
Ya en el origen de la palabra son cínicos. Derecha, del latín dextra, es decir, diestra, recta y correcta; izquierda del latín sinistra, es decir, siniestra, aviesa y malintencionada. Ya en la Biblia se habla de un Dios que en el Juicio Final coloca a los justos a su derecha y a los pecadores a su izquierda. Por ello, en las portadas románicas, a la derecha del Pantocrátor están los salvados y a la izquierda los condenados. La influencia cristiana en nuestra cultura explica que, hasta hace poco, el que un niño escribiera con la izquierda se consideraba malo per se, por lo que el maestro con castigos trataba de corregirlo, afortunadamente esta circunstancia hoy ya no se tiene en cuenta. Por otra parte, la denominación derecha e izquierda, desde el punto de vista político, surge en la Revolución Francesa de acuerdo con el lugar que ocupaban las diferentes fuerzas políticas en la Asamblea Nacional Constituyente. Hechas estas disquisiciones introductorias, quiero ahondar en mi visión sobre la derecha española, algo que ya he hecho en algunas ocasiones, pero que por mi última entrada parece ser que he herido alguna sensibilidad… y es que la derecha tiene la piel muy fina.
La derecha es egoísta, quiere privilegios, cree que su manera de comportarse debe ser seguida por los demás y carente de empatía e insolidaria hacia los débiles. Es prepotente, se cree superior, en la misma proporción que su ignorancia. Es cínica, no duda en criticar la bolsa o la banca a pesar de que se beneficia de ellas y en despotricar de las subvenciones públicas, pero no de las que recibe su propia empresa. Es partidaria del sálvese quien pueda, por lo que está en contra del Estado de bienestar. Demoniza la alternativa, por ello habla de ‘experimentos con gaseosa’. Tiene una concepción antropológica pesimista, por lo que considera al hombre como un lobo para el hombre.
Siendo la que se beneficia de la crisis monopoliza el descontento popular con rebuscados argumentos, lo que menos importa es que sean verdad. No tolera que gobiernen los otros, cuando es así, para desalojarlos y lleguen los suyos, se sirve del ‘todo vale’. Necesita siempre un enemigo, que es la izquierda aviesa y canalla. La corrupción solo la ve en el ojo ajeno, pero cuando la propia es incuestionable la tolera sin grandes problemas. Y por encima de todo, es patriota hasta la médula, aunque es un patriotismo de cartón piedra, de envolverse en la bandera y besarla con pasión, de entonar el Himno Nacional, de festejar la fiesta del 12 de octubre -sin saber qué se celebra, si es la Fiesta de la Hispanidad, la de la Raza, de España, de la Virgen del Pilar-, de presenciar desfiles militares -cuando lo hace la Legión con el macho cabrío es ya el éxtasis--, o descorchar botellas de champán con el triunfo de ‘la Roja’. El verdadero patriotismo es querer los mejores hospitales, colegios, asilos y autopistas para tus conciudadanos, lo que se consigue pagando los impuestos y no depositando el capital en los paraísos fiscales.
Lo anterior son calificaciones generales. Es decir, el manual del buen facha. Ahora bien, dentro de las derechas hay varios especímenes. La derecha comodona, la que se considera de rancio abolengo, esa que dice que ‘nadie le ha regalado nada’. La que defiende a machaca martillo a la familia, a la Iglesia y a la Nación; aunque pasan de la familia, lo que diga la Iglesia se lo pasan por el forro y la Nación se la sopla. Otra derecha sería la capitalista, la oportunista, la que está porque en algún sitio tendría que estar, la que tuvo antes el carné del partido que el DNI, la que dependiendo de la intención de votos puede, o no, defender el aborto y la homosexualidad, consumir drogas y cree que la competitividad es la medida de la justicia social.
Finalmente está la derecha que reza. Aquí abunda la hipocresía. Esta derecha, de misa, comunión, Jornadas Mundiales de Juventud, misas multitudinarias, de lujosos trajes en las procesiones, envía sus hijas a abortar a Londres, admite en sus medios de comunicación los anuncios de contactos sexuales, visita burdeles, tiene negocios de preservativos y, por supuesto, monopoliza el discurso de la moral auténtica.
Por todo ello, no es difícil entender porqué nadie dice que es de derechas; alguien de izquierdas nunca se esconderá por definirse así, mientras que la derecha siempre dirá que ‘es de centro’ para esconder sus vergüenzas, insisto, cínicos. Aquí es donde entra Ciudadanos… y al que le pique que se rasque. Yo soy de izquierdas y no me avergüenzo por decirlo.