época. No tiene desperdicio… aunque hay lecturas que no son para cualquier lector.

***

Un viejo pasea por la calle Francos, sujetando unas cuartillas bajo el único brazo que todavía le responde. Es moderadamente pobre y, quizás, infeliz como nunca antes, pero se agarra al desengaño y a dichas cuartillas como únicas motivaciones para seguir vivo. Observa con delicadeza cómo le miran sus vecinos, algunos sin disimular la sonrisa que el viejo escritor les provoca. Nadie lo admira, él es el culpable.
El siglo XVI, ya desde 1492, había marcado el ánimo español con la peor de las armas: el éxito. Este había colocado sobre la cabeza del imperio la corona que lo reconocía como la potencia más poderosa del mundo y, claro, eso no hay ego que lo soporte. Con la península ya reconquistada y unificada, con un nuevo continente aún por exprimir y con una identidad más o menos forjada bajo ese martillo que alguien llamó «la monarquía de todas las Españas», el país comienza a florecer.
El Renacimiento, además, había colocado sobre el tapiz unas cuantas plumas encargadas de dignificarlo. Garcilaso, el poeta soldado capaz de sonetear el amor y de morir durante el asedio a una fortaleza. Los místicos, un grupo poético que encontró, por primera vez en siglos, la llave de lo simbólico.
En lo económico, el pueblo no pasa hambre. O, al menos, vive con la esperanza de dejar de pasarlo. Por muy pobre que uno haya nacido, siempre se puede encontrar la plata en Perú, la gloria en Amberes o el reconocimiento en Lepanto. Es, por tanto, una época feliz. Simplemente, España se había vuelto idealista. Pero el idealismo, como casi toda virtud aquí, dura lo que tarda en abandonarlo el vecino.
Escondida y olvidada, la historia se había cruzado de brazos esperando a que el cáncer se expandiera. Ya cruzaba errante la sombra de Caín que siglos más tarde reconocería el poeta, y ante eso poca cara se podía plantar. El desastre de la Armada Invencible (más tarde victoria en el cómputo general de la guerra, pero desastre al fin), el temblor religioso que sacudía Europa y la enemistad con Francia que se traduciría en la Guerra de los Treinta Años (este sí, el punto final), acabarían con el optimismo español que tantas victorias había originado.
Es en este punto cuando una figura recoge la bandera del fracaso y la ondea con fuerza, demostrando que al mortal le seduce el hundimiento. Pocos sabían que el vejestorio de la calle Francos, todavía llamado Miguel de Cervantes, es esa figura. Figura que, por cierto, solo se conoce a través de su propia prosa:

“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; […] el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; […] Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria”.

A través de su obra, la más universal de todas las hispánicas, se puede caminar por el derrumbe español y, además, divertirse. Nunca fue consciente del papel que la experiencia le había otorgado. Bastante tenía con sobrevivir.

Cervantes: del idealismo al desengaño
Ya en el autorrerrato de don Miguel se adivina la tendencia melancólica de su prosa. Cervantes es, por decirlo llanamente, un fracasado. Guiado por ese ideal renacentista que definíamos antes, se empeña durante su juventud en seguir los pasos de los héroes del XVI.
Cervantes no quiere ser Cervantes, Cervantes quiere ser Garcilaso.
Por eso se enrola en el ejército buscando la gloria en Lepanto. Saldría, como ya se ha reseñado, mal parado. Con la sombra de una cárcel africana pesando sobre su hombro sano, el prestigio militar se diluyó entre párrafos de Bocaccio y versos del marqués de Santillana.
Todavía le quedaba la literatura, un terreno en el que pretende adentrarse a través del género canónico por excelencia: la poesía. Algunos de los nombres que sí gozan de fama y prestigio, entre los que destaca el de Lope de Vega, lo ningunean excluyéndolo de los movimientos que nacen a finales de siglo. El propio Cervantes reconoce su torpeza poética cuando, en Viaje del Parnaso, deja escrito lo siguiente:

“Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo…”
Ya es un hecho, ha fracasado como poeta y como soldado, la pesadilla que siempre le había rondado. Sí nos sirven sus versos como claro ejemplo de la idealización a la que nos referíamos antes. Ambiciona la utopía, esa que a punto estuvo de alcanzar, años más tarde, su personaje más famoso.
Por eso es un poeta renacentista. Le canta al amor ideal, a menudo protagonizado por inocentes pastores que conviven en un ambiente bucólico, un locus amoenus (lugar idílico) que representa la perfección a la que aspira el humanista. Estos versos son el reflejo de una sociedad acomodada, de una posible felicidad. También le canta al gobernante, presente y pasado. Y, por supuesto, a sus poetas renacentistas más queridos. Aquí podemos admirar unos versos para santa Teresa:

“Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada…”

Con la poesía siempre presente, el joven Cervantes también pretende triunfar como dramaturgo. Por supuesto, de nuevo con el fracaso como meta. Y eso que se había subido al carro de la nueva ola dramática que inundaba la meseta. Aquí y allá se construían corrales de comedia que pudieran dar cobertura a la fuerte demanda que público y autoridades arrojaban sobre aquellos primeros dramaturgos.
Cervantes se marca horteradas bestiales. Por ejemplo,  La Numancia, una obra cien por cien renacentista que gira alrededor de un pueblo celtíbero que ha de resistir como sea el cerco romano. Por la escena pululan alegorías, cutres, apariciones en el Duero de dioses clásicos. Tampoco podían faltar las bajadas de pantalones tan habituales en la época frente al entonces rey, Felipe II. Es el culto a la grandeza de la patria y al gobernante, el ideal que Maquiavelo había proclamado con su Príncipe.

“LEONICIO: ¿No es ir contra la razón,
siendo tú tan buen soldado,
andar tan enamorado
en tan extraña ocasión?
Al tiempo que del dios Marte
has de pedir el favor
¿te entretienes con Amor
quien mil blanduras reparte?
¿Ves la patria consumida
y de enemigos cercada,
y tu memoria burlada por amor,
de ella se olvida?
MARANDRO: En ira mi pecho se arde
por ver que hablas sin cordura.
¿Hizo el Amor, por ventura,
a ningún pecho cobarde?”
Por supuesto, ni esta obra ni otras de parecido pedigrí le auparon a gloria alguna.
A todo esto, el Cervantes anterior al derrumbe goza de una posición más o menos acomodada. Se ha trasladado a Esquivias, una localidad manchega relativamente próspera. La familia de su mujer dispone de viñas y olivos que el manco trabajará con dedicación. Además, ha embarazado a alguna que otra mujer allende el matrimonio y el oscuro pasado de su familia parece olvidarse entre aquellos páramos manchegos.
Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como poeta. Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como dramaturgo. Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como marido.
Harto de tanto párrafo pisoteado, coge el camino del sur. Ya hemos repetido varias veces que Cervantes era, todavía, un idealista. Quería más, quería la gloria. Abandona a su mujer e intenta acercarse a la corte.
Pero más allá le esperaba la cárcel. El último fracaso. El Barroco.

El Quijote: testigo de un ocaso
Es inevitable que el Quijote ocupe el espacio más importante de la vida de Cervantes y, si me apuran, de la vida de la literatura en castellano. Autor y personaje se habían conocido entre rejas, al amparo de rufianes y malhechores que pronto poblarán las páginas de la novela más leída de la historia.
El Quijote es el testigo perfecto del ocaso del imperio, del fin del optimismo.
La primera señal se percibe en la evolución que lleva a cabo el propio protagonista. En la primera parte, publicada en 1605, podemos ver a un Quijote idealista, que cree en el amor perfecto, en el hombre de formación exquisita, de modales impolutos. Respeta a sus antepasados, respeta el modelo de familia, se debe a la patria e, incluso, se afana en ayudar al que él cree necesitado.
Le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Pero, poco a poco, don Alonso Quijano (que alguna vez fue «el Bueno») sufre un cambio que acabará con su vida. Su idealismo se va tornando en un pesimismo feroz. Deja de creer en el amor y en la justicia mientras, por su cabeza, ronda una palabra: melancolía. A medida que el Quijote va recuperando la cordura, en el fondo, solo recupera la consciencia del mundo que ha perdido. El Quijote no muere por haberse deshecho de la locura. El Quijote muere porque por fin puede abrazarse a la tristeza. Y así lo dice Sancho frente a la cama de su amo.
Porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.
Y es que, si alguien recoge el último capítulo de la segunda parte del Quijote, para mí uno de los mejores fragmentos de la historia de la literatura, se encuentra con una radiografía perfecta del fracaso que aquí hemos relatado.
Por el contrario, Sancho, que es la imagen del hombre que habita aquellos campos («sancho pueblo pronuncia sanchas palabras»), recorre el camino contrario. En la primera parte, se muestra realista, tiene un refrán para cada situación y parece imposible que se aúpe a la locura de su amo.
Sin embargo, la obra transcurre, Sancho se quijotiza y comienza a arañar con sus manos las mismas ínsulas que antes solo anhelaba. Sancho no sabía que las ínsulas, por desgracia para todos, ya se habían hundido bajo nuestra propia codicia. No quedaba nada por arañar. Algo parecido había pasado en España, había que conformarse con tocar la riqueza de una manera falsa. Ya no se aspiraba a ella, simplemente se recordaba.
Así describe al Quijote su propio escudero un par de capítulos antes del final:

“El verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; […] Y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente”.

Cervantes ha llegado al Barroco. El mismo arcabuz con el que había perdido un brazo en nombre de España ahora le sirve para disparar contra su propio pueblo. Los pastores que disfrutaban de la naturaleza en el primer Quijote ahora se han convertido en nobles que arruinan sus haciendas, gobernantes que engañan al pueblo, caballeros que ya no creen en nada.
Alguien necesitaba asestarle una puñalada al imperio ya moribundo. La muerte de Alonso Quijano, el Bueno, atravesó el costado hispánico provocando una herida mortal. Cuatro siglos después, el grito todavía puede ser escuchado en cualquier rincón del mundo hispánico. España había muerto.

Cuarto centenario
Han pasado cuatro siglos desde el paseo por la calle de Francos. Han pasado cuatro siglos desde que los vecinos acusaran a aquel pobre viejo de haber prostituido a su hija, única fuente de ingresos con la que por entonces contaba. Cuatro siglos desde que el grupo de intelectuales españoles lo ninguneara por dedicarse a narrar y no a componer. Cuatro siglos desde que sus novelas empezaran a piratearse sin descanso, desde que sus traducciones se multiplicaran.
A lo lejos puede ver la mansión en la que vive Lope, el célebre dramaturgo al que todos veneran. Un lugar muy diferente a su triste piso de alquiler. No le importa. Bajo el brazo sostiene con firmeza su última creación. Con la certeza de haber sido testigo del final (algo de lo que, quizás, no puedan presumir aquellos intelectuales que no han querido aceptar sus párrafos desde la ventana de sus lujosas mansiones), acaricia dulcemente sus cuartillas. Entre ellas, además de su magnífico Persiles, viaja un prólogo maravilloso, que termina así.

“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida”.

Porque en esta, él ya lo sabía, poco le quedaba por hacer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Micro IX


No llueve eternamente... no siempre lloverá.