sábado, 22 de julio de 2017

Mi séptima ola


Siempre supe que volvería a Zaragoza, no sabía cuándo, pero sí que lo haría… y no como lo hacía habitualmente, no… lo haría para quedarme. Ahora, pasados algunos años desde que me fui obligado por la crisis, ha llegado el momento… y vuelvo.
Desde hace meses era una posibilidad que podía tomar forma y la semana pasada se materializó. Con un par de amigos, y después de tener ciertas garantías, hemos dado el paso de emprender algo que puede ser interesante, ya que parece que el sector de la construcción comienza a moverse y hay que estar presente.
Cuando la posibilidad tenía todos los visos de ser real recordé a Sancho Panza, cuando dejó el gobierno de la ínsula Barataria.

Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de Holanda”.

Con este pasaje no hace falta explicar nada, está todo dicho. Zaragoza, Aragón, ser feliz, vivir.
A veces que hay que arriesgar, tirar una moneda al aire y, si es preciso, soplar para que caiga del lado que queremos engañando al destino. Dicen que de los 20 a los 40 años aprendemos y a partir de los 40 es cuando podemos aplicar lo aprendido. Supongo que ha llegado el momento y lo que yo no haga por mí no lo hará nadie, lo que no haga ahora no lo haré en el futuro. Digamos que parto de cero y tengo un camino por delante… en positivo.
A partir de esta próxima semana comienza un nuevo camino, una nueva etapa. Estoy lleno de energía, ilusionado y con ganas, convencido de que esta es la gran ola que estaba esperando, aquella sobre la que escribí hace un par de años, esa que algunos llaman ‘la séptima ola’ y arrasa con todo. Nada vuelve a ser igual después de ella.

***

Llevo unos días dándole vueltas al nombre y al logo que usaremos y el resultado es éste. Habrá que ver lo que dicen mis compañeros. Quizá no les guste, quizá tengan otras opciones o, quizá, tomemos la decisión de que alguien nos lo diseñe. De momento es una simple idea…


martes, 18 de julio de 2017

Herramientas para dibujar


No sé hasta que punto ser lo último o lo primero en algo es bueno o malo. Hace unas entradas comentaba el cambio que ha supuesto en los despachos de arquitectura pasar de la mesa de dibujo al ordenador. Yo soy de esas promociones que están a caballo entre lo antiguo y lo moderno. Como decía en aquella entrada, yo conocí esa transición que llamamos nuevas tecnologías.
No sé lo que actualmente se enseñará en las escuelas de arquitectura, me imagino que si volviese el curso que viene estaría totalmente perdido en lo referente a las asignaturas. Por ejemplo, la asignatura de expresión gráfica consistía en dibujar a mano alzada fachadas de edificios singulares (iglesias, ayuntamiento, casas señoriales, etc.), algunos todavía los tengo guardados en una carpeta grande. Otra parte era dibujo técnico (diédrico y acotado). Por la experiencia que tengo, era algo muy difícil de aprender. Hacía los dibujos paso por paso, docenas de veces. Ahí estaba yo con el escalímetro, la escuadra, cartabón, compás y ¡ale! Línea de tierra, cambio de plano, dibujando los distintos tipos de líneas, planos, figuras, intersecciones… ¡y no había manera! Me cambiaban un dato y ya no sabía hacerlo. Era como aprender la misma multiplicación y si cambiaban los números ya no saber multiplicar. ¿Cómo lo aprendí? De la forma más extraña. Después de muchas horas dibujando, sin saber porqué hacía las cosas, un día me levanté y ya sabía hacerlo, lo que suele decir ‘ver la luz’; tanto es así, que luego yo daba clases de esa parte de la asignatura a otros compañeros.
Desconozco si todo esto se seguirá estudiando, supongo que sí, aunque no con la misma intensidad. El caso es que hoy en día todo se hace por ordenador y, la verdad, ya no hace falta ensuciarse las manos con la tinta de los ‘rotring’. El programa por excelencia, el que sustituyó a la mesa de dibujo, es el AutoCAD. Con sus diferentes versiones, es el que más se ha utilizado orientado a la producción de planos, empleando para ello los recursos tradicionales de grafismo en el dibujo, como color, grosor de líneas y texturas tramadas Con este programa se pueden realizar todo tipo de diseños técnicos en 2D y 3D a la escala deseada.

 

Pero desde hace cuatro o cinco años, ha aparecido Revit. Es parecido al anterior, pero, aunque suene contradictorio, totalmente diferente. Funciona por componentes dando la opción de poner ejes y muros arquitectónicos. Aquí no se dibuja, se construye. No se pone una línea, se pone un muro, viga, pared… A los muros les puedes puertas y ventanas, además de asignarles un material. También agregar elementos como muebles, columnas o cortinas. Es un programa sumamente complicado y dudo que haya gente en el mundo que lo sepa manejar todo, todas sus posibilidades, al 100 %.


Finalmente está Sketchup. Con este programa se conceptualizar volúmenes y formas arquitectónicas. Muy intuitivo y sencillo de utilizar. Suelo usarlo cuando tengo que hacer una presentación rápida en 3D para que alguien vea de forma sencilla, por ejemplo, una distribución.


Por eso hablaba al principio de las ventajas y desventajas de la transición entre lo antiguo y lo moderno. Imagino que el manejo de estos programas se aprenderá en las escuelas de arquitectura, mientras que en mis tiempos no existían (con timidez se hablaba de AutoCAD y en pocos estudios se usaba de forma profesional), yo he tenido que aprender a manejarlos de forma autodidacta y cuando llegaba a un punto que no podía seguir no tenía más remedio que hacer cursos particulares (con el correspondiente gasto). Con AutoCAD y Sketchup no tengo ningún problema, pero con Revit… pasará mucho tiempo hasta que me sienta seguro para usarlo sin problema y ni así sabré utilizar todo su potencial.
No obstante, a pesar de todos estos avances, a veces, echo de menos una pequeña mancha de tinta en un plano y maldecir al cielo por ello. No sé... tiene algo de romántico.

Volverán las oscuras golondrinas
de tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a tus cristales,
jugando, llamarán.

Pero aquellas manchas de tinta,
que veíamos salir del rotring
y caer como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!

sábado, 15 de julio de 2017

Entrevista a Camarón de la Isla


Cerremos los ojos y escuchemos la entrevista, ¿quién diría que quien habla es el mejor cantaor de flamenco de todos los tiempos? Ciertos personajes son más de lo que muestran al mundo y eso los convierte en únicos, en inmortales...


martes, 11 de julio de 2017

Solución para no volver



Si digo Monsieur Sans-délai, probablemente, la gran mayoría no sepa a quién me estoy refiriendo. Si digo Monsieur Sans-délai y Larra, quizá, siga sin sonar a nada. Pero si digo Monsieur Sans-délai, Larra y Vuelva usted mañana es posible que algunos hayan adivinado a quién me estoy refiriendo. La resolución de la ecuación es que Monsieur Sans-délai es un francés que ha venido a España para reclamar unas propiedades, presentar unas propuestas de negocio y visitar Madrid, dicho de otra forma, es el personaje principal del ‘Vuelva usted mañana’, de Mariano José de Larra. Cuando Sans-délai pretende resolver sus asuntos en quince días, Larra, conocedor del carácter de los españoles, le advierte que va a necesitar unos cuantos meses… y así fue.
Pues bien, me siento como Monsieur Sans-délai. Hace unos tres meses me encargaron un proyecto. Se trataba de un garaje para tres coches. La construcción era independiente de la vivienda, con sus instalaciones, puerta basculante eléctrica, etc., etc. Corría prisa, porque querían tenerlo construido para el verano, ya que la propiedad no quería tener sus flamantes vehículos al raso mientras pasaba las vacaciones.
En menos de diez días lo tenía hecho: memoria, presupuesto, planos, cálculos, etc. Alguna noche hasta bien tarde y algún madrugón inesperado. Bien, lo tengo acabado, visado y entregado, ¿qué faltaba? Lo más importante: cobrar. Como el encargo era de un conocido hice un precio generoso por todo el trabajo y decidí cobrar 3.000 euros.
En principio no había problema. “A la semana que viene”, me dijeron. Pero ‘a la semana que viene’ no dieron señales de vida, así que llamé ese viernes a última hora y no me lo cogieron.
Llamé a la siguiente y cuando me lo cogieron, después de pedir disculpas, que me sonaron a excusas, me dijeron que en unos días se pondrían en contacto conmigo y me lo liquidarían. Yo estaba entre la resignación y el cabreo. Me llamaron a los diez días y me pidieron una obra anexa al garaje y al tenerlo lo liquidarían todo. Era algo sencillo, me llevó un par de tardes, y lo entregué. Después siguieron las excusas: que no sé quién se había muerto, que estaban de viaje, que… Lo que me hizo gracia es cuando me dijeron que “de momento hemos aparcado las obras” y yo, que no puede reprimirme en la contestación, respondí “sí, si metéis coches pequeños, tenéis más espacio”. Se rieron con un simple “je, je” y me confirmaron que antes de comenzar las obras me pagarían… y así estamos.
Las obras no han comenzado. Se de buena tinta que quieren hacerlas… pero a saber. Ahora soy yo ‘el que fuma en pipa’, pero ya llegará el momento del certificado final de obra…
Aunque no hay mal que por bien no venga. Desde entonces tengo a los bares como un ejemplo a seguir. Cada vez que entro en alguno y veo el típico azulejo que pone, ‘Hoy no se fía, mañana sí’ me siento como un vulgar aprendiz en las relaciones laborales. Pero, sin duda alguna, mis ídolos son esos que tienen un garrote que dice: ‘paga o me descuelgo’ o ‘paga lo que debes’, ¡qué grandes hombres de negocios! A partir de ahora, cada vez que presente un presupuesto, en la última hoja irá impreso un garrote con alguna de esas leyendas. A ver si así no tengo que volver más veces. Bromicas las justas.

sábado, 8 de julio de 2017

Pasando por el taller



Hay dos cosas que me horrorizan: que se estropee el coche y que no funcione el ordenador. Probablemente más lo primero que lo segundo, ya que el ordenador, en ocasiones, puede ser suficiente con formatearlo y… más se perdió en Cuba. Pero el coche no. Eso ya es algo más complejo que no depende de uno mismo.
Pues bien, eso es lo que ha pasado. Se me ha estropeado el coche. Esta semana hice un viaje largo y al llegar al destino salía humo por el capó del motor. En esos momentos (y que me perdonen los creyentes) me acordé de todos los santos que hay en el cielo (a lo mejor me dejaría alguno). Me gustaría añadir que los últimos 200 kilómetros de mi viaje no conducía yo, sino que lo hacía otra persona. No sé si esto pudo influir o no. Cada uno tiene una forma de conducir distinta y conoce su coche. Sabe cuando cambiar de marchas, hasta donde puede estirarlas, que velocidad coger, cuando frenar, como reducir… creo que se establece una simbiosis entre el coche y el conductor, ambos se conocen y se acoplan perfectamente. Con esto no quiero decir que el hecho de que mi coche fuera conducido por otra persona durante un trayecto tan largo haya influido en la avería, digamos que es casualidad.
Como decía, salía humo del capó. Lo abrí y no tenía agua. Esperé un buen rato y cuando se enfrió un poco le puse refrigerante que siempre llevo en el maletero. Pero nada. Por algún sitio la perdía. Esta mañana lo he llevado al taller de un conocido. Ha empezado a quitar tornillos y piezas como si no hubiera mañana. A cada tornillo que quitaba yo estaba más asustado pensando si luego sabría encajarlos de nuevo, ¡qué mal rato! Por fin, ha dado con el problema: un manguito de no sé dónde se había partido y por ahí perdía agua. De paso, me ha recomendado cambiar la correa de distribución (“una vez que abrimos el motor la cambiamos”, me ha sugerido), en teoría le faltan 60.000 km, pero se veían algunas grietas y ya, puestos en faena, el filtro de aceite, el aceite, el filtro del aire, ver la culata de no sé qué, no sé cuántos manguitos y otras cosas que no recuerdo y que prefiero no recordar.
Resumiendo, si fuera una persona se podría decir que va a pasar por el quirófano. No es que tenga muchos años (este mes once) ni tenga muchos kilómetros (188.000), pero supongo que este momento tenía que llegar. En este caso, la recuperación no será de reposo… será de mi bolsillo.