martes, 27 de junio de 2017

De mesa de dibujo a ordenador


Parece que fue ayer. Aunque sea una frase hecha, simplemente hay que mirar atrás para darse cuenta lo rápido que pasa el tiempo.
La primera vez que vi una mesa de dibujo fue en el instituto. Me parecían unos trastos imponentes, muy sencillo de ajustar. Con un tornillo de palomilla en el lateral se apretaba y aflojaba y el pesado tablero se ponía a la medida. Algunas tenían un paralex, que sujeto mediante unos hilos a las esquinas de la mesa subía y bajaba para poder hacer líneas paralelas. Todo un descubrimiento.


Pasados los años, cuando me hizo falta, mis padres me compraron una mesa que ya no conservo. De 1’50 de ancho por 1’00 de largo. Era semiautomática, ya que con un pedal se podía subir y bajar el tablero con mayor comodidad. Le puse el paralex (que siempre acababa por torcerse) y un flexo. Creo que les costó 25.000 pesetas, hace entre 20 y 25 años. Ya no la conservo.
Cuando yo estudiaba esto era lo que había. Los complementos eran una escuadra, un cartabón, compás, escalímetro y distintas plantillas de letras y símbolos y, por supuesto, como no, los ‘rotring’. De 0’2, 0’4 y 0’8 eran los más usados y en menor medida los de 0’6… ¡cuántas puntas habré roto! ¡Cuántas veces me manchaba las manos rellenándolos! Y una vez acabados los planos, a un tubo de plástico que todavía guardo.


Hoy en día, todo lo anterior es innecesario. Lo único que necesito es lo que muestro en la fotografía de abajo: mi ordenador portátil. Aquí tengo todos los programas y aplicaciones necesarias que otro día explicaré. Se podría decir que la arquitectura ha pasado de convertirse en una profesión sedentaria a nómada; se puede trabajar en cualquier parte llevando el ordenador. Sí, sin duda alguna, el tiempo pasa muy rápido.


sábado, 24 de junio de 2017

Me someto a una ordalía



¿Qué es una ordalía? ¿Qué significa esta palabreja? Son actos que hoy han quedado como frases hechas, pero en la Edad Media eran reales. Era una institución jurídica eclesiástica que, atendiendo a mandatos divinos, juzgaba la inocencia o la culpabilidad de los que se sometían a ella. Por ejemplo, hoy en día se dice ‘poner la mano en el fuego’ (¿quién no lo ha dicho alguna vez?) cuando confiamos en algo plenamente. En la Edad Media no era así, eso era una ordalía. En aquellos tiempos, el acusado debía poner la mano en una hoguera o sujetar unos hierros candentes. Si Dios lo consideraba inocente no se quemaba, pero si lo consideraba culpable… y me da a mí que muchas veces lo consideraría culpable. Pero llamarlo ordalía es un eufemismo porque, como el lector habrá podido comprobar, no eran ni más ni menos que torturas. Pero no solamente está la que he citado, había una que consistía en  que el acusado debía sacar una pesada bola de un recipiente con agua hirviendo. Se le vendaban los brazos y manos y al cabo de x días se le quitaba el vendaje, si había sanado era inocente y si quedaban heridas era culpable. Se llevaban a cabo muchos tipos de ordalías y no me extenderé en el tema, en internet hay mucha información al respecto.
Después de esta introducción tendrá más valor lo siguiente, ya que yo me sometería a una ordalía y pondría la mano en el fuego porque ninguno de los que habitualmente visitan esta humilde bitácora tienen una cuenta en el extranjero. Es por eso, que a cualquiera de nosotros eso de las amnistías fiscales, desde el punto de vista patrimonial, nos importa tanto como el pinchazo de la rueda de una bicicleta en Pekín.
Pero sí que nos afecta desde el punto de vista que nos tomen por imbéciles (un poco más) de lo que habitualmente suelen hacerlo. Me estoy refiriendo a la que decretó Montoro, que es la misma que el Tribunal Constitucional dice que es ilegal y que ahora el mismo ministro anuncia a los cuatro vientos que hay que prohibir por ley que en el futuro se puedan decretar más amnistías de este tipo, ¡con un par!
El ministro de Hacienda ha comparecido en el Congreso para dar explicaciones… a su manera. Ha venido a decir que él no quería, pero tuvo que hacerlo por el riesgo de rescate y quiebra y, por ello, había que hacer lo que fuera para recaudar dinero. El resultado fue que de unos 30.000 declarantes se recaudaron 1.200 millones de euros de unos 40.000 millones que se suponen irregulares. Es aquí cuando nos toman por imbéciles. Cualquier español paga en impuestos entre el 20 % y el 47 % de su salario. Mientras que el Gobierno de Rajoy subía los impuestos, a los defraudadores le perdonaba el fraude a cambio de abonar el 10 %. Un inciso: ¿qué pensarán de esto en Venezuela? Sigamos. No queda ahí la cosa, ya que en lugar del 10 % del dinero no declarado, Montoro lo dejó en el 10 % de los intereses producidos por el dinero no declarado; una gran diferencia.
Pero la broma continua. Si se añadía cualquier activo no declarado en aquel momento, se pagaba un 10 % en lugar del 25 %, que es la media del impuesto de sociedades. Al final de todo, de los 2.500 millones de euros no se recaudó ni la mitad (1.200).
Llegados a este punto se me ocurren las siguientes cuestiones: ¿merece la pena pagar impuestos? Sí, es imprescindible. ¿Merece la pena pagar impuestos con esta gente en el poder? Es lo que hay. ¿Cuál es la solución? A mí se me ocurre alguna, lo que pasa es que decirla públicamente no sería demasiado aconsejable. Estoy cabreado. Si plasmase todo lo que me pasa por la cabeza mientras escribo este artículo, más que amnistía necesitaría un indulto.
Bien. Creo que he salido indemne de la ordalía, al menos así lo atestigua el que pueda seguir escribiendo: ninguno de los que habitualmente leen este blog se han visto beneficiados por la amnistía fiscal. Pero voy a someterme, de nuevo, a esta prueba divina. Después del cabreo que tengo voy a dejar de escribir sobre política -pongo la mano en el fuego- como mínimo hasta pasado el verano. Y añado al cabreo la vergüenza, ¡a saber qué se dirá de nosotros en Venezuela!

martes, 20 de junio de 2017

Firmas


Con lo contento y orgulloso que estaba con mi firma y… ¡menudo coñazo! Esta mañana he estado en el colegio visando un proyecto. Se trata de la colocación de un ascensor en un edificio. Es habitual firmar en la parte inferior izquierda de cada hoja que tenga algo escrito o dibujado.
He presentado un proyecto de 300 folios por una cara (memoria, pliego de condiciones, plan de control de calidad, estudio de seguridad y salud, gestión de residuos, presupuesto y planos) lo que supone firmar ¡300 veces! como mínimo.


Como hace años que tengo la misma firma, no sé si a estas alturas podría cambiarla, ya que todos mis documentos tienen el mismo diseño. Pues nada, tendré que hacerme une cuño y, ale, como si fuera un oficinista: tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio, tinta - folio,… y así cientos de veces. ¡Menudo coñazo!


PD. Es fácil adivinar cuál es mi firma original y cuál sería mi firma deseada.

sábado, 17 de junio de 2017

Hay cosas más importantes y ahora no toca



En España hemos pasado del “vuelva usted mañana”, de Larra, al “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”. Cualquiera de las dos últimas variantes podría servir. Hay cosas más importantes que preguntar a los españoles si queremos monarquía o república; hay cosas más importantes que juzgar los crímenes del franquismo, desenterrar a las víctimas del franquismo y eliminar los honores a los hispanicidas; hay cosas más importantes que solucionar el problema de Cataluña; hay cosas más importantes que revisar los privilegios eclesiásticos; hay cosas más importantes que hacer una reforma electoral; hay cosas más importantes que hacer una reforma fiscal y, ¡cómo no!, hay cosas más importantes que hacer una moción de censura al Gobierno más corrupto de toda Europa occidental y parte de la oriental.
Esas son las excusas que ponen esos que llevan toda la vida atornillados al sillón tratando de desviar cualquier cuestión que pudiera arrancarles de su privilegiada posición. Ellos saben lo que nos conviene y lo que no. Los españoles no somos capaces de tomar decisiones para nuestro futuro y ya están ellos para decirnos que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”.
Pero en esas llegó la moción de censura de Unidos Podemos y, por supuesto, había cosas más importantes que hacer. Aunque se respire la putrefacción de la corrupción. Aunque el Tribunal Constitucional haya declarado que la amnistía fiscal de Montoro fue ilegal. Aunque un exministro presione junto con otro alto cargo político la conveniencia para sus intereses del nombramiento de determinado fiscal. Aunque el partido del Gobierno esté imputado y declarado como organización criminal. A pesar de todo eso: hay cosas más importantes, ahora no toca.
Evidentemente que hay cosas más importantes, aunque en España seamos líderes europeos (además de en el fútbol) en temporalidad, desigualdad, desempleo, paro juvenil, pobreza infantil, recortes sanitarios, educación o en las cuotas mínimas de los autónomos a las que tienen que hacer frente todos los meses puedan o no puedan. Ellos pueden pasarse la legalidad por donde les dé la gana, pero tú no salgas a la calle con el pelo de colores porque eres un antisistema.
A la moción de esta semana le sobran los motivos (como a Sabina), para lo que no sobran es para votar en contra. Admito que el partido de Pablo Iglesias podría haber encontrado un momento mejor y un consenso previo para evitar lo que finalmente ocurrió, vale, lo acepto. Pero ahora viene la segunda parte… la mayoría le habría respondido que les fallan las formas, que el día les viene fatal, que hoy no estamos… lo que ya sabemos, que “hay cosas más importantes” o “ahora eso no toca”. El verdadero espíritu nacional que retrató Larra con el “vuelva usted mañana”. Hay situaciones, problemas y emergencias que no pueden esperar más.
Sinceramente, lo que más me irritó de la moción no fue como se desarrolló ni que Unidos Podemos la perdiera. Lo que más me repateó fue una frase del españolísimo Alberto Rivera cuando le dijo a Pablo Iglesias: “Usted quiere demoler el sistema y yo quiero reformarlo”. ¡Pues claro que hay que demoler el sistema! Cuando uno tiene gangrena en un brazo lo más sano es amputarlo, no poner tiritas. De la misma forma que cuando en una edificación hay riesgo de colapso lo mejor es demoler. Cuando el sistema está podrido hay que hacer una catarsis. Lo que está claro es que la situación no se reforma apoyando a esos que han traído la putrefacción a las instituciones.
¿Y el PSOE? Psssseee, estos pasaban por allí, como el que no quiere la cosa, oiga. Los sociatas tenían la excusa de Pedro Sánchez y desde que salió elegido hasta el día de la moción tiempo han tenido para sumarse, pedir una prórroga o presentar una propia como les ofreció Pablo Iglesias. Pero tampoco escapan al mal español: hay cosas más importantes y ahora eso no toca.
Es lo que pasa. Acababa Larra su famoso artículo con “¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!”. Nunca es el momento de hacer las cosas que tenemos que hacer porque hay cosas más importantes y ahora eso, lo que sea, no toca. Y siempre estamos en el mismo sitio, sin avanzar.

martes, 13 de junio de 2017

Grandeza y desgracia



La moción de censura de Unidos Podemos contra el Gobierno de Mariano Rajoy, me trae a la memoria la frase de D. Manuel Azaña en su discurso ‘Paz, Piedad y Perdón’: “¡Dichoso el que muere antes de haber enseñado el límite de su grandeza! Muchos no han muerto, por desgracia para ellos”.

sábado, 10 de junio de 2017

Llegó el 40 de mayo



Aunque todavía falten un par de semanas para la llegada del verano, para mí, de manera oficial, comienza hoy mismo. Si hay un refrán que sigo a rajatabla es ese que dice ‘hasta el 40 de mayo no te quites el sayo’. Pues bien, hasta ayer mismo he estado vistiendo con camisa de manga larga (cierto es que la remangaba hasta el codo o le daba sólo una vuelta por la manga). Igualmente me pasaba en la cama. Con una sábana y una colcha que, la verdad, no molestaba cuando me la echaba por encima.
Así que todo eso se acabó hasta que vuelvan los primeros fríos. Hoy saldré a la calle con manga corta. Pero confieso que aunque sé que hace calor siempre pienso lo mismo: ¿tendré frío? Yo creo que no pero…
En fin, hoy comienza. Tengo delante de mí un emocionante, intenso y apasionante verano hasta que vuelvan las oscuras golondrinas.
Feliz verano.

martes, 6 de junio de 2017

Exámenes... ¡ni en sueños!



Digo yo si serán las fechas estas en las que nos encontramos, pero la otra noche soñé que todavía estaba estudiando, en plenos exámenes y me faltaban tres o cuatro asignaturas para acabar la carrera.
Un sueño bastante angustioso por dos motivos. El primero porque creo que recordar que entre las asignaturas que me quedaban estaban hormigón, proyectos y ampliación de matemáticas… tres verdaderos huesos. El segundo porque yo había firmado proyectos sin tener la potestad para poder hacerlo y, por ello, no tardarían en venir a buscarme acusándome de no sé qué delito.
Y nada, allí estaba yo, con mis otros compañeros, todos revueltos, preparando los exámenes. Como es normal, desde meses antes ya llevábamos metiéndonos caña, pero, lógicamente, no al mismo ritmo ni intensidad que cuando faltaban tres o cuatro semanas para nuestro particular ‘juicio final’.
¡Qué duro que era aquello! Yo nunca dormía la noche anterior a un examen. Al principio sí que me acostaba y pretendía dormir, por eso que dicen que hay que ir despejado a un examen, pero cerraba los ojos y veía números, letras, fórmulas, definiciones y siempre me tenía que levantar para buscar eso en lo que estaba pensando. Así que desde casi el principio decidí que la noche anterior a un examen era una tontería tratar de dormir. Cuando el examen era por la mañana, el día anterior había intentado hacer una buena siesta, aunque no siempre lo conseguía, y al despertarme me ponía a estudiar 3 ó 4 horas hasta la hora de cenar. Al acabar era lo peor. Sobre las 22:00 horas entraba el bajón al pensar lo que tenía por delante y, además, en televisión siempre por esas fechas proyectaban las mejores películas, parecía que lo hacían a propósito para joder. Pero no había más remedio. Iba a la habitación y me sentaba delante de una mesa que era un tablero de aglomerado con dos patas plegables. Toda lleno de folios. En el suelo dejaba montoncitos agrupados por temas de la parte de ejercicios y en la cama lo mismo, pero con la parte teórica. Eso parecía un campo minado, pero con folios. Y comenzaba la noche…
El reloj pasaba muy lento hasta llegar a las 4 de la madrugada, después parecía que se estabilizaba y a partir de las 5:30 ya empezaba a correr. El cenicero cada vez estaba más lleno y siempre quedaba en algún folio la marca del vaso caliente lleno de café.
A eso de las 7:45 una ducha y a esperar. Revisaba la bolsa veinte veces para no dejarme bolígrafos, lápices, etc. El DNI era muy importante, ya que lo solían pedir junto con la famosa ‘papeleta’ que daban días antes en secretaría y era una especie de justificante que había que presentar en el examen e indicaba que estabas matriculado (no fuera a ser que alguien se presentase por ti. Aunque este tipo de cosas darían para varios posts…).
Por la mañana eran los exámenes más largos. Comenzaban a las 9:00 y acababan a las 14:00 horas… eso era inhumano, ¡cinco cosas escribiendo, haciendo números o dibujando! Por la tarde solían ser los de las asignaturas cuatrimestrales. Estos eran más asequibles. Comenzaban a las 15:00 horas y acababan a las 18:00 horas… tampoco está mal tres horas, ¿eh?
Lo dicho… un suplicio cada vez que llegaban las fechas de exámenes, tanto en enero / febrero como en junio / julio. ¿Volver a pasar por aquello? ¡Ni en sueños!

sábado, 3 de junio de 2017

De frailes y zapateros


No recuerdo si Sancho Panza, gran recitador de refranes, dijo en algún momento ese de ‘el hábito no hace al monje’. Pero, si no lo hizo, seguro que no hubiera encontrado un mejor motivo para hacerlo como el que me ha ocurrido recientemente. O, tal vez, ese de ‘zapatero a tus zapatos’. Sea como sea, cualquiera de los dos podría servir.
Estaba en Zaragoza, por motivos de trabajo, revisando una obra. En concreto se trata de un bajo en el que se ha hecho una reforma para transformarlo en oficinas, en total 12, de entre 15 y 25 m2 cada una de ellas. Estaba allí con el albañil (amigo desde hace años) y éste estaba entrando unos sacos de yeso a una de las oficinas para comenzar a enyesar las paredes. Por echarle una mano, me puse con él a cargar sacos y a meterlos para adentro, con la mala suerte que uno de los sacos tenía un pequeño agujero por el que caía el yeso y me ensucié de blanco los pantalones vaqueros y las zapatillas negras que llevaba; afortunadamente ya no tenía que ir a ningún sitio después, ya que no iba muy presentable.
Cuando habíamos metido todos los sacos, el albañil me dice: “Voy al baño que me ha entrado un apretón” (tal cual) y yo me quedé por allí revisando materiales y lo que había hecho en otras dependencias. A los cinco minutos de estar solo entraron dos hombres por la puerta, saludando uno de ellos con un simple “buenas tardes”, a lo que yo respondí lo mismo. El que saludó se presentó diciendo que era de una inmobiliaria e iba de parte de la propiedad. Ambos se pusieron a ver el estado de las obras.
Volví a la habitación en la que estaban los sacos de yeso y quería abrir uno de ellos. Yo, allí agachado, con una paleta en la mano de enlucir intentando abrir el saco y escucho a mi espalda una voz que me dice lo siguiente:
¡Illo! Vente un momento y exale una pazaita de yezo a una paré”.
Así, literal, con esas palabras. No sé si habréis visto una escena de Matrix en la que Trinity se queda flotando en el aire y todo a su alrededor se paraliza. Así es como me sentí yo: con la paleta en una mano, sujetando el saco con la otra, sin moverme, sin reaccionar. Para que os hagáis una idea…


No es necesario que escriba lo que pensé cuando mis funciones vitales volvieron a ponerse en funcionamiento, con el siguiente dibujo se entenderá perfectamente.


Me levanté, me di la vuelta y contesté: “No, yo no soy el albañil”.
Tú quién ere”, me preguntó el de la ‘pazaita de yezo’, que era uno de los dos que habían entrado, el que hasta entonces había estado callado.
Yo soy arquitecto”, respondí.
No decicamo a lo mimo, zomo cazi colega”, contestó.
¿También es arquitecto?”, pregunté.
Como zi lo fuera, llevo en la conztrucción toa la vida y ezto tiene poco zecreto pa mi. En cazi to lo trabaho lo arquitecto me preguntan que zolucione ze podrian tomá zi zurje argo” (o algo muy parecido me soltó).
Yo (como antes, creo que no hace falta explicar nada) …

Afortunadamente llegó el albañil, con cara de alivio y ajustándose la correa… “Este es el albañil, hable con él para que vea lo que me ha comentado”, me despedí y me fui. ¡Manda uebos! Que en el centro de Zaragoza…


martes, 30 de mayo de 2017

Saladino



Al leer la biografía de un personaje desconocido pueden suceder dos cosas: que al final de la novela interese y se quiera aprender más o que deje indiferente. En este caso en concreto, optaría por la segunda opción.
Supe de Saladino hace años, de la forma más curiosa. Cuando yo estudiaba no había internet (parece mentira hoy en día) y matábamos el tiempo jugando a juegos con el ordenador. Uno de esos juegos era Age of empires, consistía en elegir una civilización de la Edad Media y luchar contra otras civilizaciones hasta derrotarlas. Pues bien, una de esas civilizaciones eran los sarracenos, cuyo caudillo era un tal Saladino. Ese fue mi primer contacto con este personaje. Es decir, yo sabía que había existido alguien que se llamaba Saladino y que había sido un guerrero musulmán en tiempos de las cruzadas, el gran estandarte del islam en aquellos tiempos. Nada más.
Hace años compré una colección de novelas históricas de la Edad Media y entre unos de esos libros estaba la biografía de Saladino, escrita por la francesa Geneviève Chauvel. Quizá por la estancia en países árabes de Chauvel, la biografía parce que se humanice más, al estar escrita desde el punto de vista árabe, algo a lo que no estamos acostumbrados. Sería como si un árabe escribiese una biografía del Cid.
En general, he leído el libro sin pena ni gloria. A veces me entusiasmaba y quería seguir leyendo y otras me aburría y leía más deprisa. Creo que se pierde demasiado en detalles que para nada influyen en la novela como, por ejemplo, colocar la montura a un camello (escena a la que dedica casi dos páginas).
Lo malo que tienen las biografías de personajes tan antiguos es que es muy difícil separar la línea de la realidad, la fantasía o la complacencia del autor. En este caso, tampoco se libra de ello y hay una clara separación entre cristianos malos y musulmanes buenos, no haciendo un relato del todo imparcial. No obstante, y dejando de lado prejuicios, creo que es una buena lectura para conocer a un personaje fundamental en el mundo del siglo XII y cuya influencia se mantiene hasta nuestros días. Fue precisamente Saladino el que arrebató Jerusalén a los cristianos y, desde entonces, nunca más volvió a manos cristianas.

Argumento: 4
Ambientación: 6
Personajes: 6
Capacidad para seducir al lector: 3

sábado, 27 de mayo de 2017

Muerte de Cyrano



¿Puede haber una mejor forma de morir?
Poesía…
Cultura…
Arrogancia…
Serenidad…
Grandeza…
Convicción…
Amor…
Orgullo…
Imagino cómo me gustaría que fuera mi final y… sólo se puede morir una vez y no creo en la vida más allá de la muerte. Tendré que esperar.

martes, 23 de mayo de 2017

Dignidad y orgullo, línea imperceptible



¿Cuál es el límite entre el orgullo y la dignidad?
Recuerdo el cuento del pastorcillo de ‘¡que viene el lobo, que viene el lobo!’ y cuando en la aldea lo escuchaban e iban a ayudarle, él estaba riéndose de todos… así una y otra vez, una y otra vez hasta que, al final, apareció de verdad el lobo, pidió ayuda, pero nadie acudió. ¿No le socorrieron por dignidad o por orgullo? Este ejemplo no lo tomemos de manera literal, hagamos un paralelismo a cualquier circunstancia personal. La línea entre el orgullo y la dignidad es muy difusa.
El anterior párrafo podría englobar miles de casos. ¿A veces no hacemos las cosas por orgullo o por dignidad? Cuando hemos dado todo lo que podíamos y hemos sufrido una decepción, cuando decidimos que no merece la pena continuar y decidimos poner un límite… ¿hasta qué punto sería orgullo o dignidad no dar una última oportunidad? ¿Debemos pensar que, aunque lo intentemos una vez más, nada cambiará o podrá pesarnos pensando en qué hubiera podido pasar si lo hubiésemos vuelto a intentar? Quis novit

sábado, 20 de mayo de 2017

Don Quijote de la Mancha (película)



Me parecía triste que no hubiese una versión cinematográfica del Quijote. Es cierto que hay series, pero creo que ninguna de ellas tiene una fidelidad a lo que es la historia.
Teniendo en cuenta el año (1947), la duración (más de dos horas) y que sigue fielmente los diálogos y los capítulos, se podría decir que estamos ante una obra maestra.
Reconozco que incluir toda la novela hubiera supuesto algo apoteósico y, quizá, la época y los medios no lo pudieron hacer posible. No obstante, repito, sale un producto bastante digno.
Cuando una película está inspirada en una novela, la primera difícilmente puede superar a la segunda y este caso no es una excepción. Estamos ante una película que puede saciar el hambre de lectura de un amante del Quijote y, al mismo tiempo, despertar la curiosidad a aquellos que todavía no lo hayan leído.
Sea el caso que sea, merece la pena verla.
Para ver la película, pinchar en este enlace.

martes, 16 de mayo de 2017

No hay que volver



Dice Sabina: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”… pero uno siempre vuelve al lugar donde amó la vida, la brújula siempre marca el mismo destino.
Es posible que Sabina tenga razón. Quizá, al volver a esos lugares que han marcado tu vida ya no podrás volver a verlos igual, los recorrerás con la mirada descubierta, sin una venda de enamoramiento y plenitud absoluta. Los edificios son estructuras que acogen a autóctonos y a forasteros… pero ya no parecen ese decorado puesto a propósito para protagonizar aquella misma historia que viviste. Sus olores ya no serán compañeros. No serán cómplices en ese paso del periodo más hermoso de la vida por el que hay que pasar, pero también salir, pues parece que todo es mucho más hermoso cuando tiene un final. Es por eso que un amor imposible nunca muere, porque no puede desarrollarse, transformarse ni modificarse… Robert Kincaid y Francesca Johnson lo sabían.
Hay historias que tienen un recorrido justo en la vida, justo y necesario. Empeñándose en que dure, dejan de abrigar en las frías noches de lamentos; es preferible guardar quimeras como un tesoro, pues ese sentimiento, que nunca fue completo en su momento, será auténtico el resto de la existencia por ser inacabado.
Siempre se vuelve donde se amó la vida, incluso en la imaginación. Se vuelve ante cualquier recuerdo inesperado, cuando se quiere volver a ilusionarse con algo, un trabajo interior para demostrarse a sí mismo que podría ser capaz de hacerlo.
Se vuelve a los viejos sitios donde se amó la vida, a veces, sólo para lamentarse por haber dejado pasar su oportunidad y no haber sido valiente por miedos e inseguridades y, sin embargo, haberlo sido cuándo lo que ganaba no era la felicidad, sino la comodidad. Se vuelve con tristeza y arrepentimiento, pero, pese a todo, con más pasión, pues la llama sigue encendida. Ese tipo de certezas solo pasan una vez en la vida. Uno siempre vuelve a ese lugar como tributo de fidelidad para gritar que ningún otro lugar consiguió hacerle sentir lo mismo. Que ha habido personas, sensaciones y sucesos muy parecidos, pero la forma en que alcanzaron su corazón nunca fue igual.
Siempre se vuelve donde se amó la vida para ser valiente y curar heridas, aun a riesgo de saber que pueden volver a sangrar. Pero se vuelve porque un momento de plenitud vale por millones en cualquier otro lugar y porque no hay días felices, hay días que dan sentido a la existencia.
Siempre se vuelve por valentía, porque se es consciente de que un día se pudo vivir la vida en ese sitio, pero siente la necesidad de volver a intentarlo.
Pero sí… tiene razón Sabina: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Por eso es mejor un lugar sin que tu historia y la suya se fundan, sin que haya memoria ni recuerdos.