martes, 3 de agosto de 2010

Desde mi púlpito


Siempre se ha preocupado el hombre por saber si había algo después de la muerte. Ese miedo le ha llevado a crear mitos que le proporcionen esperanzas. Los de mal corazón y peores sentimientos han encontrado consuelo en la religión. Muerte y miseria en nombre de un dios.

Yo, soy ateo, apóstata, no tengo que dar más explicaciones. Demasiado tengo con mi vida como para preocuparme de una supuesta futura. Si me tienen que dar algo en otra vida que me lo den en esta que es en la que estoy, como decía Sancho, “prefiero un toma que dos te daré”. Si hay algo después de la muerte ya me las ingeniaré allí igual que lo hago aquí. Pero estoy contento. Contento de saber que, en caso de existir, tendré un lugar donde me concederán un par de alitas y un aura sobre mi cabeza. El cielo lo tengo ganado, haga lo que haga. Y si por casualidad, alguno de vosotros no puede entrar no os preocupéis, os lanzaré una escalera para que podáis subir.

Este regocijo, esta confirmación me la ha dado un descubrimiento que he hecho hace unos días. Bueno, a decir verdad, hacía tiempo que lo conocía pero hace poco que he profundizado, a raíz de un vídeo que vi en Youtube de este personaje explicando historia. Se trata del blog de un cura, o de un cura y su blog, o de un blog que no tiene cura. No sabría muy bien como definirlo, o sí, pero sería demasiado fácil y perdería el encanto de toda esta verborrea.

El blog en cuestión se llama Desde mi campanario, y su autor es Ángel David Martín Rubio. Solamente con una ojeada a su blog se ve de que pie cojea. Un curioso personaje, ciertamente. Mezcla entre don Pío, el genial humorista valenciano, con discurso del cardenal Pla y Deniel. Provisto de su alzacuellos, su figura oronda, sus gafas de niño bueno y ese acento extremeño, se dedica a ir allí donde es requerido a dar lecciones de historia. Pero claro, no de la historia en general, sino centralizado en la II República, la quema de conventos e iglesias, asesinatos de curas, monjas y bla, bla, bla. Bueno, tampoco os creáis que acude a cualquier televisión. Casi siempre suelen ser programas de Intereconomía y Libertad Digital.

Tiene la facilidad de hacer mutar la opinión cada vez que se le escucha. Primero produce perplejidad, luego hace falta un tiempo para ordenar sus argumentos. La tercera vez ya piensas que es un pobre iluminado, de esos que se creen tocados por la gracia de Dios y que tienen que predicar la verdad. Imaginaos a Pío Moa con pelo, alzacuellos y sin bigote.

En fin, es tan fácil desmontar sus argumentos que da pena. Evidentemente cuando cuenta la historia, obvia las palabras de Manuel Irutia, obispo de Barcelona, quién el 16 de abril del 31, solo dos días de proclamarse la II República, la Iglesia ya dejó claro que no le convenía la democracia al pronunciar estas palabras:

"Sois ministros de un Rey (en alusión a Alfonso XIII) que no puede ser destronado, que no subió al trono por el voto de los hombres, sino por derecho propio, por título de herencia y de conquista".

Y es que la Iglesia, siempre ha estado jodiendo al pueblo. Era algo evidente que la II República no le convenía. La pretensión del equipo de gobierno de la República era la de reducir la extraordinaria fuerza económica y social de la Iglesia católica. En 1931 había en España casi 110.000 religiosos, 32.600 del clero secular y 77.000 del regular, pertenecientes a 42 órdenes masculinas y 178 femeninas; la proporción de religiosos por habitantes (uno cada 493) era la más alta del mundo después de la de Italia; la Iglesia declaraba poseer doce mil fincas rústicas y más de ocho mil edificios urbanos, a los que debían sumarse otras miles de propiedades no escrituradas; además, de acuerdo con el Concordato de 1851, el Presupuesto del Estado era el sostenedor de este verdadero ejército religioso, a lo que se añadían las aportaciones de los fieles y las rentas del patrimonio. Sin embargo, la importancia de la Iglesia iba mucho más allá de sus recursos económicos y humanos; su influencia radicaba en la autoridad moral sobre la población, en la bien organizada red de instituciones culturales y benéficas, de medios de comunicación y la participación mayoritaria en el sistema educativo. Los dirigentes republicanos, herederos de un laicismo comprometido, pretendieron desde un primer momento reducir la capacidad de influencia del poder fáctico eclesiástico. Esto era tanto más necesario con el apoyo que las jerarquías eclesiásticas realizaron desde un principio a la causa monárquica y el esfuerzo legitimador de toda actuación contraria a la República. Los más notorios de estos jerarcas fueron el cardenal primado de Toledo, Pedro Segura, y el obispo de Vitoria, Mateo Múgica, fundamentalistas religiosos y radicales monárquicos que acabaron siendo expulsados del país. Los incidentes más graves sucedieron en mayo, tras la pastoral del cardenal Segura el día 1 de Mayo del 31:

“Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo”.

Segura atacaba a todo defensor de la República por defender una visión accidentalista de las formas de gobierno, incompatible, a su juicio, con un buen católico.

El 13 de mayo de 1931, marchó a Roma, volviendo el 9 de junio, pero cuatro días más tarde es detenido y expulsado de España. Poco tiempo después se intervienen unos documentos al obispo de Vitoria, al ir a cruzar la frontera, por los que Segura ordenaba la venta de bienes eclesiásticos en España y el envío del producto de la venta fuera del país. Vamos, lo que hoy sería evasión de divisas.

Una serie de provocaciones que condujeron al intento de incendiar el diario ABC, con una represión del acto por la Guardia Civil que produjo dos muertos; esto produjo una oleada de asaltos e incendios de edificios religiosos que se extendió durante cuatro días por Madrid, Málaga, Sevilla, Córdoba, Cádiz, Alicante y Valencia; más de un centenar de edificios fueron pasto de las llamas. Después de estos incidentes no hubo más ataques contra las iglesias que pasaran de algún cristal roto. La quema de conventos supuso un duro golpe para la joven República, cuyo inexperto Gobierno fue acusado de debilidad, pero más importante, la alegre confraternización del mes anterior fue sustituida por una tensión que en los sectores católicos alcanzaba categoría de crispación.

Aunque fue postergado el debate sobre el tema religiosos para evitar enfrentamientos enconados, en la redacción constitucional se evidenció aún más claramente el profundo desacuerdo entre las distintas fuerzas políticas. Mientras conservadores y liberales reducían las reformas a la separación entre Iglesia y Estado y la firma de un nuevo Concordato, los radicales y socialistas exigían la expulsión de las órdenes religiosas y las restricciones al culto. La resolución alcanzada, propuesta por Azaña, fue la reducción de la presencia de órdenes (expulsión de los jesuitas y congelación del número de eclesiásticos) y la prohibición de ejercer la enseñanza; legalización del divorcio y secularización de cementerios. Aunque las medidas estaban justificadas por la absorción de funciones administrativas que conllevaba la separación de la Iglesia y el Estado, el modo en que se ejecutaron hirió gratuitamente a una buena parte de la sociedad e incluso encontraron opositores entre sinceros republicanos laicistas, que, sin embargo, eran enemigos del anticlericalismo que destilaban más las exposiciones, que las medidas, que finalmente, fueron adoptadas.

Existe un libro muy bueno, totalmente recomendable para el que esté interesado en el tema, que se titula La conservación del patrimonio español durante la II República (1.931 – 1.939), por el doctor arquitecto Julián Esteban Chapapría. En el se relatan todas las intervenciones arquitectónica (coste económico, proyectos, lugares…) en todo tipo de edificios, tanto civiles, religiosos o militares, durante el periodo republicano. Pensemos un poco, si durante la II República se hubieran querido eliminar todas las iglesias, ¿no hubieran tenido tiempo suficiente para hacerlo?

Escribiendo esta entrada me acordada de Felipe, del blog Reflexiones, cuando llama a las cosas por su nombre ¡Cuanta razón tienes, compañero! Son fascistas, y encima con sotana. De lo peor.

Así, pues, estos iluminados que pretender dar lecciones que no vengan contando mentiras sobre la quema de conventos, iglesias, violaciones de monjas, etc., etc., como si la II República fuera la causante de ello. Si la Iglesia tuviese que pagar todos los crímenes y muertes ocasionados en su nombre no debería existir una triste ermita en pie. Por lo tanto, estos que pretenden contar la historia, amparados bajo las alas del águila y en nombre de la Iglesia, mejor harían en preocuparse por sus almas. Algunos les adelantamos por la izquierda sin ser creyentes. Amén.

3 comentarios:

sarónico dijo...

¿Así que es fácil desmontar los argumentos de Pío Moa? Pues debes deser un genio, porque he seguido sus debates con adversarios muy variados, catedráticos, periodistas y demás, y siempre ganó Moa por goleada.

Benito dijo...

Pío Moa es una especie de "remix" de Ricardo de la Cierva y Joaquín Arrarás. En los ámbitos historiográficos más serios goza de nula consideración y se le considera poco menos que un apestado. Para empezar, no tiene la titulación académica. Y si para colmo lo que hace es repetir los tópicos de la historiografía franquista, pues apaga y vámonos.
Ha sabido montarse bien el negocio.

Luis Lópec dijo...

Echaré un vistazo al blog. Felicidades por el escrito, divertido y pedagógico. Saludos.