Intelectualmente, ha sido considerada la mujer más importante de su época. Defensora de los más desfavorecidos. Las mujeres, los presos, los refugiados y los huérfanos fueron el sentido de su vida. Sin ella sería imposible entender la historia de la España de los años 20 y 30.
Victoria Kent fue la primera mujer en colegiarse en España y en ejercer la abogacía, ni más ni menos que durante la dictadura de Primo de Rivera. La única en formar parte de un Consejo de Guerra y conseguir la absolución de Sánchez Albornoz y la primera mujer en ser nombrada diputada por Madrid a Cortes constituyentes durante la II República. Dejo su huella como Directora General de Prisiones. Sus decretos alcanzan perfiles inéditos en España y Europa, adelantándose veinte años a los países nórdicos. Entre otros destacan la eliminación de cadenas y grilletes, el derecho a leer la prensa, libertad de asistencia a los actos religiosos, permisos de salida, incremento de la ración alimentaria o la creación de talleres de trabajo. Pero algunas de sus reformas no son aceptadas por los poderes fácticos del momento y se ve obligada a dimitir de su cargo tan solo tres meses después de su nombramiento. La iglesia, la banca y los militares no pueden aceptar el derecho a las visitas conyugales, que consideran mera prostitución, ni tampoco la sustitución de las monjas por funcionarios debidamente formados.
Pero Kent, que jamás se definió como feminista, ha pasado a la historia por su enfrentamiento con Clara Campoamor por su defensa en contra del voto de la mujer.
Su memorable discurso se puede leer aquí. No se puede tomar a la ligera y dar una opinión precipitada sin haberlo leído detenidamente, con calma. Por desgracia, el tiempo demostró que tenía razón, pero la recordada es Campoamor.
Tampoco pretendo contar su biografía, si alguien está interesado o le mueve la curiosidad puede buscar quién fue esta magnífica mujer. Pero he querido recordarla debido a la próxima huelga feminista del 8 de marzo. No me he leído el manifiesto, por ello no me pronunciaré, pero cuando se habla de desigualdad siempre me surgen algunas dudas a las que no encuentro respuesta. Me considero totalmente en contra de la representación paritaria. Cualquiera que tenga un negocio desea que le vaya bien, independientemente de si son hombres o mujeres los que trabajan en él o si hay más de uno u otro sexo; en cuanto el sexo, obligatoriamente, se convierte en un condicionante para obtener un trabajo hay sexismo. Tampoco acabo de entender que en una sociedad tan capitalista como la nuestra se diga que una mujer cobra menos que un hombre por hacer el mismo trabajo, ya que, de lo contrario, solamente trabajarían mujeres, ¿a qué empresario no le interesaría pagar sueldos más bajos?
Creo que con esto de la igualdad y el feminismo estamos sacando las cosas de quicio. Ya no entro en el tema del lenguaje, donde había que decir cada vez los dos géneros, hasta que la RAE dijo que ya estaba bien de tanta tontería o, la última, en la que la Comisión de Igualdad del Congreso ha aprobado una proposición no de ley de Compromís que insta al Gobierno a reformar la Constitución para que el ‘Congreso de los Diputados’ pase a llamarse ‘Congreso’, a secas, para hacerlo más inclusivo. Hemos caído en el absurdo.
Visto lo visto, ¿qué pensaría mi admirada Victoria Kent de todo esto? Mejor no saberlo.