sábado, 27 de agosto de 2016

Víctor de Aveyron



No sé si lo que voy a relatar a continuación es un hecho muy conocido. Yo lo descubrí hace muchos años, era todavía un niño, gracias a una película que contaba la historia. Es una de esas cosas que, por uno u otro motivo, recuerdas siempre sin saber la razón.
Se trata de un hecho real, la historia del niño salvaje de Aveyron, al que pusieron por nombre Víctor. Un chico que fue encontrado en un bosque, cerca de la ciudad de Aveyron (Francia) cuando, aproximadamente, tenía 12 años. No sabía hablar, caminaba como un mono, se alimentaba de lo que podía conseguir (raíces, frutos y bellotas) y apreciaba la libertad en la que había crecido y sobrevivido.
Jean Itard, un joven médico recién licenciado que buscaba pasar a la posteridad, lo llevó a su casa y experimentó con él. Lo hacía estudiar día y noche, intentó enseñarle a hablar, a comer, a caminar en posición erguida… pero jamás logró que hablase. Itard no trató de comprender su mundo, sólo deseaba cambiarlo porque estaba convencido que la civilización es mucho mejor.
Cuando el médico decide terminar con el experimento, Víctor se queda con una mujer, el ama de llaves del doctor.
Pero el niño enferma y finalmente muere. Itard atribuye su fracaso en educar a Víctor a errores de estrategias, no podía comprender las limitaciones a las que estaba expuesto; actualmente dispondría de mayores y mejores medios y conocimientos para aquella labor… pero estamos hablando de principios del siglo XIX.
La muerte de Víctor no fue fortuita, la falta de libertad, la limitación de su campo de experiencia y un entorno casi incomprensible para él, todo ello le coloca en una situación de inferioridad emotiva que ayuda en su triste desenlace.
...

martes, 23 de agosto de 2016

Días de verano en el páramo: castillos del Duero


Castillo de Berlanga del Duero

Hace nueve años, en el verano de 2007, hice un viaje al que llamo ‘mi viaje anacorético’, quizá, algún día, escriba sobre aquello. Estuve tres semanas perdido por España, solo, sin preocuparme de donde dormir o donde comer; esa ha sido, probablemente una de las experiencias más impresionantes de mi vida… con toda seguridad, la última vez que me sentí libre.
Salí de Valencia, dirección Madrid, luego Badajoz y subiendo por la frontera portuguesa hasta Bayona (Pontevedra) para continuar de Valladolid a Soria y de allí hasta Teruel, para cerrar el recorrido en Valencia. Tres semanas visitando museos; conociendo lugares que me eran familiares por los libros de historia debido a algún acontecimiento importante (batalla, revuelta, hecho…); parando en pueblecitos por los que, quizá, no vuelva a pasar y que jamás han sido noticia; conociendo gentes y, sobre todo, disfrutando. Todavía guardo entradas de algún museo y la mayoría de los folletos turísticos de los lugares que visitaba. Es posible que en este viaje naciera en mí el deseo que tengo de ir a vivir a un pequeño pueblo de Teruel… por volver a sentir la sensación de ser libre.
Leyendo el siguiente artículo de la revista Jot Down he recordado aquellas semanas… yo también pasé por los lugares que se citan. Aunque no he vuelto, no los he olvidado.

Hace muchos años, cuando yo era un chaval recién metido en la universidad, pasé un verano excavando en Tiermes. No voy a hablar de esto, pero este dato previo es fundamental para entender por qué tenía tanto interés en volver al sur de Soria, que es como volver al culo del culo del mundo, y lo digo sin ninguna intención de ofender, porque a mí me encanta Soria, como me encanta Teruel, pero una cosa no quita la otra: estas son dos de las provincias más despobladas y olvidadas de Europa, y la situación no va a cambiar hasta que se asuma la realidad en toda su crudeza. No está nada claro que vaya a mejorar mucho, no si los políticos iluminados de turno piensan que la cosa va a cambiar a base de cemento y concursos de arquitectura. Y sí, me refiero a esa maravilla del capitalismo patrio llamada «Ciudad del Medio Ambiente». Pero no vamos a perder el tiempo hablando de cómo se ha tirado el dinero en infraestructuras, que no acabamos nunca, sino que vamos a explicar por qué hay que ir al culo del culo del mundo (en este caso el sur de Soria, aunque bien podría ser alguna comarca de Palencia, Zamora, Teruel, Cáceres o Guadalajara: España está vacía por dentro, como una fruta con una piel muy lustrosa y fresca pero un corazón abrasado y desierto), y vamos a indicar algunas pistas para no perderse, lo cual no resulta muy difícil como, se verá.
Como algunos lo van a citar (o deberían hacerlo), lo cito ya de entrada: hay un libro básico que ha salido hace poco: La España Vacía, de Sergio del Molino. Es un libro muy interesante, pero aquí no vamos a hacer análisis serios, vamos a hablar de turismo, de esa cosa que trae algo de dinero y de gente a un sitio donde hacen falta ambas cosas. Cuando estuve excavando en Tiermes, hace ya más de veinte años, allí no había nada. Solo el yacimiento, un pequeño museo (muy pequeño) y una cantina perdida donde se citaban algunas de las personas más extrañas que uno, recién salido de la ciudad, se había tropezado en su vida. Era un auténtico lujo poderse tomar unas cervezas frías en un lugar como aquel, y a nosotros, estudiantes tumultuosos, nos bastaba con eso. Ahora hay un restaurante muy decente, con un hotel igual de decente. Y hay turistas, hay bastantes turistas porque han mejorado la carretera, que era muy mala. También han ampliado el museo, con lo cual los turistas pueden ver algunas de las cosas que se han encontrado en el yacimiento (aunque la mayoría están en Soria ciudad). Pero lo más interesante, además del yacimiento en sí, y de ese muro perfecto que es la sierra de Pela, es la iglesia románica que señala el lugar. Se ve desde la carretera y sirve de faro perfecto, porque en ese paisaje tan hermoso y tan vacío de todo indicio de poblamiento humano, ver una iglesia, aunque sea una iglesia pequeña y modesta, supone un alivio para los viajeros no habituados a tantos kilómetros de soledad absoluta.

 Iglesia de Tiermes

Cuando llegué a Tiermes por primera vez me contaron que por uno de estos valles perdidos los americanos habían montado una base secreta, tan secreta que nadie sabía dónde estaba. Por entonces las sierras no tenían esos modernos molinos de viento y las carreteras eran aún peores, lo que ya es decir. Las nevadas del invierno eran (y son) terribles. No sé si la historia es cierta o no, pero me pareció que aquel era el mejor lugar del mundo para esconder una base militar secreta. Si sales de Berlanga del Duero, de El Burgo de Osma o de San Esteban de Gormaz, todo lo que encuentras durante cientos de kilómetros a la redonda son trigales, campos de girasol, encinares, pinares y estepas desoladas. Los pocos pueblos que hay, además de ser muy pequeños, tienen la extraña costumbre a primera vista de colocarse en los lugares más recónditos, generalmente alejados de las pocas carreteras. Tal vez el hecho de buscar el fondo de los barrancos o los pliegues de las colinas se deba a las terribles condiciones climáticas; o tal vez se deba a que sus habitantes, a fuerza de estar solos, han llegado a amar la soledad. O no, o uno lo ve todo desde el prisma del urbanita y la vida en el páramo es otra cosa, otra cosa que para entender hay que vivirla en primera persona.
Decía Sergio del Molino que se ha idealizado mucho la vida rural y que esa es una de las causas del fracaso del movimiento neorural. Lo de «fracaso» es relativo. Volviendo a Tiermes hay que decir que solo el hotel y el restaurante ya dan trabajo a algunos jóvenes. Al pasar por el pueblo vemos que hay parada de autobuses y eso es nuevo: hace años no había servicio de autobús. Uno tenía que buscarse la vida para llegar allí como podía. Si han puesto servicio de autobús es que hay demanda suficiente para mantener una línea de autobús. Y esto no es una tontería: hace ya años se habló de suprimir la única línea de ferrocarril que aún queda en la provincia de Soria, la línea que conecta con Madrid. Si este plan hubiera prosperado (y no prosperó por la oposición de los sorianos), Soria hubiera sido la primera provincia de España en quedarse sin ferrocarril.
Y hablando de ferrocarril uno piensa en lo que siempre se dice: que la llegada del ferrocarril traía el progreso, el capitalismo, la industrialización, los nuevos tiempos que iban a poner fin al atraso español. Pues no, parece que aquí no: parece que aquí el ferrocarril solo sirvió para vaciar los pueblos, para que las gentes de la zona se montaran en un vagón para no volver nunca. Aquí el tren era siempre un tren de ida, o al menos esa es la impresión que uno tiene. Y ahora, una vez vaciados los pueblos, ya ni hay tren. De las tres líneas que cruzan la provincia ya solo queda en activo media línea y con muy pocos trenes al día. Las estaciones o están abandonadas o se han convertido en simples apeaderos donde pocas veces se ve algún pasajero. Pero, eso sí, junto a las ruinas de Numancia tenemos esa otra ruina actual, la Ciudad del Medio Ambiente, con la diferencia de que la primera trae turistas y no ha costado más de cincuenta millones de euros. Cincuenta millones tirados a la basura. Se dice pronto.
Si no queda apenas gente en Soria, y no queda apenas gente en el sur de Soria, ¿qué queda? Pues lo de siempre: un paisaje magnífico. Y un pasado que uno se tropieza al tomar una curva y que, sin gritos, sin estridencias, sin llamar la atención escandalosamente, se planta delante de ti y te obliga a parar el coche o a tomar un desvío no previsto. El castillo de Gormaz, por ejemplo, se ve desde cualquier punto. Vayas a donde vayas, si pasas por estas carreteras, lo verás sobresalir entre una masa boscosa. Porque aquí también hay bosques de pinos, aunque sea el norte de la provincia el que tiene los bosques más extensos y conocidos. El castillo de Gormaz fue uno de los principales castillos musulmanes de la península. Los cristianos quisieron tomarlo muchas veces, sufrió muchos asedios, pero ninguno tuvo éxito. Aunque hoy en día está muy deteriorado merece la pena pasar toda una mañana o una tarde allí, y digo toda una mañana o toda una tarde porque hay que verlo con mucha calma, y hay que sentarse en la muralla y contemplar cómo corre el Duero por debajo. Y cómo pasan las nubes y cómo el viento sacude levemente los chopos. Si lo que ves y lo que sientes no te relaja, es que no te relaja nada. Y si lo que quieres es encontrarte a ti mismo pues francamente no se me ocurre otro mejor lugar para hacerlo. Estamos en agosto, pero hay pocos turistas. Ya he dicho que hace falta que venga gente a Soria, porque sin gente no funciona la economía. Pero aquí no hay ningún turismo masificado. A veces llegan autobuses y durante un rato hay un pequeño bullicio de personas disparando fotos y estirando las piernas, pero luego se van y uno se vuelve a quedar solo o casi solo. Con tiempo para pensar. Con tiempo para pasear tranquilamente y sentarse en un alto a contemplar los campos, los montes, los bosques y el cielo. Y las piedras, claro, las piedras de los castillos, de las iglesias, de las viejas casonas. Las piedras mudas que no cuentan su historia a primera vista, que son adustas y hurañas hasta que te cogen suficiente confianza. Porque las tierras difíciles guardan muy bien sus secretos. Y por eso algunos viajeros impacientes piensan que no tienen secretos, cuando en realidad tienen montones de ellos.
Hay un dilema que he visto en otras partes, en otros pueblos. En cierto lugar cuyo nombre no es necesario mencionar ahora los habitantes estaban divididos entre pedir que se asfaltara el camino o dejarlo como estaba, sin asfaltar. Los que estaban en contra decían que eso traería gente que no venía nada más que a molestar, que no aportaría nada al pueblo, que solo vendría de paso. Otros decían que el pueblo necesitaba mejor comunicación. Que el pueblo tenía que abrirse al mundo. Que todos los visitantes eran buenos, tanto si quedaban allí o no. Este es un caso extremo pero el debate es el de siempre: hemos destrozado la costa, masificándola y llenándola de hormigón. ¿Qué vamos a hacer con el interior del país, con lo que aún queda por «colonizar»?
En Tiermes han montado una fiesta pagana para atraer turistas. Cada cierto tiempo, cuando la luna así lo dispone, organizan una cena celtíbera con salto de hoguera incluido, como no podía ser menos. Lo llaman «Fiesta del Plenilunium». Me dice el camarero del restaurante que la bebida «celtíbera» que ofrecen consiste en una especie de orujo de la zona y que «lo hacen los arqueólogos». Me quedo muy preocupado. El camarero no me aclara si los arqueólogos hacen la hoguera, la bebida o las dos cosas, pero en cualquier caso la cosa debe de ser digna de ver, aunque supongo que muy peligrosa. No sé cómo serán los arqueólogos que hoy en día pululan por Tiermes en verano, pero los que yo conocí estaban como una cabra. Es comprensible: pasar dos largos meses en el páramo, a mil doscientos metros de altitud, con calor terrible y frío terrible, sin ninguna comodidad y teniendo que vigilar a hordas de estudiantes tumultuosos, siempre propensos al desorden, la lujuria y la rebelión, tenía que afectar forzosamente a su salud mental.
San Esteban de Gormaz

Por desgracia me pasé por el museo y lo encontré cerrado. El yacimiento estaba vacío (eran las dos de la tarde y el sol de agosto golpeaba de lleno). No vi tiendas de tumultuosos estudiantes en el prado, lo cual me hizo pensar que no había ninguna campaña de excavación en curso, lo cual es una pena. En cualquier caso, hay un cartel que indica que se hacen visitas organizadas a las ruinas, y eso es magnífico. Como es magnífico que se hagan todas las fiestas paganas que la luna permita (las próximas son el 18 de agosto y el 17 de septiembre). Aporto este dato por si este reportaje sale a tiempo y alguno tiene la tentación de ir. Y en ese caso le pido un favor: que cuente la experiencia. Aquí en el culo del culo del mundo hay gente que se busca la vida para poder vivir dignamente sin tener que emigrar a ninguna gran ciudad, y eso es algo que me merece todo el respeto del mundo. Lo que no entiendo es para qué carajo necesitaba Soria una «Ciudad del Medio Ambiente». Pero esa es una pregunta que hoy, de vuelta al bochorno mediterráneo, se quedará sin respuesta.

sábado, 20 de agosto de 2016

Presto



martes, 9 de agosto de 2016

Apatía calurosa



No sé qué escribir… las musas están de vacaciones. Es lo que tiene el maldito verano y el horrible calor. No sé quién fue el primero que dijo eso de “cuando llegue el buen tiempo”, y que luego todos han copiado como loritos, pero seguro que sería algún fulano con la vida resuelta.
Mi abuelo decía que “el verano es para los ricos”… y es cierto. Que le hablen del verano a la gente del campo o los que trabajan en la obra… y no sólo a ellos, a cualquiera que tenga que hacer una actividad que necesite desplazarse. Parece como si todo costase más, como si el cuerpo pesara más... me encuentro apático.
Tengo ganas de que llegue el frío… sacar el abrigo, los guantes, la gorra, los jerséis de lana y los pantalones de pana. ¡Viva el invierno!

sábado, 6 de agosto de 2016

Funcionariado que no funciona


He recordado estos días, aquellos tiempos en los que los funcionarios salían a la calle reclamando ‘sus derechos’. El trasfondo no es que se indignaban porque tuviesen más trabajo o trabajasen en condiciones penosas, no. Sus protestas estaban cuantificadas en una rebaja de un 5 o, como mucho, un 10 % que el Gobierno decidió bajarles sus sueldos (tengo amigos en la empresa privada que se lo bajaron hasta un 50 %)... cuando muchos de ellos con 100 euros al mes ya estarían sobradamente pagados. Aquí me gustaría aclarar que hablo de esos funcionarios parásitos de la administración que cobran por calentar una silla; no me refiero a policías, médicos, bomberos, etc., que hacen un trabajo real.
¿Y por qué digo esto? Porque hace unos días tuve que ir a la Seguridad Social y, como en el Quijote, no quiero acordarme. No lo quiero hacer porque, como la canción, me sube la bilirrubina.
Resulta gracioso pensar que ahora mismo tenemos a miles de sanguijuelas sangrando al Estado, holgazaneando en la oficina de turno y con su contrato indefinido sin posibilidad de despido. Sería ya hora de quitarnos de encima a todos esos inoperantes aunque, dado que los políticos también son en su mayoría unos incompetentes que cobran por hacer nada, dudo que sea posible echarlos. Da rabia pensar que desde la empresa privada, con unos impuestos abusivos, estamos manteniendo el despilfarro que supone que lo público esté mal gestionado y que no se pueda solucionar. Si todos estos atajos de vagos estuvieran en el sector privado no servirían ni para limpiar los baños y a los quince días ya estarían en la calle; por eso no pueden dedicarse a otra cosa que no sea al funcionariado.
Pero bueno, ¿qué se puede esperar de un país en el que un simple electricista a la sombra de un sindicato y de un partido político pueda llegar ni más ni menos que a ministro de Interior? Para muestra José Luis Corcuera, ese de la patada en la puerta que ahora se dedica a bufonear en 13TV. ¿Qué se puede esperar de un país en el que cualquier inútil, vago, holgazán, gandul, incompetente e improductivo puede ocupar un cargo de responsabilidad por el hecho de tener el carnet de un partido político y sin haber pisado una universidad en su ignorante vida? Pues eso, un funcionariado a imagen y semejanza.
Si cada dos años les hicieran exámenes para probar su capacidad, estoy convencido que un altísimo porcentaje no repetirían en su puesto… pero claro, obtienen la plaza y a vivir la vida.
Cada vez lo tengo más claro: entre los males que azotan a este país, en los primeros, primerísimos, puestos (los cuatro primeros) están un funcionariado vago y un sistema educativo penoso.
Y esto que digo aquí no es nada nuevo. Ya lo dijo el gran Mariano José de Larra en la década de los 30 del siglo XIX en su famoso artículo ‘Vuelva usted mañana’, una crítica a la administración pública y al funcionariado que hoy, casi doscientos años después, sigue vigente... por algo será.



martes, 2 de agosto de 2016

De arcilla



Poniéndonos místicos, nos dice la Biblia que Dios creó al hombre con arcilla y en esto, como en cualquier otra cosa, se pueden hacer dobles, triples y séxtuples lecturas, ver mensajes ocultos o jugar con una suerte de cábala que nos metería en una espiral en la que nada sería lo que parece, el mundo sería un escenario del que somos conscientes de ser unos actores muy secundarios.
La arcilla es una roca sedimentaria cuya particularidad más importante es la de adquirir gran plasticidad al mezclarla con agua; esto es debido a su formación química y a su composición granulométrica, que hacen que pueda absorber H2O sin ninguna dificultad.
Con el paso del tiempo, la arcilla comienza a perder plasticidad, a endurecerse. Puede hacerlo de dos formas: de forma natural y de forma mecánica. La primera sería que ella misma, en contacto con la atmósfera y sin elementos artificiales que intervengan, se va deshidratando hasta que llega un punto en que no es posible volver a hidratarla aunque se le vuelva a echar agua; sería como el fraguado del hormigón, un punto de no retorno en el que el hormigón comienza a perder plasticidad y a adquirir resistencias… todo esto son procesos químicos más complejos que se estudian con mucho más detalle y que para el caso no es necesario explicar. La segunda es de forma artificial, por ejemplo en hornos. A partir de 800 ºC la arcilla pierde el agua y se endurece; solamente tenemos que mirar a nuestro alrededor para encontrarnos con decenas de elementos de arcilla que han pasado por este proceso.
Todo lo anterior me sirve para la verdadera reflexión de esta entrada. Dicen que ‘las personas no cambian’ y no creo que sea cierto del todo. Las personas (si se quiere tomar la parte mística de la Biblia) somos como la arcilla. Nos van/vamos moldeando en nuestra vida hasta ser lo que somos. Pueden intervenir muchos factores: sociales, culturales, económicos, religiosos… pero de una u otra forma nosotros mismos y nuestro entorno nos va moldeando convirtiéndonos en lo que somos y como somos. Pero, al igual que la arcilla, llega un punto en que es imposible seguir moldeándote y ya no se puede cambiar, se es como se es. No hay nada que haga cambiar, ya que, de lo contrario no es uno mismo. Un plato de arcilla es un plato de arcilla y, una vez endurecido, no puede ser otra cosa, a no ser que lo rompamos… pero dejará de ser un plato...
No hay un tiempo, fecha o edad para perder la plasticidad humana, se pierde y ya está. Supongo que en la niñez o la adolescencia sí que somos plásticos, pero ya en la madurez vamos perdiendo esa cualidad, no sé, quizá pasados los 30 ya es casi imposible que uno pueda cambiar ciertas conductas.
Hace años vi una película. Es una de esas que tengo pendiente volver a ver, pero siempre tengo algo más importante que hacer. Se titula ‘Noviembre’, de Achero Mañas. Cuenta la historia de un grupo de jóvenes madrileños que movidos por la pasión por el teatro pretenden cambiar el mundo a través de él. Casi al final, una de las protagonistas, ya adulta, recordando sus tiempos en esta compañía, pronuncia una frase que me ha calado…

Nosotros queríamos cambiar el mundo y, desde luego, no lo conseguimos. Ahora lo que intento es que el mundo no me cambie a mí

En mi caso, por poner un ejemplo y no extenderme, aquellos tiempos en los que no suponía una molestia hacer 600 km (ida y vuelta) desde Zaragoza a Madrid para ir a una reunión de Izquierda Republicana de 45 minutos ya han pasado. Yo, a mi manera, también tuve mi noviembre. Al igual que la arcilla, ya he perdido mi plasticidad y soy lo que soy y como soy. Hay dos opciones: o aceptarlo o no aceptarlo. No hay más. Estoy muy feliz como estoy sin tener que moldearme a gustos ajenos; yo no obligo nada a nadie...

sábado, 30 de julio de 2016

Silvia



Escribió Lope de Vega…

Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;

Al leer esto siempre he pensado que alguna mujer le pediría de manera insistente que le escribiese algo, que le dedicase alguna cosa… y no, no es así. Se trata de un fragmento de una obra que escribió el Fénix de los Ingenios titulada La niña de plata.
Muchas veces he recordado a Lope cuando Silvia me recordaba insistentemente, no sin reproche, “nunca me escribes nada”. Supongo que escribir algo es fácil, pero escribir lo que realmente quieres no lo es tanto, es más, hacerlo por compromiso creo que no merece la pena, ya que no hace justicia al que compromete. La inspiración es un estímulo que sin saber por qué te empuja a hacer algo que sabes que tienes que hacer, pero no sabes cómo hacerlo. Eso es lo que me pasaba… Ese “nunca me escribes nada” era un reproche a mi falta de motivación para hacerlo. Pero, como algunas cosas inesperadas, apareció del modo más insospechado, supongo que por eso se le llaman motivación. La semana pasada viendo la película ‘Alicia a través del espejo’ hubo una secuencia, una frase en que pensé “Silvia” y se puso en marcha el mecanismo para escribir ese ‘soneto’ que en ocasiones ‘me manda hacer Violante’. La escena ocurre cuando ya ha transcurrido media hora de la película; la Reina Roja va a visitar al señor del tiempo y lo primero que le dice es “mi regalo”… ¡Ay! En ese momento me vino la inspiración y pensé “es ella. Silvia es la perfecta Reina Roja”.
Siempre he pensado que tiene desarrollado el egocentrismo por encima de la media y, al igual que la Reina Roja, es capaz de ‘pedir su regalo’ y después dar su opinión sobre el mismo que podría variar desde “es muy pequeño” a “es muy barato”, aunque también podría decir que es, dicho finamente, un excremento; así, tal cual; con una entonación que roza el límite para coger el regalo, romperlo en mil pedazos y darte la vuelta o bien acercarte y darle un abrazo. Creo que cualquiera de las dos opciones serían válidas y ella entendería perfectamente la que se eligiera. Hay que conocerla… todo depende de cómo se lo pueda tomar uno. Pero es algo más que ese puntito egocéntrico, creo que si le faltase habría que añadírselo.
Quizá su formación como licenciada en Derecho hace que tenga una agilidad mental muy viva; es capaz de hacer las preguntas que jamás quisieras que te hicieran de forma directa; ese tipo de preguntas que no requieren una respuesta ambigua; cuando se pone la toga de fiscal es difícil escaparse, aunque alguna vez lo he conseguido y he logrado desviar su atención… pero por poco tiempo. Es en esos momentos cuando no queda más remedio que rendirse a la evidencia y pensar “¡qué lista que es la cabrona!”; pero, claro, eso no se lo puedo decir, aunque quizá siempre tenga un huequecito para llenar su ego y lo aceptaría encantada. Dialogar con ella es como jugar una partida de ajedrez, tienes que tener mucho cuidado con lo que dices, ya que una frase, una palabra e incluso la entonación por no haber hecho la coma pueden ser suficientes para que te haga jaque mate en pocos movimientos. No obstante, con ella es la persona con la que quizá más libre me he encontrado hablado de la mayoría de los temas, sin necesidad de tener que ser políticamente correcto ni morderme la lengua al decir lo que pienso; se podría decir que no hace falta que estemos uno enfrente del otro para hablar, bastaría con ponerme delante de un espejo y comenzar a soltar lo que me apetezca y ella podría suscribir desde la primera letra hasta el último punto.
Hay un gesto suyo que me encanta. Denota una mezcla de chulería, orgullo, soberbia… cualidades o defectos de los que la mayoría ridículamente hacen gala, pero que en ella demuestran esa superioridad que tiene alguien que sabe que no puede entrar en conflicto con el otro… porque el otro no es rival suficiente… y lo deja pasar. Consiste en que está mirando un punto perdido, de repente alguien dice algo que no le agrada. En ese momento, parpadea y al abrir los ojos está mirando de reojo, pasan unos segundos y repite la misma acción, pero en sentido contrario, mirando de nuevo al punto del principio. Todo ello sin decir nada.
Su forma de mirar, de ser, de comportarse… hacen que sea cautivadora y ella lo sabe. Como le dije en cierta ocasión en la que estaba apoyada en una barandilla fumándose un cigarro: “Destilas lujuria por todos los poros de tu piel”. Así, sin pensarlo, sin tener que reducirlo a un tema sexual… exageración que atrapa en cualquier sentido.
Así, más o menos, podría acabar esta suerte de ‘soneto’. Habría para más, que a nadie le quepa duda. Sé que las 913 palabras que me marca el Word que tiene este escrito no serán suficientes y cuando acabe de leerlo una de las cosas que podrá pensar es “¿por qué no ha llegado a 1.000?”, entre otras más… afortunadamente, no puede ordenar que me corten la cabeza… y no por ganas. Pero hoy sería una de las veces en las que le daría un abrazo.

Felicidades Silvia, Reina Roja.

martes, 26 de julio de 2016

Últimas soledades del poeta Antonio Machado



Cumpliéndose hoy el aniversario del nacimiento de Antonio Machado (1875) no podía, de otro modo, más que dedicarle esta entrada. Del poeta se ha escrito mucho, casi siempre teniendo como eje central su poesía. A través de ella hemos podido conocer las distintas etapas por las que pasó en su vida. Pero hay algo del poeta que probablemente no se conozca: como era el hombre.
Hace años tuve la suerte de coincidir con un admirador de la figura de Machado que me proporcionó varios libros y artículos, ¡qué ratos pasábamos hablando del poeta! Entre ellos había uno que yo desconocía y me llamó la atención por encima de todos: ‘Últimas soledades del poeta Antonio Machado’, un manuscrito escrito por su hermano José en 1940 durante su exilio en Chile y que en España estuvo inédito hasta el año 2008 (más o menos cuando coincidí con la persona que me lo facilitó). Aquí se conoce al hombre, al hermano… cosas que solamente pueden ser contadas por aquel que las vivió en primera persona. Su prólogo ya nos aventura que estamos ante algo más que una biografía.

[…] José Machado, el menor de los tres hermanos, exiliado con su familia en Chile, decidió escribir este libro en el que aparece una visión personal e íntima de su hermano, Una visión que está, por cierto, acompañada de muy acertados juicios sobre la poesía machadiana.
José acompañó a Antonio cuando poco antes de su muerte se acercó por última vez, ya en Francia, al mar. Fue él quien encontró el último verso de Machado “Estos días azules y este sol de la infancia”; y fue él quien estuvo a su lado en el momento de su muerte, el 22 de febrero de 1939, como estuvo acompañando a su madre cuando, gravemente enferma, falleció unos días después que su hijo Antonio. José fue testigo de excepción no solamente de ‘las últimas soledades’ de Machado sino también de otras anteriores. […]
Desfilan por las páginas de este libro de José Machado, que era pintor, comentarios sobre los gustos literarios de Antonio Machado, sobre su admiración por su amigo Rubén Darío pero su preferencia por el modelo poético de Bécquer, sobre su amistad con Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Valle Inclán, Maeztu, Villaespesa, Ricardo Calvo y Antonio de Zayas... Descubrimos a un Antonio Machado entregado a sus manuscritos, escribiendo y corrigiendo hasta altas horas de la madrugada. Su mundo era su obra -como demostró en los años que pasó en Soria y luego en Baeza, y más aún durante la guerra civil- no era nada sin el mundo. El mérito, entre otros muchos más, de este libro es recordarnos que la tragedia de Antonio Machado es la tragedia de España. Sus "últimas soledades", son las que le impusieron a él y a los suyos -y, por tanto, a todos nosotros, hasta a quienes pertenecemos a generaciones posteriores- aquellos vencedores”.

Pero en cierto modo así es como se veía él. Una descripción de sí mismo que consigue un distanciamiento con el sujeto que va a describir, como su lo estuviera viendo desde fuera y, de esa manera, ser más objetivo, aunque, en algunos momentos aparezca la subjetividad… es difícil hablar de uno mismo y evitar por completo expresar algo de lo que siente.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Un poema cumbre de la obra machadiana. Completo. Como si el poeta hubiera ascendido a la cima de una montaña desde donde contemplara toda su existencia que comienza en el primer verso, tanto en el tiempo como en el espacio ¬ ‘infancia’ y ‘Sevilla’, para acabar en la última estrofa, también en el tiempo y en el espacio: ‘El día del último viaje’, ‘el mar’. Pero… esa estrofa jamás ha sido escrita: Antonio Machado sigue vivo, renace con cada pensamiento y lectura de su obra. Hoy, más que nunca, pero igual que siempre, porque, como él dijo, “Hoy es siempre todavía…”. 

sábado, 23 de julio de 2016

De grana y oro



Y sin saber porqué, de repente, sientes que es un sitio especial… ¿será por el lugar? El Puerto de Santa María… ¿la compañía? Silvia… ¿el momento? Cualquier atardecer que conduzca a la noche… Sí, quizá sea por todo eso y más cosas…
De grana y oro’, no podía ser un nombre más apropiado para un bar a pocos metros de la plaza de toros. Una tarde, volviendo de comprar, cargados con bolsas paramos allí… una cerveza, otra, otra, otra… y, por supuesto, una fritura de pescado… creo que llovía, aunque esto no sea importante… o sí.
Desde entonces ha sido un sitio especial, en el que estar tranquilamente hablando, bebiendo, comiendo… un lugar en el que Cronos no era importante. Sabes que los sitios son especiales cuando no estás, pero piensas que sí siendo inevitable murmurar entre dientes “y ahora podríamos estar en el Grana…”. Sí, esta tarde, antes de la caída del sol podríamos estar allí… y cualquier tarde también. Pero los sábados por la tarde en el ‘De grana y oro’ tienen algo especial.
Dicen que “quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros”. Igual que el agua, algo tendrá El Puerto de Santa María cuando lo bendicen… doy fe de ello… algo que para mí ya es mucho dar.

martes, 19 de julio de 2016

Gil Sánchez Muñoz, el Papa Clemente VIII



Hice en la anterior entrada una referencia a Benedicto XIII, el Papa Luna. Siguiendo con la misma temática, creo que también merece mención otro personaje muy ligado a D. Pedro Martínez de Luna; se trata del que fue su sucesor, el turolense Gil Sánchez Muñoz que tomó el nombre de Clemente VIII y cuyo papado duró poco más de cinco años, hasta que abdicó por presiones políticas, y acabó siendo obispo de Mallorca, catedral en la que está enterrado.
Sánchez Muñoz nació en Teruel en 1370 y provenía de una de las familias más influyentes de la ciudad. Llama la atención que siendo el primogénito y pudiéndose dedicar al ejercicio de las armas decidiese la carrera eclesiástica, posiblemente influenciado por un tío suyo. Hacia los quince años de edad empezaría los estudios de leyes que, tras cuatro o cinco cursos, le permitirían alcanzar el grado de bachiller y parece confirmarse también su formación universitaria, puesto que en 1429 se le califica como ‘doctor en decretos’. Tras dos años más de estudios, consiguió el título de ‘licenciado’ e ingresaría en la facultad de Teología y tras siete u ocho años obtendría el título de ‘doctor’.
Tras ello, Benedicto XIII le otorgaría la chantría de la catedral de Gerona, con la misión de dirigir las actividades del coro y organizar el canto litúrgico. En 1402 fue nombrado vicario general de la diócesis de Valencia compaginando el cargo con otros nombramientos eclesiásticos de cura párroco en poblaciones como Sueca y Cullera, el arciprestazgo de Santa María o de la iglesia de San Martín, ambas en Teruel.
La culminación de su promoción eclesiástica al pontificado en los años finales del gran cisma de la Iglesia de Occidente se puede entender en primer lugar por el grado de amistad y relación que pudo tener con sus antecesores Clemente VII y Benedicto XIII en Aviñón y Peñíscola, así como por el interés político del rey Alfonso V el Magnánimo en mantener un pontífice aragonés a su lado frente a la influencia de Francia sobre Martín V. Incluso parece que Gil acompañó ya en 1405 al Papa Luna, cuando éste encabezó una escuadra naval contra el recién electo papa Inocencio VII. Lo cierto es que el 10 de junio de 1423 fue elegido papa en el castillo de Peñíscola por un cónclave compuesto únicamente por tres cardenales de los cuatro que nombró en vida su antecesor Benedicto XIII, es decir, Dominique Bonnefoi, Jimeno Doha y Julián de Loba.
El cuarto cardenal, Jean carrier, no estuvo presente en la elección –tildándola de simoniaca– y creyéndose como el único con derecho a voto, acabó eligiendo en 1425 a Bernard Garnier, sacristán de Rodez, como verdadero sucesor del papa Luna con el nombre de Benedicto XIV. Incluso un nuevo cardenal creado por Garnier eligiría después al mismísimo Jean carrier como Papa, quien paradójicamente tomó el mismo nombre de Benedicto XIV que había ostentado su predecesor; pero esto ya es otra historia más rocambolesca y grotesca que, quizá, en otra ocasión cuente.
El Concilio de Constanza de 1414 ya había supuesto la confirmación de Martín V como único pontífice de la Iglesia Católica, tras el sometimiento del antipapa Juan XXIII, la abdicación de Gregorio XII y la deposición del propio Papa Luna. A la muerte de este último en 1423, la reina María, esposa de Alfonso V el Magnánimo, no dudó en mandar al gobernador de Castellón para que las tropas reales se apoderaran por la fuerza de la sede de Peñíscola y sus moradores cismáticos. Sin embargo, el rey Alfonso V revocó las disposiciones de su esposa y en 1424 ordenó al Reino de Valencia que entregara a Clemente VIII una cantidad anual de 16.000 florines de oro para su mantenimiento y supervivencia en respuesta a la excomunión dictada contra él por Martín V, sin embrago, sólo percibió un total de 7.000 florines, hasta el punto que, para poder sobrevivir, tuvo que empeñar un diamante. Esto explicaría, que el acto de autocoronación en el castillo de Peñíscola tuviese lugar tres años después de ser nombrado Papa. Una vez proclamado, Marín V envió un legado papal para zanjar el problema de manera definitiva.
En este contexto es en el que se inician las maniobras disuasorias de Alfonso V de Aragón sobre el Papa turolense, ya que quiere ser rey de Nápoles y, para ello, necesita la investidura del Papa de Roma. Por ello, convoca las Cortes en Teruel y no muestra escrúpulos a la hora de conseguir sus fines. Mata al juez de Teruel en plena sala del concejo por atreverse a llamarle la atención. Con estos precedentes, cuando Alfonso V pide la abdicación de Clemente VIII éste no tardará ni 24 horas en firmar. Aquí, oficialmente, se pone fin al Cisma de Occidente. De esta nueva situación salen ganando los Borja, que finalmente serán Papas en Roma, y Alfonso V, que es entronizado rey de Nápoles.
Gil recibió 4.000 florines de oro en compensación por los bienes de su propiedad que estaban en el castillo de Peñíscola y que habían sido confiscados. Ya sin la dignidad pontifical fue a Valencia para seguir disfrutando de las rentas de sus cargos eclesiásticos, con el beneplácito del Rey de Aragón y del Papa. En 1429 tomaría posesión del obispado de Mallorca hasta que falleció, en 1447, siendo enterrado en la catedral de dicha ciudad.
Básicamente, así se podría resumir su biografía. Se podría hacer una reseña mucho más extensa, pero con esto lo considero suficiente. Gil Sánchez Muñoz es, sin duda alguna, un personaje desconocido a la sombra de su antecesor, Benedicto XIII. Víctima, al igual que el anterior, de intrigas políticas, un verdadero juego de tronos en el que los perdedores recibieron el injusto castigo del olvido. Cada cual que saque sus propias conclusiones.


sábado, 16 de julio de 2016

El Papa Luna, una figura olvidada


Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que D. Pedro Martínez de Luna, más conocido como Benedicto XIII, el Papa Luna, es el personaje histórico que más me atrae, muy por encima de cualquier otro. Conocí su figura hace muchos años y desde entonces me ha fascinado. Para mí sería lo que denomino ‘perdedores de la historia’, personajes históricos que han tenido el mundo a sus pies y en sus últimos días murieron olvidados, muy lejos de la gloria que puso su nombre en la historia y que hoy algunos son recordados y otros han sido injustamente olvidados. En este grupo entrarían, por ejemplo, Napoleón, Aníbal, Ramón Cabrera… entre otros muchos.
Su vida es apasionante debido a la época que le tocó vivir. Él murió convencido de que era Papa. Hubo un tiempo en el que yo creía que había argumentos, tanto a favor como en contra, para los que decían que lo era o que no lo era; ambas opciones me parecían correctas y no sería capaz de posicionarme a favor o en contra. A día de hoy, después de haber leído mucho sobre su figura, su época y el Cisma de Occidente, casi me decantaría por pensar que realmente tenía razón, que él era el único Papa legítimo y que después del Concilio de Constanza, él mismo era el único con poder para elegir al nuevo Papa, ya que era el único cardenal vivo desde antes del cisma y el resto de cardenales habían sido nombrados por Papas que habían renunciado a su papado, por lo tanto, su nombramiento cardenalicio no era válido.
Hace tiempo escribí sobre su figura en esta entrada. Hoy, buscando por internet algo sobre él para leer o algún documental que no hubiera visto, he descubierto uno que creo que merece la pena. Hace años, TVE proyectó un programa titulado ‘Paisaje con figuras’ y una de estas figuras es, precisamente, Benedicto XIII, el Papa Luna, una figura que creo que merece la pena conocer. Fascinante.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/paisaje-con-figuras/paisaje-figuras-papa-luna/2020219/

martes, 12 de julio de 2016

La razón de las dudas



No se puede saber si no se entiende, pero, ¿alguien realmente entiende el motivo por el que suceden las cosas? ¿Por qué entre el primer y el último suspiro siempre estamos cargados de preguntas? Es posible, que lo que dé sentido a nuestra vida sean las dudas, nuestra razón de ser.
Si pudiera entender el sentido oceánico que a veces parece tener la vida probablemente no estaría aquí. Estaría cruzando el mar, a nado, o a algo parecido, feliz por estar aprendiendo.

sábado, 9 de julio de 2016

El Torico de Teruel



Si Pamplona tiene sus Sanfermines… Teruel no se queda atrás. Las fiestas del Ángel o de la Vaquilla, coetáneas con las primeras, suponen, junto a Las bodas de Isabel, que se celebran en febrero, una de las señas de identidad de esta ciudad aragonesa.
Y es que en Teruel, dentro de los muchos elementos identificativos y reconocidos que tiene (Diego e Isabel, los amantes de Teruel; la arquitectura mudéjar; el modernismo…), hay uno que destaca por encima de todos: el Torico.



Existen varias versiones tanto sobre el origen del nombre como sobre la fundación de la ciudad pudiéndose mezclar la leyenda con la realidad. Probablemente, el nombre provenga del árabe ‘Tirwal’, que significa torre, aunque algunas excavaciones arqueológicas creen que en la zona no hubo un núcleo de población, sino, más bien, una torre defensiva. Más lógico es pensar que el nombre está relacionado con el toro, ya que era una zona en la que abundaba este animal. Lo que está claro, es que tiene una importante relación con la ciudad, ya que tanto en el escudo como en la bandera hay un toro.
Y, como decía antes, la ciudad no podía dejar de lado a tan significativo animal. Teruel lo honra y él honra a Teruel. Desde el año 1858, una estatua de bronce macizo fundido vigila desde lo alto de una columna de piedra en la fuente de la Plaza Carlos Castel, conocida como ‘Plaza del Torico’. En el centro, de la plaza podemos ver la fuente de vaso circular, que recoge el agua que sale de cuatro caños o cabezas de toro y desde la que se eleva una columna de piedra labrada y anillada en cuya parte superior. En una base de estructura rectangular, en piedra-mármol, descansa el ‘Torico’. Esta figura mide 45 centímetros desde la cola a la boca, desde la base hasta el morrillo 28 y hasta los pitones 37. Como curiosidad, señalar que siempre ha estado en la columna, excepto en el año 38 cuando una familia turolense lo escondió para defenderlo de los combates que tuvieron lugar en la ciudad durante la Guerra Civil. En la década de los sesenta se le cambió la orientación (desconozco la razón) por la que tiene actualmente. Y, finalmente, un dato anecdótico, ¿qué valor podría tener este símbolo? En el año 2001, unos profesores de la Facultad de Humanidades de Teruel inventariaron y valoraron los bienes muebles artísticos de propiedad municipal y le asignaron un valor de 50.000 euros, cantidad que sigue vigente.



De la Plaza del Torico, en particular, y de otros edificios que hay allí, en general, también se podrían contar muchas cosas. No obstante, sólo lo limitaré al elemento más característico de la plaza, de la ciudad y, probablemente, de la provincia: el Torico.