martes, 21 de noviembre de 2017

La vivienda giratoria


A ver si es la solución para que algunos encuentren el norte… aunque puede ser que con tanta vuelta acaben mareados.


Descubro, cosas como estas, busco información sobre el tema y lo único que consigo es irritarme con lo que leo; quizá, por eso, no me apetece perder el tiempo en explicaciones.
No, señoras y señores, esto NO es arquitectura.

sábado, 18 de noviembre de 2017

A lomos de la quimera



Pinchar sobre la imagen para ver el vídeo.

martes, 14 de noviembre de 2017

Interpretaciones



Tengo muy claro qué representa el muñequito. Pero esto es como el refrán de la lluvia en abril, interpretaciones mil y todas cabe en un barril.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Necesito una burbuja



Recuerdo Bola de Dragón, una serie de dibujos manga con los que hemos crecido una generación. Mis amigos y yo estábamos enganchados y comentábamos cada capítulo como si fuera un partido de fútbol, cosas que pasan cuando se tienen 15, 16, 17 años.
Había una cosa de esa serie que entre nosotros se hizo muy popular: la cámara de recuperación. Cuando a algún personaje le pegaban una paliza y lo dejaban medio muerto lo ponían en esa cámara, le ponían una careta en la nariz y boca y la llenaban de agua. A los dos o tres días (solían ser unos cinco capítulos) salía como nuevo. Recuerdo que cuando salíamos algún sábado por la noche o, sobre todo en fiestas del pueblo, al día siguiente estábamos para el arrastre y nunca faltaban frases del tipo: “me voy a la burbuja”, “este es muy valiente, pero luego está tres días en la burbuja” o, cuando hacía tiempo que no veíamos a alguien y alguno preguntaba, la respuesta siempre era “sigue en la burbuja”, y ya sabíamos lo que significaba aunque, seguramente, no teníamos ni idea de dónde estaba. Sí la ‘burbuja’ quedó como la solución a todos los males y no era más que quedarte en casa sin salir y sin hacer nada recuperándote de lo hecho polvo que estabas. Aunque hay que señalar que, en ocasiones, hería el orgullo. Si a alguien le decían que iba a estar tres días en la burbuja, el aludido sacaba a relucir su hombría y lo negaba. En el 99 % de los casos él y su hombría iban de cabeza a la burbuja.
Yo necesito una burbuja. Hace un par de días me comprometí que ayudaría a un amigo a bajar unos muebles de una vivienda (un séptimo piso), para cargarlos en una furgoneta, llevarlos a su pueblo y descárgalos. Éramos tres bajando cosas y un cuarto organizando que todo cupiese en el vehículo. En total eran un mueble enorme que tenía en el comedor, de 2’80 m; unas puertas con espejos de unos armarios, que pesaban más que una hipoteca, y una cristalera que había en la entrada, con unos espejos delicados y que el bisel cortaba como una cuchilla.
Había piezas que no cabían por el ascensor y otras que teníamos que bajarlas por las escaleras entre dos y algunas entre tres turnándonos cada dos pisos. Tengo que confesar que jamás he cargado con un ataúd, pero después de lo de ayer tiene que ser una broma. Desde las 16:30 hasta las 19:30 bajando muebles y cargándolos en la furgoneta. Fuimos al pueblo y la misma operación, pero a la inversa, sólo que, en esta ocasión, no había que bajar siete alturas, había que subir una… todo un alivio; aunque después del tute que llevaba me daba igual.
Este fin de semana tengo un trabajo que adelantar y en un rato me voy una comida comprometida desde hace días. El martes voy a Asturias, hasta el viernes, a unas conferencias. En estos días espero estar ya recuperado (por mi bien).
Definitivamente, necesito una burbuja.

martes, 7 de noviembre de 2017

El café


Después de mucho tiempo, hace unos días estuve con Plácido. Acudí a su despacho para preguntarle unas dudas sobre un proyecto de demolición que tengo que comenzar en unos días. Una vez que habíamos hablado sobre el tema le pregunté por su viaje a Madrid. Hacía días que había ido a la Capital a una conferencia sobre la construcción de fachadas en piedra natural. Me hubiera gustado asistir, pero me fue imposible. Cuando esperaba que me contase de qué iba y qué habían dicho me sorprendió con una pregunta:

- ¿Cuánta gente puede haber un jueves en Madrid?
- No lo sé - contesté extrañado.
- ¿Cuatro millones… cinco… seis…? - continuó - ¿Cuántas cafeterías... ocho mil… nueve mil… diez mil…? ¿Qué probabilidad hay de que dos personas que se conocen coincidan en Madrid en la misma cafetería y a la misma hora sin saber ninguna de las dos que la otra estará allí? ¿Y que al mismo tiempo lleven más de quince años sin verse? Y, finalmente, que entre ellos hubiera habido una historia que marcó la etapa de la vida en la que coincidieron.
- ¡No me digas que… ¿Victoria?! - pregunté extrañado, sorprendido y confuso.
- Sí, Victoria - respondió Plácido con una media sonrisa.

Ya he contado otras veces de qué conozco a Plácido. Compartí instituto con él y luego, en la universidad, compartí piso y carrera. Junto con otros dos compañeros, con los que compartía lo mismo que con Plácido, se creó un ambiente de hermandad en el que no había secretos entre nosotros. Por lo que sea, con Plácido siempre tuve una relación más especial; quizá sea porque por las noches nos costaba dormir, él golpeaba el tabique de su cabecero de la cama, que coincidía con el mío, y si yo contestaba a los golpes venía a mi habitación y escuchábamos el programa Hablar por hablar mientras nos fumábamos algún cigarro… así podíamos estar hasta que acababa el programa. Supongo que la noche da seguridad y confianza para contar cosas que no se contarían durante el día. Es posible que así se cimentase mucho más nuestra amistad; muchas confesiones hubo en noches como esa. Por todo ello, es normal que yo conociese lo que había entre Plácido y Victoria. Lo sabía yo y el resto de compañeros del piso y los de fuera, aunque lo supieran, callaban. Lo de ellos era un secreto a voces. Confuso como estaba por lo que me había dicho, quería que me contase más.

- ¿Qué pasó… cómo fue… qué hablasteis… cómo está…?
Plácido callaba y sonreía. Después de moverse en su silla un par de veces a izquierda y derecha contestó…

- Nada, no pasó nada. No hablamos y ella no me vio.

Yo estaba confuso, callado, mirándolo y esperando que me continuase hablando. Él seguía callado dándole un suspense que a mí me desconcertaba hasta que, por fin, comenzó a hablar.

-Llegué a Madrid un par de horas antes de comenzar la conferencia. Al salir de la estación cogí un taxi y me dejó en el edificio al que iba. Como ya había ubicado el sitio y faltaba una hora y media decidí entrar en una cafetería que estaba a un par de minutos, con el fin de comer algo y la esperanza de que algún periódico estuviese libre para poder pasar el tiempo. Así lo hice. Entré, pedí un café con leche y un par de tostadas con aceite y sal y me lancé a por el periódico que un tío trajeado acababa de soltar.
Me senté en una mesa y con mucha calma me puse a leer con calma todas las noticias, ya que todavía tenía tiempo. En una de las veces que levanté la cabeza para beber de la taza me quedé inmóvil, como una figura de cera. La vi entrar. Vi a Victoria entrar y sentarse en una mesa libre que había cerca de la puerta. Iba con el que imagino que es su marido.

Plácido calló y observó el papel que tenía delante. Sin darse cuenta, mientras estaba hablando, había hecho un garabato en un papel, algo que tenía forma abstracta. Yo me moví en mi asiento para acomodarme y continuó.

- Es raro. Me sentí extraño. Sentí como un calambre en el estómago y de manera inconsciente, la mano en la que sostenía la taza comenzó a temblar. ¿Realmente era ella? Dudé durante unos segundos si levantarme y decirle algo o bien salir y hacer como que no la había visto y que fuera ella la que dijera algo al verme salir, yo estoy seguro de que, por la forma en que estaba sentada, no me había visto. Tomaba, por el tamaño de su taza, apostaría que un café con leche, ella era de eso, quizá con un sobre y medio de azúcar, ya que siempre decía que un sobre le parecía muy amargo y con dos demasiado dulce.
Pero cualquier pensamiento de reacción se desvaneció y quedé allí. Dejé de leer el periódico y no dejaba de mirarla y… recordar. Dicen que cuando estás a punto de morir toda tu vida pasa delante de ti en un segundo, eres capaz de volver a vivirlo de nuevo. Eso me pasaba a mí. Mientras la miraba volví a vivir aquellos años y, como si fuera una película, volví a escuchar la banda sonora de aquellos años, incluso momentos que parecían olvidados volvieron a aparecer. ¿Sabes? Cuando ya se acercaba el final de todo, pocos días antes, recuerdo el lugar y el sitio como si fuera ahora mismo, me dijo: “Sé que algún día escribirás un libro y me lo dedicarás. Contarás esta historia”.
Decidí que no, que era mejor no decirle nada porque, ¿qué se le puede decir a alguien con quien tuviste una historia, más allá de la amistad, de la que llegaste a enamorarte hasta el dolor y hace quince años que no os habéis visto? ¿Qué le podría decir? ¿Hola… qué tal… cuánto tiempo… cómo te va… me he alegrado de verte… a ver si volvemos a vernos algún día… adiós…? No Marino, no… hay gente a la que no le puedes decir eso.
Yo seguía mirándola y desde la distancia a la que me encontraba la veía igual, quizá desde más cerca hubiera podido apreciar el paso de los años. Su pelo estaba un poco más corto y con el mismo color. Entonces hizo algo que me hizo sonreír. Ella solía tocarse la nariz, desde la base a la punta, con los dedos pulgar e índice. No había perdido la costumbre… Miró su móvil, ¿te crees que todavía recuerdo su número? Y seguía hablando con su acompañante, que me confirmó que era su marido cuando se dieron un beso y se levantó, salió de la cafetería y por la ventana vi que se subía a una furgoneta de Seur.
Ella quedó sola mientras acababa su taza. ¡Cuántos momentos tuvimos así! ¡Cuántos cafés mientras hablábamos de cosas que entonces era nuestra vida y de los planes que tendríamos cuando acabásemos! Una vez le dije que ella y yo, algún día, trabajaríamos juntos. Probablemente era una puerta de esperanza…
A los pocos minutos se levantó, pagó y salió. Yo la seguí con la mirada, cruzó la calle y la perdí de vista. De soslayo me di cuenta que en la pared en la que estaba su mesa había un cuadro de París. Ironías de la vida… los dos volvimos, años después, a tomar un café viendo la Torre Eiffel. Como le dijo Rick a Ilsa en la película Casablanca “siempre nos quedará París” y como le dije a ella, una noche que estábamos en el piso viendo esa película en vídeo, “siempre nos quedará esto”. Ese “esto” englobaba todo aquello… quizá porque, en el fondo, yo me veía como Bogart e intuía que ella no se quedaría y subiría al avión.
¿Entiendes porqué no le dije nada? Nosotros tuvimos nuestra historia hace veinte años y allí debía quedar, tal y como acabó. Y, la verdad, no me arrepiento. No me arrepiento de no haberle dicho nada… porque tampoco sé qué le hubiera podido decir. Probablemente, el Plácido de aquella época hubiera hecho otra cosa y, quizá, se hubiera acercado. De la misma forma que a Heathcliff le daba lo mismo que Catherine se hubiera casado con Hindley, él sentía que nada podía romper el vínculo que había entre ambos. Así pensaba aquel Plácido y se hubiera sentado a la mesa para hablar con ella ninguneando al resto. Bien sabes tú lo que hacía, lo que hice, sin pensar en las consecuencias... sólo por estar con ella. Pero no, Marino, no, aquel Plácido quedó allí, aquel día en que ya no había vuelta atrás y la decisión era un sí o un no, un todo o nada... un para siempre o un hasta siempre...
Sé de ella, lo mismo que puedes saber tú. En ocasiones he preguntado a Fernando, que tiene contacto con ella, y me cuenta cosas. Pero mi interés no va más allá de saber que está bien. Y eso fue lo que pasó. Acabé mi desayuno y me levanté. Al salir pasé por su mesa y me di cuenta que en el plato de su taza había un sobre de azúcar vacío y otro abierto que no estaba del todo lleno, y una sonrisa de complicidad con mi pasado se dibujó en mis labios. Como todavía quedaba una hora para la conferencia decidí dar un paseo por la zona. Sin darme cuenta estaba tarareando canciones que hacía años que no escuchaba… ‘Amor te digo amo’, de Bosé; ‘Fruta Fresca’, de Carlos Vives, y, sin duda alguna, la que quizá sería la más representativa ‘Infinito’, de Bunbury. Sensaciones que se sienten si se viven. ¿Sabes? Por un momento parecía que el tiempo no había pasado y que retrocedía 15 ó 20 años... 

Y Plácido calló... permaneciendo con la mirada perdida. Yo lo miraba en silencio y al instante continuó hablando.

Como ya faltaba poco volví al edificio de la conferencia. La verdad es que estuvo muy interesante. El conferenciante era…

Y lo siguiente que hablamos tampoco tiene demasiado interés, las piedras son aburridas. Habiendo contado la historia de Plácido llego a la conclusión de que la casualidad no existe, hay que estar para que ocurra. Supongo que no todos estamos preparados para las casualidades, aunque siempre se tome la decisión más acertada.




sábado, 4 de noviembre de 2017

Elegir vivienda



Comprar o alquilar una vivienda en la que se va a estar mucho tiempo es una de las decisiones más importantes que se pueden tomar a lo largo de la vida. Sí, no exagero, a lo largo de la vida. Durante un tiempo indeterminado (meses, años o, incluso, toda la vida) ese va a ser un mundo que vamos a modelar durante el tiempo que permanezcamos allí. La decisión de comprar o alquilar una vivienda depende de algo más de si nos gusta o no.
Soy de la opinión de que de la misma forma que cuando alguien va a comprar un coche de segunda mano pide a algún mecánico o a alguien de confianza que lo acompañe para testear el vehículo, lo mismo debería de ser cuando se piensa adquirir una vivienda (ya sea en compra o en alquiler).
Soy consciente de que no hay absolutamente ninguna vivienda perfecta, pero una cosa es eso y otra que traten de vender las imperfecciones como inexistentes. En mi caso, he visto un par de viviendas en los que el propietario minimizaba las imperfecciones o, directamente, desconocía que existían. Por ejemplo, a través de los puentes térmicos se pierde una cantidad enorme de energía. ¿Qué es un puente térmico? El CTE (Código Técnico de la Edificación) da una explicación mucho más detallada y extensa, pero para resumir diré que son aquellos puntos de la envolvente de la vivienda por los que puede haber una pérdida de calor al exterior. Esto es debido a uniones con distintos paramentos, materiales o, incluso, una mala ejecución constructiva. Se puede perder entre un 5 y 15 % del calor, ¿quién no ha estado alguna vez sentado en su casa y notaba que le entraba un aire frío por algún sitio? Eso es un puente térmico y probablemente esa persona no sepa que lo tiene. Otros de los efectos pueden ser condensaciones que acaban en humedades, olores, moho, etc. Eso, para mí, es lo más importante (lógicamente suponiendo que no hay patologías estructurales que comprometan la seguridad), pero, claro, hablar de esto a un propietario al que vas has ido visitar su vivienda parece que lo estás ofendiendo. Después estarían las instalaciones: saneamiento, AF y ACS y eléctricas. Finalmente, otras particularidades como podría ser la distribución, superficies, ventilación, etc.
Dicho lo anterior, no se trata de ser quisquilloso. Se trata de saber elegir bien. Insisto con el ejemplo del vehículo, ¿por qué no aprovechar lo que se sepa de mecánica para comprar un coche y en caso de percibir algo extraño no hacer la compra? ¿Por qué no aprovecharse de los conocimientos de construcción y en caso no ser algo óptimo no seguir adelante?

PD. Rectifico. Desde hace tiempo tengo el convencimiento de que la única vivienda perfecta es la de los caracoles, pero esa, por motivos obvios, ni se alquila ni se vende. Suerte que tienen algunos…

martes, 31 de octubre de 2017

El monte de las Ánimas, de Gustavo Adolfo Bécquer



Cuando divises el Monte de las Ánimas no lo mires, sobreponte, y sigue el caminar”. Así mencionaba Gabinete Caligary uno de los enclaves más misteriosos y mágicos de Soria.
El Monte de las Ánimas, situado al otro lado del Duero a su paso por la ciudad, es conocido por pertenecer a uno de los relatos que conforman las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, un paraje marcado por historias dignas de una España desconocida. Sean reales o no las historias que se relatan, Soria guarda un aroma diferente, donde lo imposible se torna fácil, donde uno de los grandes personajes de la Literatura española consiguió esa inspiración que le han convertido en eterno. No fue el único… pero eso es para otra ocasión, en este día toca el siguiente relato.


El monte de las Ánimas

La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria. Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo hice. Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche. Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

- I -
-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche».
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.


- II -
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-: pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada: mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
-No sé...; en el monte acaso.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.
-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer, detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor, que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.


- III -
Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros: muerta, ¡muerta de horror!


- IV -
Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

sábado, 28 de octubre de 2017

martes, 24 de octubre de 2017

La ocasión la pintan catalana



No cabe duda de que al PP el tema de Cataluña le ha venido como agua de mayo. Necesitaba algo que desviase la atención de los mil y un casos de corrupción que los envuelven… presidentes de Madrid encarcelados… sedes embargadas… Esperanza Aguirre… Rajoy paseando por la Audiencia Nacional… Sin contar otros aspectos generales en los que, se pongan como se pongan, son los que son y es que por mucho que hablen de cifras macroeconómicas, la verdadera economía se plasma en cifras microeconómicas, cuando las familias no tienen problemas.
El farol de la herencia recibida y la culpa es de Zapatero ya no cuela. Ahora toca tirar de historia y de unidad de la Patria. Los que tienen cuentas en Panamá y Suiza, los que se benefician de amnistías fiscales hechas a medida, los de obras públicas para amiguetes o sobresueldos iban a enrollarse con la bandera.
No es la primera vez que se dice que Ciudadanos es un partido inventado por los bancos y el Ibex 35. Fue el presidente del Banco de Sabadell en 2014 quien propuso crear un Podemos de derechas. Un partido que frenase la sangría electoral del PP, quizá sea por eso el motivo por el que no se llevan bien, aunque pongan como excusa para en entendimiento la Constitución. Ciudadanos ha renunciado a ser una derecha europea y se ha instalado en algo tan patrio de derechas como el falangismo, ‘falangitos’ los llaman… y pensar que hubo inocentes que creían que estos venían a regenerar España.
¿Y el PSOE? Pssttt, como vaca sin cencerro. Estos son para echarles de comer aparte.
Quizá esto que diga a continuación pueda parecer oportunista, pero siempre he creído (y es posible que lo haya escrito, pero debería buscarlo) que a Felipe VI le prepararían una suerte de 23-F, como a su padre, para poder seguir viviendo de ello lo que le queda de reinado. Jamás he tenido dudas de ello y, en este caso, Cataluña ha servido para tal fin. El Rey, en un acto de felonía digno de la estirpe borbónica, se ha echado en los brazos de su historia familiar. En su discurso sobre Cataluña hubiera sido suficiente decir que en España cabemos todos y que es necesario buscar caminos de diálogo para volver a un reencuentro. Pero no, los Borbones son Borbones y haciendo honor a su apellido ha emulado al peor de todos, a Fernando VII, poniendo sus propios intereses al del país, comenzando por a Napoleón, traicionando la Constitución de 1812 y acabando por abrazar el absolutismo con la llamada década ominosa. El actual Borbón ha puesto su reinado al servicio de un partido que en una autonomía es la quinta fuerza más votada. Ha primado la legitimidad monárquica a la legitimidad democrática. La frase de Pablo Iglesias gana todo el sentido y se llena de razón: “El bloque monárquico aleja más aún a Cataluña de España”.
La única posición responsable ha venido por parte de Podemos. Diálogo y un referéndum para que una Cataluña con argumentos democrático se incorpore a la construcción de una España más fuerte. Pero no, los partidos tradicionales (PPSOE) y los ‘falangitos’ han tensado la cuerda machacando cualquier posibilidad de diálogo.
La extrema derecha está desatada y todo por culpa de la peor clase política que se recuerda. De momento no se puede impedir que la gente vote. Habrá elecciones en Cataluña y PP y PSOE serán partidos residuales en el Parlament… y entonces veremos lo que pasa, que excusa se sacan de la chistera. Cuando las leyes van en contra de la lógica política hay que cambiar las leyes y eso, por desgracia, es algo que no entienden los políticos.
El PP ha usado la palabra democracia cuando le ha interesado. Para esta gente, la democracia nació en 1978 y olvidan el periodo republicano, ¡cómo no hacerlo! Lo contrario sería deslegitimar la dictadura y sus propios orígenes como partido. El partido más corrupto de Europa occidental y parte de la oriental, no contentos con sus fechorías, también pretende robar democracia.
Año 2017, el PSOE ahí está, ayudándoles en lo que necesiten.

sábado, 21 de octubre de 2017

Aislamientos y otras cosas



Esta semana he asistido a unos seminarios de sistemas de impermeabilización, térmicos y acústicos en una empresa que se dedica a la fabricación de esos productos. Fueron sólo dos días, en Tavernes de la Valldigna, un pueblo cercano al mío, así que el martes tuve que viajar para el miércoles y jueves ir a los cursos y volver el viernes.
No cabe duda de que estos cursos son muy interesantes, diría que imprescindibles, por varios motivos. Lo fundamental es que permiten conocer las últimas técnicas y avances en los campos anteriormente mencionados y, al mismo tiempo, tener más alternativas ante un problema y poder aplicar una posible solución.
Madrugué, cogí el coche para desplazarme (está a 20 km de mi pueblo) y a las 10:00 ya estaba allí para empezar. Al principio todo muy bien. Nos dieron la información y la ponente comenzó a hablar sobre acústica (el tema del primer día). Yo estaba atento procurando prestar a tención a todo lo que ella decía, sin tomar anotaciones, más que alguna palabra suelta; jamás me ha gustado apuntar cuando un profesor hablaba, creo que se pierde mucha información, simplemente hay que anotar palabras sueltas para luego profundizar en ellas. Pues bien, a la hora de haber comenzado notaba que me movía mucho en la silla, apoyándome en la mesa o en el respaldo. Los quince o veinte minutos para tomar un café y unas pastas que nos habían sacado fueron como agua de mayor. Aguanté un tirón más hasta la hora de comer. La empresa nos invitó a un ‘restaurante gastronómico’ (no acabo de entender este concepto). Todo estupendo, pero quedaba la tarde que entre la hora de la comida y luego la visita que hicimos a la fábrica se pasó bastante rápido.
Al día siguiente, jueves, tocaba la parte de impermeabilización y aislamiento térmico. Lo mismo que el día anterior, a las 10:00 empezábamos. El profesor, distinto al del día anterior, comenzó hablando de impermeabilización: tipos de betunes y su fabricación, tipos de alquitranes y su fabricación, tipo de láminas impermeabilizantes y su composición. Todo muy interesante, pero yo comenzaba a moverme en la silla. En esta ocasión iba acompañado de cierta pesadez ocular que hacía que mis párpados se bajasen. Suelo levantarme temprano, pero a lo largo del día no tengo la sensación de sueño ni cansancio, probablemente sea porque me muevo y no estoy quieto en un sitio. En esta ocasión sí que la tuve. Igual que un boxeador medio noqueado que se salva cuando suena la campana del fin del asalto, eso fue para mí cuando el profesor dijo que parábamos para hacer un descanso. No uno, sino dos cafés me preparé con la cafetera de nespresso que teníamos; todavía quedaba más de una hora y había que aguantar. Afortunadamente, al contrario del día anterior, fuimos a ver la fábrica antes de comer.
Durante la comida, en el mismo restaurante, comí muy bien. De segundo pedí un estofado al estilo marroquí, un plato que aconsejó el camarero que tenía unas hierbecitas y no sé qué especias. Vale, ya hemos comido y volvemos al aula sobre las 15:00 horas. A la media hora empecé a notar algo en mi cuerpo. No quiero ser muy explícito, así que, para se me entienda, copiaré lo que le pasó a Sancho Panza en la aventura de los batanes.

En esto parece ser, o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese una cosa natural (que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no podía hacer por él”.

Pues así estaba yo mientras el otro hablaba de betunes, poliestireno expandido, extrusiones y otras cosas. Yo no dejaba de acordarme del camarero que me había recomendado el guiso marroquí y pensando qué diablos serían aquellas especias.
Me movía, me quedaba quieto, me contraía y me vino el recuerdo de Felipe V, el primer Borbón, (quién me lo hubiera dicho), que perdió el juicio los últimos años de su vida y entre sus locuras era que le fabricasen una silla en forma cónica para que cuando tuviera ganas de hacer sus necesidades sentarse allí y evitar hacerlo. Loco, pero loco, loco. Allí estaba yo sudando. No tenía espejo, pero de tenerlo seguro que me hubiera visto blanco, amarillo, verde y morado.
Por fin llegaron las 17:00 horas y acabó aquello. Un último esfuerzo, me dije. Nos dieron un diploma de asistencia, nos despedimos todos de todos y yo salí de allí… podría decir como si tuviera un cohete en el trasero… o algo parecido. Ahora hago un largo y placentero paréntesis.
Y hablando del seminario… fue algo muy instructivo e interesante; es un campo dentro de la construcción fundamental; especialmente interesante me parece la parte del aislamiento acústico. El próximo mes hay programadas un par de jornadas enfocándolas a un punto de vista comercial (en esta ocasión iba dirigido a técnicos); no descarto asistir, es más, procuraré organizarme para hacerlo… aunque con un café previo a la entrada y, algo fundamental, sin comer comida marroquí. No mezclar formación con gastronomía exótica.

martes, 17 de octubre de 2017

Micro XV


En un examen de Selectividad preguntaron ‘¿qué es el riesgo? Esto’, respondió un alumno. Fue el único que acertó.
¿Qué es la felicidad? Esto.

sábado, 14 de octubre de 2017

Un pequeño oasis



Tengo la costumbre de ir mirando hacia arriba cuando voy por la calle. En ocasiones, la gente desconoce que existen cosas más allá de la altura de nuestros ojos y es increíble averiguar que hay otra ciudad.
A principios de semana descubrí ‘algo sospechoso’ entre tanta uniformidad rojigualda colgando de los balcones. Ni más ni menos que una bandera tricolor.
No pude resistirme a fotografiarlo, aunque sé que la fotografía no es la mejor por las ramas que la tapan.
Pero, sinceramente, ver tantas banderas me cansa y agobia. Me pregunto si todos estos que cuelgan banderas rezumando patriotismo, no tenían banderas que colgar cuando el Gobierno les daba dinero a los bancos, quebraban las cajas, subían los impuestos, la corrupción se convirtió en seña de identidad o recortaban en Educación y Sanidad.

Dale un pez a un hombre y comerá un día; dale una bandera y olvidará que tiene hambre.

martes, 10 de octubre de 2017

Españolísimo



Creo que es la primera vez en que sin que haya un pretexto deportivo se vean multiplicarse banderas españolas desde los balcones de las viviendas.
Parecía que el nacionalismo español, ese de la exaltación patriótica, había dado paso a una suerte de patriotismo blando e inofensivo. Muchos españoles nos sentíamos orgullosos por motivos deportivos, gastronómicos, culturales… el patriotismo había dado paso a un localismo que hacía enorgullecer por encima de la pertenencia a un país.
Ahora parece que la cosa va mutando y vuelve ese fanatismo de la unidad indivisible de la Patria. Una pasión que a lo lardo de la historia de este país ha sido regada por cadáveres y sangre. Un nacionalismo español que ha defendido su hegemonía en los últimos siglos mediante guerras, cárcel, exilios y venganzas. Un nacionalismo que tuvo dos periodos claramente destacados: 1) durante la invasión napoleónica, con un pequeño resquicio de esperanza en el trienio liberal (1820 - 1823) y una hegemonía durante la ‘década ominosa’ (1823 -1833) personificados en la figura del felón Fernando VII, el caudillo del siglo XIX. 2) Durante la dictadura franquista, sobre la que no hace falta decir demasiado.
Ese nacionalismo jamás se fue. Estuvo aletargado en la derecha y en parte de la izquierda, reciclado en ‘patriotismo constitucional’. Siempre defendiendo sus intereses y chocando con nacionalismos.
El problema no es Cataluña, el problema es esta España que necesita separarse de ese nacionalismo y de, no me cansare de repetirlo, el cojonudismo. España ha cambiado a lo largo de la historia y nada podrá impedir que siga haciéndolo.