sábado, 22 de julio de 2017
Mi séptima ola
Siempre supe que volvería a Zaragoza, no sabía cuándo, pero sí que lo haría… y no como lo hacía habitualmente, no… lo haría para quedarme. Ahora, pasados algunos años desde que me fui obligado por la crisis, ha llegado el momento… y vuelvo.
Desde hace meses era una posibilidad que podía tomar forma y la semana pasada se materializó. Con un par de amigos, y después de tener ciertas garantías, hemos dado el paso de emprender algo que puede ser interesante, ya que parece que el sector de la construcción comienza a moverse y hay que estar presente.
Cuando la posibilidad tenía todos los visos de ser real recordé a Sancho Panza, cuando dejó el gobierno de la ínsula Barataria.
Desde hace meses era una posibilidad que podía tomar forma y la semana pasada se materializó. Con un par de amigos, y después de tener ciertas garantías, hemos dado el paso de emprender algo que puede ser interesante, ya que parece que el sector de la construcción comienza a moverse y hay que estar presente.
Cuando la posibilidad tenía todos los visos de ser real recordé a Sancho Panza, cuando dejó el gobierno de la ínsula Barataria.
“Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de Holanda”.
Con este pasaje no hace falta explicar nada, está todo dicho. Zaragoza, Aragón, ser feliz, vivir.
A veces que hay que arriesgar, tirar una moneda al aire y, si es preciso, soplar para que caiga del lado que queremos engañando al destino. Dicen que de los 20 a los 40 años aprendemos y a partir de los 40 es cuando podemos aplicar lo aprendido. Supongo que ha llegado el momento y lo que yo no haga por mí no lo hará nadie, lo que no haga ahora no lo haré en el futuro. Digamos que parto de cero y tengo un camino por delante… en positivo.
A partir de esta próxima semana comienza un nuevo camino, una nueva etapa. Estoy lleno de energía, ilusionado y con ganas, convencido de que esta es la gran ola que estaba esperando, aquella sobre la que escribí hace un par de años, esa que algunos llaman ‘la séptima ola’ y arrasa con todo. Nada vuelve a ser igual después de ella.
***
Llevo unos días dándole vueltas al nombre y al logo que usaremos y el resultado es éste. Habrá que ver lo que dicen mis compañeros. Quizá no les guste, quizá tengan otras opciones o, quizá, tomemos la decisión de que alguien nos lo diseñe. De momento es una simple idea…
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En tercera persona
martes, 18 de julio de 2017
Herramientas para dibujar
No sé hasta que punto ser lo último o lo primero en algo es bueno o malo. Hace unas entradas comentaba el cambio que ha supuesto en los despachos de arquitectura pasar de la mesa de dibujo al ordenador. Yo soy de esas promociones que están a caballo entre lo antiguo y lo moderno. Como decía en aquella entrada, yo conocí esa transición que llamamos nuevas tecnologías.
No sé lo que actualmente se enseñará en las escuelas de arquitectura, me imagino que si volviese el curso que viene estaría totalmente perdido en lo referente a las asignaturas. Por ejemplo, la asignatura de expresión gráfica consistía en dibujar a mano alzada fachadas de edificios singulares (iglesias, ayuntamiento, casas señoriales, etc.), algunos todavía los tengo guardados en una carpeta grande. Otra parte era dibujo técnico (diédrico y acotado). Por la experiencia que tengo, era algo muy difícil de aprender. Hacía los dibujos paso por paso, docenas de veces. Ahí estaba yo con el escalímetro, la escuadra, cartabón, compás y ¡ale! Línea de tierra, cambio de plano, dibujando los distintos tipos de líneas, planos, figuras, intersecciones… ¡y no había manera! Me cambiaban un dato y ya no sabía hacerlo. Era como aprender la misma multiplicación y si cambiaban los números ya no saber multiplicar. ¿Cómo lo aprendí? De la forma más extraña. Después de muchas horas dibujando, sin saber porqué hacía las cosas, un día me levanté y ya sabía hacerlo, lo que suele decir ‘ver la luz’; tanto es así, que luego yo daba clases de esa parte de la asignatura a otros compañeros.
Desconozco si todo esto se seguirá estudiando, supongo que sí, aunque no con la misma intensidad. El caso es que hoy en día todo se hace por ordenador y, la verdad, ya no hace falta ensuciarse las manos con la tinta de los ‘rotring’. El programa por excelencia, el que sustituyó a la mesa de dibujo, es el AutoCAD. Con sus diferentes versiones, es el que más se ha utilizado orientado a la producción de planos, empleando para ello los recursos tradicionales de grafismo en el dibujo, como color, grosor de líneas y texturas tramadas Con este programa se pueden realizar todo tipo de diseños técnicos en 2D y 3D a la escala deseada.
Pero desde hace cuatro o cinco años, ha aparecido Revit. Es parecido al anterior, pero, aunque suene contradictorio, totalmente diferente. Funciona por componentes dando la opción de poner ejes y muros arquitectónicos. Aquí no se dibuja, se construye. No se pone una línea, se pone un muro, viga, pared… A los muros les puedes puertas y ventanas, además de asignarles un material. También agregar elementos como muebles, columnas o cortinas. Es un programa sumamente complicado y dudo que haya gente en el mundo que lo sepa manejar todo, todas sus posibilidades, al 100 %.
Finalmente está Sketchup. Con este programa se conceptualizar volúmenes y formas arquitectónicas. Muy intuitivo y sencillo de utilizar. Suelo usarlo cuando tengo que hacer una presentación rápida en 3D para que alguien vea de forma sencilla, por ejemplo, una distribución.
Por eso hablaba al principio de las ventajas y desventajas de la transición entre lo antiguo y lo moderno. Imagino que el manejo de estos programas se aprenderá en las escuelas de arquitectura, mientras que en mis tiempos no existían (con timidez se hablaba de AutoCAD y en pocos estudios se usaba de forma profesional), yo he tenido que aprender a manejarlos de forma autodidacta y cuando llegaba a un punto que no podía seguir no tenía más remedio que hacer cursos particulares (con el correspondiente gasto). Con AutoCAD y Sketchup no tengo ningún problema, pero con Revit… pasará mucho tiempo hasta que me sienta seguro para usarlo sin problema y ni así sabré utilizar todo su potencial.
No obstante, a pesar de todos estos avances, a veces, echo de menos una pequeña mancha de tinta en un plano y maldecir al cielo por ello. No sé... tiene algo de romántico.
Volverán las oscuras golondrinas
de tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a tus cristales,
jugando, llamarán.
Pero aquellas manchas de tinta,
que veíamos salir del rotring
y caer como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
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Arquitectura
sábado, 15 de julio de 2017
Entrevista a Camarón de la Isla
Cerremos los ojos y escuchemos la entrevista, ¿quién diría que quien habla es el mejor cantaor de flamenco de todos los tiempos? Ciertos personajes son más de lo que muestran al mundo y eso los convierte en únicos, en inmortales...
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Música
martes, 11 de julio de 2017
Solución para no volver
Si digo Monsieur Sans-délai, probablemente, la gran mayoría no sepa a quién me estoy refiriendo. Si digo Monsieur Sans-délai y Larra, quizá, siga sin sonar a nada. Pero si digo Monsieur Sans-délai, Larra y Vuelva usted mañana es posible que algunos hayan adivinado a quién me estoy refiriendo. La resolución de la ecuación es que Monsieur Sans-délai es un francés que ha venido a España para reclamar unas propiedades, presentar unas propuestas de negocio y visitar Madrid, dicho de otra forma, es el personaje principal del ‘Vuelva usted mañana’, de Mariano José de Larra. Cuando Sans-délai pretende resolver sus asuntos en quince días, Larra, conocedor del carácter de los españoles, le advierte que va a necesitar unos cuantos meses… y así fue.
Pues bien, me siento como Monsieur Sans-délai. Hace unos tres meses me encargaron un proyecto. Se trataba de un garaje para tres coches. La construcción era independiente de la vivienda, con sus instalaciones, puerta basculante eléctrica, etc., etc. Corría prisa, porque querían tenerlo construido para el verano, ya que la propiedad no quería tener sus flamantes vehículos al raso mientras pasaba las vacaciones.
En menos de diez días lo tenía hecho: memoria, presupuesto, planos, cálculos, etc. Alguna noche hasta bien tarde y algún madrugón inesperado. Bien, lo tengo acabado, visado y entregado, ¿qué faltaba? Lo más importante: cobrar. Como el encargo era de un conocido hice un precio generoso por todo el trabajo y decidí cobrar 3.000 euros.
En principio no había problema. “A la semana que viene”, me dijeron. Pero ‘a la semana que viene’ no dieron señales de vida, así que llamé ese viernes a última hora y no me lo cogieron.
Llamé a la siguiente y cuando me lo cogieron, después de pedir disculpas, que me sonaron a excusas, me dijeron que en unos días se pondrían en contacto conmigo y me lo liquidarían. Yo estaba entre la resignación y el cabreo. Me llamaron a los diez días y me pidieron una obra anexa al garaje y al tenerlo lo liquidarían todo. Era algo sencillo, me llevó un par de tardes, y lo entregué. Después siguieron las excusas: que no sé quién se había muerto, que estaban de viaje, que… Lo que me hizo gracia es cuando me dijeron que “de momento hemos aparcado las obras” y yo, que no puede reprimirme en la contestación, respondí “sí, si metéis coches pequeños, tenéis más espacio”. Se rieron con un simple “je, je” y me confirmaron que antes de comenzar las obras me pagarían… y así estamos.
Las obras no han comenzado. Se de buena tinta que quieren hacerlas… pero a saber. Ahora soy yo ‘el que fuma en pipa’, pero ya llegará el momento del certificado final de obra…
Aunque no hay mal que por bien no venga. Desde entonces tengo a los bares como un ejemplo a seguir. Cada vez que entro en alguno y veo el típico azulejo que pone, ‘Hoy no se fía, mañana sí’ me siento como un vulgar aprendiz en las relaciones laborales. Pero, sin duda alguna, mis ídolos son esos que tienen un garrote que dice: ‘paga o me descuelgo’ o ‘paga lo que debes’, ¡qué grandes hombres de negocios! A partir de ahora, cada vez que presente un presupuesto, en la última hoja irá impreso un garrote con alguna de esas leyendas. A ver si así no tengo que volver más veces. Bromicas las justas.
Pues bien, me siento como Monsieur Sans-délai. Hace unos tres meses me encargaron un proyecto. Se trataba de un garaje para tres coches. La construcción era independiente de la vivienda, con sus instalaciones, puerta basculante eléctrica, etc., etc. Corría prisa, porque querían tenerlo construido para el verano, ya que la propiedad no quería tener sus flamantes vehículos al raso mientras pasaba las vacaciones.
En menos de diez días lo tenía hecho: memoria, presupuesto, planos, cálculos, etc. Alguna noche hasta bien tarde y algún madrugón inesperado. Bien, lo tengo acabado, visado y entregado, ¿qué faltaba? Lo más importante: cobrar. Como el encargo era de un conocido hice un precio generoso por todo el trabajo y decidí cobrar 3.000 euros.
En principio no había problema. “A la semana que viene”, me dijeron. Pero ‘a la semana que viene’ no dieron señales de vida, así que llamé ese viernes a última hora y no me lo cogieron.
Llamé a la siguiente y cuando me lo cogieron, después de pedir disculpas, que me sonaron a excusas, me dijeron que en unos días se pondrían en contacto conmigo y me lo liquidarían. Yo estaba entre la resignación y el cabreo. Me llamaron a los diez días y me pidieron una obra anexa al garaje y al tenerlo lo liquidarían todo. Era algo sencillo, me llevó un par de tardes, y lo entregué. Después siguieron las excusas: que no sé quién se había muerto, que estaban de viaje, que… Lo que me hizo gracia es cuando me dijeron que “de momento hemos aparcado las obras” y yo, que no puede reprimirme en la contestación, respondí “sí, si metéis coches pequeños, tenéis más espacio”. Se rieron con un simple “je, je” y me confirmaron que antes de comenzar las obras me pagarían… y así estamos.
Las obras no han comenzado. Se de buena tinta que quieren hacerlas… pero a saber. Ahora soy yo ‘el que fuma en pipa’, pero ya llegará el momento del certificado final de obra…
Aunque no hay mal que por bien no venga. Desde entonces tengo a los bares como un ejemplo a seguir. Cada vez que entro en alguno y veo el típico azulejo que pone, ‘Hoy no se fía, mañana sí’ me siento como un vulgar aprendiz en las relaciones laborales. Pero, sin duda alguna, mis ídolos son esos que tienen un garrote que dice: ‘paga o me descuelgo’ o ‘paga lo que debes’, ¡qué grandes hombres de negocios! A partir de ahora, cada vez que presente un presupuesto, en la última hoja irá impreso un garrote con alguna de esas leyendas. A ver si así no tengo que volver más veces. Bromicas las justas.
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En tercera persona
sábado, 8 de julio de 2017
Pasando por el taller
Hay dos cosas que me horrorizan: que se estropee el coche y que no funcione el ordenador. Probablemente más lo primero que lo segundo, ya que el ordenador, en ocasiones, puede ser suficiente con formatearlo y… más se perdió en Cuba. Pero el coche no. Eso ya es algo más complejo que no depende de uno mismo.
Pues bien, eso es lo que ha pasado. Se me ha estropeado el coche. Esta semana hice un viaje largo y al llegar al destino salía humo por el capó del motor. En esos momentos (y que me perdonen los creyentes) me acordé de todos los santos que hay en el cielo (a lo mejor me dejaría alguno). Me gustaría añadir que los últimos 200 kilómetros de mi viaje no conducía yo, sino que lo hacía otra persona. No sé si esto pudo influir o no. Cada uno tiene una forma de conducir distinta y conoce su coche. Sabe cuando cambiar de marchas, hasta donde puede estirarlas, que velocidad coger, cuando frenar, como reducir… creo que se establece una simbiosis entre el coche y el conductor, ambos se conocen y se acoplan perfectamente. Con esto no quiero decir que el hecho de que mi coche fuera conducido por otra persona durante un trayecto tan largo haya influido en la avería, digamos que es casualidad.
Como decía, salía humo del capó. Lo abrí y no tenía agua. Esperé un buen rato y cuando se enfrió un poco le puse refrigerante que siempre llevo en el maletero. Pero nada. Por algún sitio la perdía. Esta mañana lo he llevado al taller de un conocido. Ha empezado a quitar tornillos y piezas como si no hubiera mañana. A cada tornillo que quitaba yo estaba más asustado pensando si luego sabría encajarlos de nuevo, ¡qué mal rato! Por fin, ha dado con el problema: un manguito de no sé dónde se había partido y por ahí perdía agua. De paso, me ha recomendado cambiar la correa de distribución (“una vez que abrimos el motor la cambiamos”, me ha sugerido), en teoría le faltan 60.000 km, pero se veían algunas grietas y ya, puestos en faena, el filtro de aceite, el aceite, el filtro del aire, ver la culata de no sé qué, no sé cuántos manguitos y otras cosas que no recuerdo y que prefiero no recordar.
Resumiendo, si fuera una persona se podría decir que va a pasar por el quirófano. No es que tenga muchos años (este mes once) ni tenga muchos kilómetros (188.000), pero supongo que este momento tenía que llegar. En este caso, la recuperación no será de reposo… será de mi bolsillo.
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En tercera persona
martes, 27 de junio de 2017
De mesa de dibujo a ordenador
Parece que fue ayer. Aunque sea una frase hecha, simplemente hay que mirar atrás para darse cuenta lo rápido que pasa el tiempo.
La primera vez que vi una mesa de dibujo fue en el instituto. Me parecían unos trastos imponentes, muy sencillo de ajustar. Con un tornillo de palomilla en el lateral se apretaba y aflojaba y el pesado tablero se ponía a la medida. Algunas tenían un paralex, que sujeto mediante unos hilos a las esquinas de la mesa subía y bajaba para poder hacer líneas paralelas. Todo un descubrimiento.
Pasados los años, cuando me hizo falta, mis padres me compraron una mesa que ya no conservo. De 1’50 de ancho por 1’00 de largo. Era semiautomática, ya que con un pedal se podía subir y bajar el tablero con mayor comodidad. Le puse el paralex (que siempre acababa por torcerse) y un flexo. Creo que les costó 25.000 pesetas, hace entre 20 y 25 años. Ya no la conservo.
Cuando yo estudiaba esto era lo que había. Los complementos eran una escuadra, un cartabón, compás, escalímetro y distintas plantillas de letras y símbolos y, por supuesto, como no, los ‘rotring’. De 0’2, 0’4 y 0’8 eran los más usados y en menor medida los de 0’6… ¡cuántas puntas habré roto! ¡Cuántas veces me manchaba las manos rellenándolos! Y una vez acabados los planos, a un tubo de plástico que todavía guardo.
Hoy en día, todo lo anterior es innecesario. Lo único que necesito es lo que muestro en la fotografía de abajo: mi ordenador portátil. Aquí tengo todos los programas y aplicaciones necesarias que otro día explicaré. Se podría decir que la arquitectura ha pasado de convertirse en una profesión sedentaria a nómada; se puede trabajar en cualquier parte llevando el ordenador. Sí, sin duda alguna, el tiempo pasa muy rápido.
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Arquitectura
sábado, 24 de junio de 2017
Me someto a una ordalía
¿Qué es una ordalía? ¿Qué significa esta palabreja? Son actos que hoy han quedado como frases hechas, pero en la Edad Media eran reales. Era una institución jurídica eclesiástica que, atendiendo a mandatos divinos, juzgaba la inocencia o la culpabilidad de los que se sometían a ella. Por ejemplo, hoy en día se dice ‘poner la mano en el fuego’ (¿quién no lo ha dicho alguna vez?) cuando confiamos en algo plenamente. En la Edad Media no era así, eso era una ordalía. En aquellos tiempos, el acusado debía poner la mano en una hoguera o sujetar unos hierros candentes. Si Dios lo consideraba inocente no se quemaba, pero si lo consideraba culpable… y me da a mí que muchas veces lo consideraría culpable. Pero llamarlo ordalía es un eufemismo porque, como el lector habrá podido comprobar, no eran ni más ni menos que torturas. Pero no solamente está la que he citado, había una que consistía en que el acusado debía sacar una pesada bola de un recipiente con agua hirviendo. Se le vendaban los brazos y manos y al cabo de x días se le quitaba el vendaje, si había sanado era inocente y si quedaban heridas era culpable. Se llevaban a cabo muchos tipos de ordalías y no me extenderé en el tema, en internet hay mucha información al respecto.
Después de esta introducción tendrá más valor lo siguiente, ya que yo me sometería a una ordalía y pondría la mano en el fuego porque ninguno de los que habitualmente visitan esta humilde bitácora tienen una cuenta en el extranjero. Es por eso, que a cualquiera de nosotros eso de las amnistías fiscales, desde el punto de vista patrimonial, nos importa tanto como el pinchazo de la rueda de una bicicleta en Pekín.
Pero sí que nos afecta desde el punto de vista que nos tomen por imbéciles (un poco más) de lo que habitualmente suelen hacerlo. Me estoy refiriendo a la que decretó Montoro, que es la misma que el Tribunal Constitucional dice que es ilegal y que ahora el mismo ministro anuncia a los cuatro vientos que hay que prohibir por ley que en el futuro se puedan decretar más amnistías de este tipo, ¡con un par!
El ministro de Hacienda ha comparecido en el Congreso para dar explicaciones… a su manera. Ha venido a decir que él no quería, pero tuvo que hacerlo por el riesgo de rescate y quiebra y, por ello, había que hacer lo que fuera para recaudar dinero. El resultado fue que de unos 30.000 declarantes se recaudaron 1.200 millones de euros de unos 40.000 millones que se suponen irregulares. Es aquí cuando nos toman por imbéciles. Cualquier español paga en impuestos entre el 20 % y el 47 % de su salario. Mientras que el Gobierno de Rajoy subía los impuestos, a los defraudadores le perdonaba el fraude a cambio de abonar el 10 %. Un inciso: ¿qué pensarán de esto en Venezuela? Sigamos. No queda ahí la cosa, ya que en lugar del 10 % del dinero no declarado, Montoro lo dejó en el 10 % de los intereses producidos por el dinero no declarado; una gran diferencia.
Pero la broma continua. Si se añadía cualquier activo no declarado en aquel momento, se pagaba un 10 % en lugar del 25 %, que es la media del impuesto de sociedades. Al final de todo, de los 2.500 millones de euros no se recaudó ni la mitad (1.200).
Llegados a este punto se me ocurren las siguientes cuestiones: ¿merece la pena pagar impuestos? Sí, es imprescindible. ¿Merece la pena pagar impuestos con esta gente en el poder? Es lo que hay. ¿Cuál es la solución? A mí se me ocurre alguna, lo que pasa es que decirla públicamente no sería demasiado aconsejable. Estoy cabreado. Si plasmase todo lo que me pasa por la cabeza mientras escribo este artículo, más que amnistía necesitaría un indulto.
Bien. Creo que he salido indemne de la ordalía, al menos así lo atestigua el que pueda seguir escribiendo: ninguno de los que habitualmente leen este blog se han visto beneficiados por la amnistía fiscal. Pero voy a someterme, de nuevo, a esta prueba divina. Después del cabreo que tengo voy a dejar de escribir sobre política -pongo la mano en el fuego- como mínimo hasta pasado el verano. Y añado al cabreo la vergüenza, ¡a saber qué se dirá de nosotros en Venezuela!
Después de esta introducción tendrá más valor lo siguiente, ya que yo me sometería a una ordalía y pondría la mano en el fuego porque ninguno de los que habitualmente visitan esta humilde bitácora tienen una cuenta en el extranjero. Es por eso, que a cualquiera de nosotros eso de las amnistías fiscales, desde el punto de vista patrimonial, nos importa tanto como el pinchazo de la rueda de una bicicleta en Pekín.
Pero sí que nos afecta desde el punto de vista que nos tomen por imbéciles (un poco más) de lo que habitualmente suelen hacerlo. Me estoy refiriendo a la que decretó Montoro, que es la misma que el Tribunal Constitucional dice que es ilegal y que ahora el mismo ministro anuncia a los cuatro vientos que hay que prohibir por ley que en el futuro se puedan decretar más amnistías de este tipo, ¡con un par!
El ministro de Hacienda ha comparecido en el Congreso para dar explicaciones… a su manera. Ha venido a decir que él no quería, pero tuvo que hacerlo por el riesgo de rescate y quiebra y, por ello, había que hacer lo que fuera para recaudar dinero. El resultado fue que de unos 30.000 declarantes se recaudaron 1.200 millones de euros de unos 40.000 millones que se suponen irregulares. Es aquí cuando nos toman por imbéciles. Cualquier español paga en impuestos entre el 20 % y el 47 % de su salario. Mientras que el Gobierno de Rajoy subía los impuestos, a los defraudadores le perdonaba el fraude a cambio de abonar el 10 %. Un inciso: ¿qué pensarán de esto en Venezuela? Sigamos. No queda ahí la cosa, ya que en lugar del 10 % del dinero no declarado, Montoro lo dejó en el 10 % de los intereses producidos por el dinero no declarado; una gran diferencia.
Pero la broma continua. Si se añadía cualquier activo no declarado en aquel momento, se pagaba un 10 % en lugar del 25 %, que es la media del impuesto de sociedades. Al final de todo, de los 2.500 millones de euros no se recaudó ni la mitad (1.200).
Llegados a este punto se me ocurren las siguientes cuestiones: ¿merece la pena pagar impuestos? Sí, es imprescindible. ¿Merece la pena pagar impuestos con esta gente en el poder? Es lo que hay. ¿Cuál es la solución? A mí se me ocurre alguna, lo que pasa es que decirla públicamente no sería demasiado aconsejable. Estoy cabreado. Si plasmase todo lo que me pasa por la cabeza mientras escribo este artículo, más que amnistía necesitaría un indulto.
Bien. Creo que he salido indemne de la ordalía, al menos así lo atestigua el que pueda seguir escribiendo: ninguno de los que habitualmente leen este blog se han visto beneficiados por la amnistía fiscal. Pero voy a someterme, de nuevo, a esta prueba divina. Después del cabreo que tengo voy a dejar de escribir sobre política -pongo la mano en el fuego- como mínimo hasta pasado el verano. Y añado al cabreo la vergüenza, ¡a saber qué se dirá de nosotros en Venezuela!
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Opinión
martes, 20 de junio de 2017
Firmas
Con lo contento y orgulloso que estaba con mi firma y… ¡menudo coñazo! Esta mañana he estado en el colegio visando un proyecto. Se trata de la colocación de un ascensor en un edificio. Es habitual firmar en la parte inferior izquierda de cada hoja que tenga algo escrito o dibujado.
Como hace años que tengo la misma firma, no sé si a estas alturas podría cambiarla, ya que todos mis documentos tienen el mismo diseño. Pues nada, tendré que hacerme une cuño y, ale, como si fuera un oficinista: tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio,… y así cientos de veces. ¡Menudo coñazo!
PD. Es fácil adivinar cuál es mi firma original y cuál sería mi firma deseada.
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En tercera persona
sábado, 17 de junio de 2017
Hay cosas más importantes y ahora no toca
En España hemos pasado del “vuelva usted mañana”, de Larra, al “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”. Cualquiera de las dos últimas variantes podría servir. Hay cosas más importantes que preguntar a los españoles si queremos monarquía o república; hay cosas más importantes que juzgar los crímenes del franquismo, desenterrar a las víctimas del franquismo y eliminar los honores a los hispanicidas; hay cosas más importantes que solucionar el problema de Cataluña; hay cosas más importantes que revisar los privilegios eclesiásticos; hay cosas más importantes que hacer una reforma electoral; hay cosas más importantes que hacer una reforma fiscal y, ¡cómo no!, hay cosas más importantes que hacer una moción de censura al Gobierno más corrupto de toda Europa occidental y parte de la oriental.
Esas son las excusas que ponen esos que llevan toda la vida atornillados al sillón tratando de desviar cualquier cuestión que pudiera arrancarles de su privilegiada posición. Ellos saben lo que nos conviene y lo que no. Los españoles no somos capaces de tomar decisiones para nuestro futuro y ya están ellos para decirnos que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”.
Pero en esas llegó la moción de censura de Unidos Podemos y, por supuesto, había cosas más importantes que hacer. Aunque se respire la putrefacción de la corrupción. Aunque el Tribunal Constitucional haya declarado que la amnistía fiscal de Montoro fue ilegal. Aunque un exministro presione junto con otro alto cargo político la conveniencia para sus intereses del nombramiento de determinado fiscal. Aunque el partido del Gobierno esté imputado y declarado como organización criminal. A pesar de todo eso: hay cosas más importantes, ahora no toca.
Evidentemente que hay cosas más importantes, aunque en España seamos líderes europeos (además de en el fútbol) en temporalidad, desigualdad, desempleo, paro juvenil, pobreza infantil, recortes sanitarios, educación o en las cuotas mínimas de los autónomos a las que tienen que hacer frente todos los meses puedan o no puedan. Ellos pueden pasarse la legalidad por donde les dé la gana, pero tú no salgas a la calle con el pelo de colores porque eres un antisistema.
A la moción de esta semana le sobran los motivos (como a Sabina), para lo que no sobran es para votar en contra. Admito que el partido de Pablo Iglesias podría haber encontrado un momento mejor y un consenso previo para evitar lo que finalmente ocurrió, vale, lo acepto. Pero ahora viene la segunda parte… la mayoría le habría respondido que les fallan las formas, que el día les viene fatal, que hoy no estamos… lo que ya sabemos, que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”. El verdadero espíritu nacional que retrató Larra con el “vuelva usted mañana”. Hay situaciones, problemas y emergencias que no pueden esperar más.
Sinceramente, lo que más me irritó de la moción no fue como se desarrolló ni que Unidos Podemos la perdiera. Lo que más me repateó fue una frase del españolísimo Alberto Rivera cuando le dijo a Pablo Iglesias: “Usted quiere demoler el sistema y yo quiero reformarlo”. ¡Pues claro que hay que demoler el sistema! Cuando uno tiene gangrena en un brazo lo más sano es amputarlo, no poner tiritas. De la misma forma que cuando en una edificación hay riesgo de colapso lo mejor es demoler. Cuando el sistema está podrido hay que hacer una catarsis. Lo que está claro es que la situación no se reforma apoyando a esos que han traído la putrefacción a las instituciones.
¿Y el PSOE? Psssseee, estos pasaban por allí, como el que no quiere la cosa, oiga. Los sociatas tenían la excusa de Pedro Sánchez y desde que salió elegido hasta el día de la moción tiempo han tenido para sumarse, pedir una prórroga o presentar una propia como les ofreció Pablo Iglesias. Pero tampoco escapan al mal español: hay cosas más importantes y ahora eso no toca.
Es lo que pasa. Acababa Larra su famoso artículo con “¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”. Nunca es el momento de hacer las cosas que tenemos que hacer porque hay cosas más importantes y ahora eso, lo que sea, no toca. Y siempre estamos en el mismo sitio, sin avanzar.
Esas son las excusas que ponen esos que llevan toda la vida atornillados al sillón tratando de desviar cualquier cuestión que pudiera arrancarles de su privilegiada posición. Ellos saben lo que nos conviene y lo que no. Los españoles no somos capaces de tomar decisiones para nuestro futuro y ya están ellos para decirnos que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”.
Pero en esas llegó la moción de censura de Unidos Podemos y, por supuesto, había cosas más importantes que hacer. Aunque se respire la putrefacción de la corrupción. Aunque el Tribunal Constitucional haya declarado que la amnistía fiscal de Montoro fue ilegal. Aunque un exministro presione junto con otro alto cargo político la conveniencia para sus intereses del nombramiento de determinado fiscal. Aunque el partido del Gobierno esté imputado y declarado como organización criminal. A pesar de todo eso: hay cosas más importantes, ahora no toca.
Evidentemente que hay cosas más importantes, aunque en España seamos líderes europeos (además de en el fútbol) en temporalidad, desigualdad, desempleo, paro juvenil, pobreza infantil, recortes sanitarios, educación o en las cuotas mínimas de los autónomos a las que tienen que hacer frente todos los meses puedan o no puedan. Ellos pueden pasarse la legalidad por donde les dé la gana, pero tú no salgas a la calle con el pelo de colores porque eres un antisistema.
A la moción de esta semana le sobran los motivos (como a Sabina), para lo que no sobran es para votar en contra. Admito que el partido de Pablo Iglesias podría haber encontrado un momento mejor y un consenso previo para evitar lo que finalmente ocurrió, vale, lo acepto. Pero ahora viene la segunda parte… la mayoría le habría respondido que les fallan las formas, que el día les viene fatal, que hoy no estamos… lo que ya sabemos, que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”. El verdadero espíritu nacional que retrató Larra con el “vuelva usted mañana”. Hay situaciones, problemas y emergencias que no pueden esperar más.
Sinceramente, lo que más me irritó de la moción no fue como se desarrolló ni que Unidos Podemos la perdiera. Lo que más me repateó fue una frase del españolísimo Alberto Rivera cuando le dijo a Pablo Iglesias: “Usted quiere demoler el sistema y yo quiero reformarlo”. ¡Pues claro que hay que demoler el sistema! Cuando uno tiene gangrena en un brazo lo más sano es amputarlo, no poner tiritas. De la misma forma que cuando en una edificación hay riesgo de colapso lo mejor es demoler. Cuando el sistema está podrido hay que hacer una catarsis. Lo que está claro es que la situación no se reforma apoyando a esos que han traído la putrefacción a las instituciones.
¿Y el PSOE? Psssseee, estos pasaban por allí, como el que no quiere la cosa, oiga. Los sociatas tenían la excusa de Pedro Sánchez y desde que salió elegido hasta el día de la moción tiempo han tenido para sumarse, pedir una prórroga o presentar una propia como les ofreció Pablo Iglesias. Pero tampoco escapan al mal español: hay cosas más importantes y ahora eso no toca.
Es lo que pasa. Acababa Larra su famoso artículo con “¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”. Nunca es el momento de hacer las cosas que tenemos que hacer porque hay cosas más importantes y ahora eso, lo que sea, no toca. Y siempre estamos en el mismo sitio, sin avanzar.
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