sábado, 23 de agosto de 2014

Leer el futuro



“Si hace veinte años te hubieran dado un libro con la historia de tu vida, ¿lo hubieras leído?”
Esta fue la pregunta que le hice mi amiga María hace un tiempo mientras estábamos sentados en un parque. Comenzamos un diálogo de razones bastante interesante a favor y en contra, en algunos puntos coincidíamos y en otros no.
Si hablamos de mí, sí que lo haría, yo sí que hubiera leído la historia de mi vida porque, ¿quién de nosotros no ha dicho alguna vez “si lo hubiera sabido antes…”, “si volviera el tiempo atrás…”, “no lo sabía cuando lo hice…” y más cosas por el estilo? Si se tiene la posibilidad de cambiar las cosas y que vaya bien, ¿por qué no aprovecharlo?
Estoy seguro que habría cosas que no haría. Las cosas que no han salido como yo esperaba no las intentaría… otras, aun sabiendo que están condenadas al fracaso sí… quizá por ese tipo de cosas tengo mis historias.
Soy consciente que mi vida hubiera sido distinta, ni mejor ni peor, simplemente distinta. Hay cosas que no tendría, personas que no hubiera conocido y vivencias que no hubiera vivido, ¿mejores… peores? No lo sé... se supone que estaba escrito lo que me ha ocurrido realmente y no lo que me hubiera ocurrido. En ocasiones un ‘sí’ o un ‘no’ puede cambiar muchas cosas. Al fin y al cabo somos consecuencia de nuestras decisiones. 
Sí, yo quiero que, al igual que a míster Scrooge, se me aparezca el fantasma de las navidades futuras.

martes, 12 de agosto de 2014

Peliculas con nombres de animales



Mi género cinematográfico favorito es el de terror. Pero un terror que, en cierta manera, sea previsible. Me explico. Me encantan las películas de zombis y vampiros porque dentro del miedo que puedan causar es evidente que el peligro se ve… todos saben que hay un zombi o un vampiro merodeando y el susto puede ser menor. Las que menos me gustan son las de espíritus y casas encantadas; con esas me ‘acojono’ porque algún que otro susto me llevo.
Pues bien, hace unos días estuve viendo una película que no sabría cómo definirla. Este tipo de película podría pertenecer al de las absurdas, aunque esté calificada en el género de terror, ya que solamente con el nombre uno puede imaginarse el argumento. Su título era ‘Piranha 3DD’. No contaré de qué va por si alguien la quiere ver… a mí no me gustó, pero como de todo hay en la viña del Señor… quién sabe.
Cuando terminé de verla pensé: “vaya gilipollez de película”. Aparte de que este tipo de películas no tienen argumento, porque vamos a ver, ¿qué argumento puede tener una película que se llame piraña, abejas asesinas, arañas mutantes, tiburón, murciélagos, serpientes en el avión, hormigas… y todos los nombres de insectos que queramos poner delante de una cámara? ¡Pero si está claro! Además que todas acaban igual, siempre hay un último bichito que se ha salvado y acto seguido aparecen los créditos; no falla.
Pero es que las que tienen relación con el mundo marino todavía son más absurdas, ¿por qué? Muy sencillo. Pase que uno no pueda escapar de unas abejas, arañas u hormigas… ¿pero no es fácil escapar de un tiburón o de unas pirañas? ¡Pero si es lo más fácil del mundo! Basta con ponerse en la orilla sin tocar el agua y arreando, ¿o acaso el tiburón y los voraces pececitos llegarán hasta la arena?
Sinceramente, Spielberg fue un genio al hacer de Tiburón un éxito de taquilla y no contento con eso hizo secuelas ¡Es tío es Dios! Porque es que son cosas de cajón. Si se sabe que hay un tiburón o pirañas en la playa, ¿quién va a bañarse ahí? ¿Quién va a ir con un barquito a cazar un tiburón o qué jóvenes intrépidos van a acabar con una plaga de pirañas? Lo dicho, películas sin sentido.
Después de esto pienso en ‘Lo que el viento se llevó’ y no recuerdo ningún huracán. Lo dicho… hay películas que serían prescindibles, pero un mal rato para hacer una mala elección lo tiene cualquiera. 

sábado, 9 de agosto de 2014

La piel y la memoria



Es curiosa la cualidad que tienen algunos reptiles para cambiar la piel. Es un proceso que ocurre cuando la tienen muy gastada, ya sea por el paso del tiempo o por factores climatológicos del lugar en el que viven.
Siempre me pareció algo admirable. Ese proceso se convierte en todo un ritual. La piel vieja va quedando atrás lentamente, sin prisas va abandonado aquello que un día protegió para volver a aparecer transmutado en algo limpio, sin mácula, sin marcas del tiempo. Es un renacer, como si la naturaleza brindase de nuevo la oportunidad de empezar la vida. Cuando he pensado en eso siempre ha sido acompañado de una duda, ¿la memoria cambiaba con la piel o era algo perenne que no sufría la misma suerte?
En muchas ocasiones he querido ser de ese tipo de reptiles. Quizá no tanto mudar mi epidermis como poder hacerlo con la memoria, si mis dudas fueran afirmativas. Más de una vez me hubiera gustado dejar atrás lo vivido, los recuerdos y pensamientos… borrarlo todo y volver a renacer libre de cualquier cosa que haya quedado atrás, tanto buena como mala. Lo malo es evidente… crea dolor, sin más; lo bueno también lo crea, pero distinto… es un dolor por haber perdido, por recordar que un día fui feliz y que por eso que llamamos ‘el paso del tiempo’ todo cambia… el lugar, las personas, las circunstancias… y hasta nosotros lo hacemos, pero no como ciertos reptiles… ni la piel, y quién sabe si la memoria, podemos dejar atrás. 

martes, 5 de agosto de 2014

Un día de playa



No me gusta la playa, nunca me ha gustado y no entiendo el sentido que tiene ir allí de vacaciones. Pero ello no me libra de tener que ir alguna vez durante el verano, evidentemente por acompañar a alguien; el hecho de que yo jamás pasaría días, semanas o un mes allí no implica que no pueda pasar una jornada y luego volver a casa.
Este verano ya he estado un par de veces y salvo fuerza mayor creo que ya tengo completo el cupo playero hasta... no puedo decir hasta el próximo verano, ya que la última vez que estuve fue en 2012.
Pues bien, mi día (a pesar de haber sido dos hablo en singular porque hice lo mismo en ambos) fue de todo menos lo que se supone que se tiene que hacer cuando uno está en ese sitio.
Nada más pisar la arena ya empecé a protestar porque me quemaba la planta de los pies, mientras que mi acompañante se limitaba a decir que “está un poco caliente”.
Cuando decidimos el lugar en el que nos instalaríamos, lo primero que hice fue plantar la sombrilla y colocar la mecedora plegable estratégicamente debajo de ella, de tal forma que ocupase la mayor sombra posible, ya que mi compañera prefería el sol. Seguidamente, me quité la camiseta y me pringué todo de protección solar. Bien, lo más importante, la parte logística ya estaba lista y ahora pasaba a la parte operativa; eran las 11:30 horas y me senté en la mecedora.
Pasado un buen rato, mi amiga me invitó a dar un paseo, cosa que rechacé excusándome en la inapetencia; ella se fue y yo me quedé solo, mirando y observando a la gente.
Lo que más me llamó la atención es que la gente pierde todos sus complejos físicos. Da lo mismo que gordos que delgados, el estilismo es tan limitado que no se tienen demasiadas posibilidades de ocultar nada. Se veían cuerpos de hombres y mujeres que bien podrían ser modelos de Botero. Estoy convencido, que muchas de esas personas que no tiene un cuerpo escultural siempre tienen en mente hacer un régimen alimenticio porque quieren perder unos cuantos kilos… sin embargo no les importa ponerse en bañador o bikini en una playa llena de gente. Eso me resultó, cuanto menos, paradójico.
Otra de las cosas sorprendentes es la cantidad de gente que lleva tatuajes. Cualquier cosa puede servir para decorar cualquier parte del cuerpo. Evidentemente no hay una regla fija para ello, pero en los hombres los lugares preferidos suelen ser en las extremidades y en las mujeres la espalda y la parte delantera.
También es curioso ver la cantidad de mujeres recauchutadas que hay. Es complicado explicar, sin fotografías que ayuden, la diferencia entre una mujer con silicona y sin ella, pero creo que no es muy difícil pensarlo cuando una mujer tiene dos ‘sandías’ muy redondas casi a la altura de la garganta.
Ahora bien, lo que más ridículo me parece son los que se ponen en la orilla del mar con dos palas de madera y una pelotita a jugar a no sé qué. Tiene que ser cosa de la física, porque hace falta ser torpes para no dar más tres o cuatro golpes seguidos, se pasan más tiempo agachándose a coger la pelotita que pegándole con la pala. Y digo yo, ¿éstos no tendrán otro sitio mejor en el que ponerse para no molestar a la gente que pasea por la orilla? ¡Pues anda que no hay playa! A estos les da igual. Se ponen ahí a darle a la pelotita haciendo un esperpéntico alarde de reflejos sin importarles que haya gente caminando.
¿Y aquellos/as que se ponen al sol para ponerse como gambas? Todavía recuerdo la última vez que me puse colorado, de eso hace ya algunos años pero mientras escribo estas palabras todavía recuerdo la horrible sensación de haberme quemado. Sinceramente, no entiendo qué sentido tiene el lucir la piel morena.
“¿Pero todavía sigues ahí? ¿No te has levantado?” Mi amiga había vuelto de su paseo más de dos horas después y es lo que me dijo cuando me vio en el mismo sitio, la única diferencia es que había estando jugando con mis pies en la arena. Para no decir que este año he ido a la playa y no me he metido en el mar me levanté, caminé unos metros hacia la orilla, sorteando a esos absurdos pegándole a la pelotita y me metí hasta las rodillas durante unos segundos para volver de nuevo a mi lugar de operaciones, bajo la sombrilla durante tres o cuatro horas más.

sábado, 2 de agosto de 2014

La sonrisa de la Gioconda



Hace años alguien me contó el misterio de la sonrisa de la Gioconda. Quizá no tenga nada que ver con la realidad y probablemente sea una historia inventada; qué más da… me quedo con esa historia, porque sin decir nada lo dice todo y porque viendo el cuadro uno puede pensar que es cierto. Trataré de escribir de la mejor manera lo que recuerdo, ya que no he encontrado nada que verifique o desmienta esta versión, tampoco me perderé en nombres ni fechas exactas, puesto que tampoco aportarían nada a lo que a continuación se podrá leer.
En los primeros años del siglo XVI, Leonardo estaba bajo el mecenazgo de un Medici. Éste, cuyo nombre no recuerdo, estaba casado, pero tenía como amante a la futura Gioconda quien a su vez le unía una gran amistad con da Vinci.
El noble la dejó embarazada, pero al estar casado no tuvo más remedio que abandonarla a pesar de que la amaba. Leonardo, enfurecido por la actitud de su protector, se lo reprochó de tal manera y con tanta vehemencia que el Medici le retiró su protección.
Cuando Leonardo tomó a la modelo para pintar su famoso cuadro le pintó esa sonrisa no por casualidad, sino por venganza a su antiguo mecenas. Esa sonrisa esconde una vendetta que perdurará para toda la eternidad. Con ella, Leonardo le decía al Medici: “Fue tuya y la despreciaste, tuviste su amor y la abandonaste, nunca más volverá a ser tuya. Mírala, ahora estará conmigo para siempre”.
Sea cierto o no esta es la historia que me contaron y dado lo enigmática de la sonrisa, ¿quién sabe? ¿Por qué no creerla?
Hoy no hacen falta lienzos ni pinceles… ni siquiera un Leonardo; es suficiente con una fotografía. Contemplarla, mirarla, detenerse observando cada gesto… una mirada… una sonrisa… corte de pelo… un fondo… La Gioconda se hace actual a cada momento… el Medici la acompaña perenne a lo largo del tiempo.

martes, 29 de julio de 2014

sábado, 26 de julio de 2014

Orihuela


Confieso que conozco más la vida de Miguel Hernández que su obra. Probablemente porque soy de los que piensan que antes de conocer la trayectoria más conocida de un personaje, en este caso la faceta literaria, hay que conocer lo que transcurre entre el día que nació y el día que murió. Me ocurrió con Antonio Machado (de quien, por cierto, hoy se cumplen 139 años de su nacimiento) y puedo decir que me enamoré de su vida y casi a la par lo iba haciendo de su obra. Quizá con Miguel Hernández me ocurra lo mismo, reconozco que tengo grandes carencias en cuanto a su faceta literaria. Pero esta entrada no trata del autor de ‘El rayo que no cesa’, aunque tenga mucho que ver en ella.
Hace unos días estuve en Orihuela, su pueblo y el mío, creo que al nombrar ese pueblo es inevitable no decir o pensar en el prólogo de ‘La elegía’ que le dedicó a su amigo Ramón Sijé, a quien tanto quería. Era un compromiso que tenía con una amiga (a quien tengo que agradecerle que hiciera de mi visita lo que en el tiempo será un recuerdo especial) que vive en ese pueblo: yo iba a visitarla y ella, a cambio, me enseñaba la casa en la que nació y en la que posteriormente vivió Miguel Hernández. Era una visita programada para meses atrás, pero por distintos motivos la tuvimos que aplazar hasta que, por fin, ambos hemos podido pagar nuestra deuda.
Hay ciudades en las que ha nacido un personaje o ha ocurrido algún hecho reseñable y apenas tiene importancia en el lugar, salvo una placa que recuerde la efeméride, algo así como ‘Aquí nació…, Aquí vivió…, Aquí murió… Aquí ocurrió…’. No, en Orihuela no ocurre lo mismo con su más famoso poeta. Esa ciudad ha sabido mantener, cuidar y preservar la figura y el legado de Hernández.
Cuando alguien va a ver la casa de algún gran personaje no sabe lo que puede encontrarse y eso es lo que me sucedió a mí. En este tipo de visitas hay dos puntos de vista diametralmente opuestos: 1º) una vez en el lugar piensas que aquello no era así, que lo que está viendo es artificial y no es más que un vulgar reflejo de lo que pudo ser. 2º) todo lo que se ve es real, el mobiliario, la estructura, las paredes, los suelos… nada ha cambiado desde entonces y todo es tal y cual lo conoció el personaje. En este caso, al menos para mí, se mezclan ambos sentimientos predominando claramente el segundo, ya que la casa en la que Miguel Hernández vivió, desde 1904 hasta 1934, con sus padres y hermanos queda conservada de una manera bastante fiel a lo que fue en aquellos tiempos y prácticamente no se le podrían poner objeciones. La conservación y las posteriores restauraciones que hayan podido llevarse a cabo dan muestra de un cuidado y un saber hacer. Me atrevería a decir que esa vivienda apenas ha sido alterada. Sin duda alguna, para un ‘hernandiano’ sería perfectamente un lugar de peregrinación.


De todo, quizá, lo que más emocionó es cuando pasamos al huerto de la casa, al que se accede cruzando un patio. Es un huerto pequeño, en el que hay una higuera, una morera y un cactus de higos chumbos. Allí, mi anfitriona me dijo: “Esta es la higuera, es todavía la misma higuera”. “¿A qué higuera se refiere?”, pensé. A los pocos segundos caí que estaba allí, siendo parte de la Elegía a Ramón Sijé:

“Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera...”


Uno se siente tan insignificante…
Junto a la casa, separado por unos metros, se encuentra el Centro de Estudios Hernandianos, un edificio desde donde se promueve la vida y la obra del poeta. Lamentablemente estaba cerrado y no pudimos entrar; ya tengo una excusa para volver.
Después de visitar ese espacio en el que se respira a Miguel por cada rincón, nos desplazamos a ver la casa en la que nació. Si antes hablaba de dos sensaciones al ver una casa de un personaje, aquí no tengo dudas que tuve la primera sensación que he descrito anteriormente: una profunda decepción. La vivienda estaba cerrada, pero solamente con ver la puerta ya me podía imaginar qué tipo de atentados restauradores pueden aguardar al visitante que entre allí por primera vez. Lo única que da pistas de que fue su casa es una placa que hay en la fachada.



El resto de la ciudad no me pareció de gran interés. Supongo que para un amante del barroco es la ciudad perfecta, pero a mí es algo que no me atrae. Cada vez que veo un edificio barroco me da la sensación que veo un desfile de carnaval. Acompañado por mi excelente anfitriona vimos algunas de las ¡33 iglesias! que tiene la ciudad. 33 iglesias para una ciudad de poco más de 90.000 habitantes.
Vi algunas desde el coche y, la verdad, vistas algunas vistas todas. Supongo que es un mal congénito de algunos lugares el no cuidar su patrimonio cuando lo tienen en exceso. Eso es lo que le pasa a Orihuela; las pocas iglesias que vimos tenían una restauración que dejaba bastante que desear. Hablar de esto supondría otro artículo más largo, pero así, a modo de pincelada, diré que, por ejemplo, no se puede enlucir con mortero las paredes de un claustro barroco o las fachadas de una iglesia como si fuera cualquier cosa. Hay cosas que deberían estar penadas (entiéndase la ironía).
Si tuviera que quedarme con una impresión de Orihuela diría que es una ciudad con tres ‘capas’: la dedicada al poeta; la religiosa, con todas sus iglesias y sus entornos, y el resto de ciudad con edificios como cualquier otro sitio ajeno a lo demás. Cada cual bien diferenciado y separado. En ninguno de los anteriores espacios hay nada que haga referencia a los otros. Cada lugar tiene su espacio bien delimitado.
Quizá mi análisis pueda estar equivocado y alguien que conozca mejor la ciudad pueda rebatírmelo sin dejarme lugar a réplica; mis impresiones se basan en la visita de unas horas buscando el origen del ‘Viento del pueblo’. 

Como no podía ser de otra forma…

 

martes, 22 de julio de 2014

El manual perfecto contra Podemos



He encontrado una información que me parece muy interesante en el blog ‘Lejos del tiempo’, que bien podría ser la hoja de ruta que siguen aquellos que tienen miedo de que se les acabe el chollo. Me parece que, cuanto menos, es merecedor de ser leído.
Si lo relaciono con la anterior entrada de este blog sería fácil deducir porqué hay tantos a) y b).
Si fuera creyente diría: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. En mi caso me quedo el término ‘hombre masa’. 

Henry Ward ya dejó sentado en el siglo XIX que “ninguna prueba, ninguna rectificación ni desmentido puede anular el efecto de una publicidad bien hecha”. Y en eso están. Harán mal en Podemos si resuelven que una campaña tan burda no merece ser enfrentada. Acuérdense de los trenes de Atocha y los años que ha estado presente en nuestras vidas la patraña sobre su autoría Los principios de la propaganda son técnicas cuya eficacia no depende de que el mensaje sea verdadero o falso. Estos son algunos de los más conocidos:
 
El principio de la verosimilitud
La deformación es una técnica muy utilizada en el mundo de la propaganda. Todos los manuales la definen como una forma de mentir que consiste en hablar de una cosa que existe pero caracterizándola de una manera falaz. Así, el mensaje se hace verosímil, aunque no deja de ser falso. Por ejemplo, haber trabajado en Venezuela se deforma y se traduce por “estar a sueldo del gobierno chavista”. El principio de la verosimilitud consiste en construir argumentos a partir de de informaciones fragmentarias.

Principio de la simplificación y del enemigo único
Se trata de algo elemental: la propaganda tiene que ser simple, sin pliegues ni conceptos complejos, para que el mensaje llegue directamente; para ello hay que adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo odioso. Algo tan simple como decir que Pablo Iglesias es defensor de ETA cumple perfectamente con la regla. Es verdad que una proposición de ese tipo puede parecer ridícula a mucha gente, pero a otros les parecerá por lo menos dudoso. Y aquí entra en juego otro de los grandes principios.

Principio de la vulgarización
Toda propaganda debe ser popular y hay que adaptar el mensaje al menos inteligente de los individuos a los que va dirigido. Cuanto más grande sea la masa a convencer más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. Los propagandistas parten del convencimiento de que la capacidad receptiva del pueblo es limitada, su comprensión escasa y su facilidad para olvidar elevada. Las masas, como rebaños ignorantes, son capaces de tragarse cualquier historia por disparatada que sea. Empezamos diciendo que es amigo de los terroristas pero confiamos que al final de la campaña los más ignorantes de la parroquia terminen relacionando, al menos inconscientemente, a la coleta de Iglesias con el fantasma de ETA revivido para la ocasión Y en esto se apoya otra ley.

Principio de la transfusión
La propaganda opera siempre a partir de una idea preexistente, ya sea una mitología o un complejo de odios o prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que arraiguen en actitudes primitivas, en miedos atávicos e irracionales, en convicciones monolíticas. ‘Los gitanos son ladrones’, dice el estereotipo ‘¿qué más hay que explicar?’ Esa idea es suficiente para una sociedad en la que se ha asentado el racismo previamente.
“ETA no es más que una banda mafiosa cuyos militantes son pistoleros sedientos de sangre”; esta es una buena idea preexistente para asentar sobre ella el mensaje de la propaganda. ¿Para qué más análisis? Quien diga que su existencia tiene explicaciones políticas tiene que ser amigo de los terroristas. Y aquí enlazamos con otra ley.

Principio del método de contagio
Se trata de reunir a diversos adversarios en una sola categoría o en un solo individuo. Los adversarios han de constituirse en una suma individualizada. Por ejemplo: Pablo Iglesias es un defensor de ETA, a sueldo del gobierno bolivariano, que es aliado de Cuba y protege en Caracas a terroristas de todo pelaje, sobre todo a los de las FARC y a los vascos. Todo forma parte de un único círculo, de un único imaginario: ETA, la revolución bolivariana, Pablo Iglesias, las FARC, el terrorismo, Cuba…Lo que nos lleva a otra norma.

Principio de orquestación
La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. No vale desviarse del mensaje principal. Y esto se complementa con otro precepto.

Principio de la exageración
Es un clásico de la propaganda; se trata de convertir cualquier detalle, cualquier anécdota, por pequeña que sea, en un asunto grave. Por ejemplo: Iglesias participa como tertuliano en un programa de Hispan TV, lo que se divulga proclamando que está al servicio de los ayatollah. La exageración tiene una debilidad: es detectable por el gran público si se aísla, si se refiere sólo a una circunstancia que el sujeto de la campaña puede explicar y desmontar; por eso no hay que darle tiempo. En esto consiste otro principio.

Principio de la renovación
Esta ley dice que hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal, que cuando el adversario responda, el público ya esté interesado en otra cosa. La respuesta del adversario nunca debe de poder contrarrestar el nivel creciente de los ataques. Se trata de que no tenga tiempo de enfrentar las acusaciones en avalancha: perroflauta, proetarra, separatista, mercenario del chavismo, agente de los iraníes, desarrapado, extremista, castrista… Lo que nos conduce a otra norma.

Principio de la silenciación
Se busca anular la defensa que interpone la persona objeto de la campaña. Se trata de acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario. Las acusaciones se difunden a bombo y platillo y la defensa del agredido se transmite con sordina o fragmentada. De este modo se consigue hacer un gran ruido en el que los argumentos suenan mucho y los contra argumentos se oyen poco, provocando entre la gente una sensación de confusión. Una madeja indescifrable para la mayoría que suele desembocar en la idea de que “cuando el río suena agua lleva”.

Principio de la transposición
Otro clásico. Consiste en proyectar en el adversario los propios errores y atacarle con los mismos argumentos con los que se es criticado.”Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Por ejemplo: si eres de un partido muy corrompido y estás hundido hasta los ojos en la Gürtel, los sobresueldos, Bárcenas, Blasco, Matas, Bankia, Camps, Fabra… nada más ocurrente que acusar al de la coleta de haber trabajado en una fundación que factura sus servicios al gobierno venezolano, sin especificar si esto es normal o irregular. Y así llegamos al último principio.

Principio de la unanimidad
Implica que la integración y la aprobación social del individuo dependen de que piense como los demás. Entran en juego la difusión de los mensajes con la coletilla de “todo el mundo sabe”, “toda la gente está de acuerdo”, sin aportar más pruebas y creando una falsa sensación de unanimidad. Una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad, decía Goebbels. No traigo a colación al nazi por casualidad. Estos son los once principios en los que asentaba sus campañas de propaganda. Se estudian en todas las escuelas de publicidad. Las prácticas se hacen en el PP.

Aquí se podría decir eso de ‘cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia’. Pero yo me pregunto, ¿por qué la derecha mediática y política le tiene tanto miedo a Pablo Iglesias y a Podemos? ¿Por qué los sociatas lo miran con recelo? Al fin y al cabo solamente tiene un millón y medio de votos en las elecciones europeas, no tiene diputados ni senadores en España… por no tener no tiene ni un solo concejal en la aldea más pequeña de España… insisto, ¿por qué esa campaña tan feroz en su contra? Solamente hay que escucharlos hablar... y luego van dando clases de democracia. El ‘hombre masa’ que responda.

sábado, 19 de julio de 2014

‘Podemos’ y el ‘hombre masa’


“¿Y qué opinas de Podemos?” Es una pregunta que suelo hacer cuando hablo con alguien de política y en la mayoría de los casos suelo encontrarme con dos tipos de respuestas:
a) Buffff… no lo sé… me parece muy radical… le están sacando cosas… tengo que informarme más…
b) Estos lo que quieren es que España sea como Venezuela, Cuba o Corea…

Tengo que confesar que tales respuestas me desconciertan. Me desconciertan porque en ese momento no sé si continuar con el tema o correr un tupido velo y pasar a otra cosa.
Ortega y Gasset acuñó un término que, hoy más que nunca, continúa vigente: el hombre masa. Para el filósofo, entraría en esta categoría toda aquella persona que no está al mismo nivel de sí mismo, el que se encuentra a mitad camino entre el ignorante y el sabio, el que cree saber y no sabe y el que no sabe lo que debiera saber. Creo que me he explicado.
¿Y por qué digo esto? Porque para mí, tanto los de la respuesta a) como los de b) me parece que pertenecen a esa masa, a esa España que bien describió el poeta en ‘El mañana efímero’.
No, no es que yo esté por encima del bien y del mal ni sea ese ‘superhombre’ que definió Nietzsche, pero creo que hay temas que se permiten un argumento sólido (tanto positivo como negativo) o mejor callar.
Entre los de la respuesta a) y b) apenas hay diferencias.
A los a) les preguntaría qué entienden ellos por radicalidad. Probablemente se sientan cómodos con la actual situación, tanto política, social o económica. Si me dicen que ‘sí’ ¡perfecto! acepto que digan que es radical. Si me dicen que ‘no’ me gustaría saber cómo cambiarían la situación actual… sin tocar nada.
Los de b) son, quizá, los que más me sorprenden, probablemente porque se han impregnado de un humanismo jamás visto… ahora a muchos les preocupa Venezuela, Cuba y Corea… cuando probablemente no sabrían ni colocar esos países en el mapa o decir tres ciudades de los mismos (cositas fáciles para no ridiculizarlos demasiado). Pero sí… para atacar a Podemos se justifican en Venezuela, Corea o Cuba. Incluso dicen que Pablo Iglesias hace programas para Irán… Jamás he oído a nadie en televisión criticar a Campechano I por tener tratos con jeques árabes, de países islámicos, para conseguir contratos millonarios para sus amiguetes los empresarios… claro, pero es otra cosa, ¿no?
Pero cada cual que piense lo que quiera… yo me quedo con esto… a lo mejor también soy un hombre masa, pero de otro tipo, quizá de los que piensan que hay que dar una oportunidad a algo nuevo, porque lo que tenemos no funciona. 


A los a) y b) que hayan visto el vídeo les preguntaría, “¿qué opinas de Podemos?” 
 

martes, 15 de julio de 2014

El deporte es ¿salud?



Dicen que el deporte es bueno; que aquellos que lo practican tienen una vida más sana. Hasta aquí de acuerdo. Ahora bien, supongo que para practicar deporte te tiene que gustar, un poco aunque sea, de lo contrario, ¿qué sentido tiene? Además de practicarlo también se trata de verlo y de disfrutarlo. Por ejemplo, una persona que corre supongo que le gustará ver las olimpiadas, ¿verdad?
Pues bien, a mí me gusta el fútbol, lo practicaba de pequeño y soy aficionado, simplemente me gusta ver partidos que no tengan importancia… y matizo esto. Antes era un acérrimo futbolero hasta que el Valencia CF perdió la final de Champions, por segunda vez consecutiva, en el año 2001. Ese día decidí que se había terminado el fútbol y que no volvería a ver un partido que yo considerase que iba a suponer que mi corazón se pusiera como una bola de una máquina de pin-ball.
Desde entonces creo que no he visto ningún partido de los llamados históricos en los que jugase la Selección Española u otros equipos españoles, bien porque quería que perdiesen o bien porque quería que ganasen.
El caso es que el domingo rompí la norma y me puse a ver la final del mundial. Yo iba con Argentina. Estaba sentado en un sillón y le pegaba al reposabrazos por cada ocasión fallada, me levantaba, saltaba y movía las piernas como si estuviera chutando. Pero hubo un momento en que no puede resistirlo: cuando Higuaín falló solo delante del portero. Creía que me moría y decidí no ver más el partido e irme a ver una película. Me enteré del resultado al final por medio de un wassap, porque una persona sabía que no lo estaba viendo, “Nada que celebrar” fue su mensaje. Entonces supe que Argentina había perdido. Juré en arameo todo lo que tenía que jurar durante unos cinco minutos y continué con la película tan tranquilo.
¿Y por qué digo todo esto? Pues bien… porque no sé si el deporte es tan bueno, porque si fuera sano y todo eso que se dice ni yo ni nadie se exaltaría. Evidentemente no me creo eso de ‘lo importante es participar’ ¡y una mierda! (con perdón), lo importante en el deporte es ganar, se trata de una competición, ¿o uno compite por gusto? Si ayer, durante los 15 minutos que pude aguantar viendo el partido, alguien me dice que me tranquilice, que sólo es un juego y que disfrute probablemente me hubiera callado, pero por dentro lo hubiera mandado al mismo sitio que mandó Labordeta a los del PP.
Ahora ya se ha acabado todo… al menos durante un mes y medio ¡menos mal! Volveré a jurar en arameo pasado ese tiempo, pero prometo que tardaré en ponerme delante del televisor para ver un partido que me importe.