martes, 5 de abril de 2016

Menuda palabrita



Creo que todas las personas sabemos cómo somos o, al menos, de qué manera reaccionamos ante ciertas situaciones que se nos pueden presentar; cada uno es de una manera y hay que aceptarlo, es decir, yo tengo que aceptar que las personas con las que me relaciono van a actuar de una manera, lo que no puedo pretender es que actúen y hagan lo que yo querría que hiciera. Digo esto porque, por ejemplo, si yo soy del FC Barcelona y voy a ver un partido contra el Real Madrid con un madridista es normal que el otro grite y celebre los goles de su equipo de la misma manera que lo podría hacer yo. Él tiene que respetarme y yo tengo que respetarlo o, de lo contrario, no volver más a ver un partido juntos.
No sé si es un ejemplo muy válido, pero creo que con lo que voy a escribir en las siguientes líneas se puede entender. De una u otra manera, todos tenemos algún tipo de fobias. Algunas las conoceremos y sabremos que existen cuando nos veamos en situación y otras las tendremos, pero no sabremos que existen ni siquiera como se llaman. Bien, yo me encuentro o me encontraba en el segundo caso; sospechaba que podía tener algún tipo de fobia pero no sabía cuál.
Por ello, gracias a un psicólogo, al final di con la palabra que estaba buscando, una palabra que no había escuchado jamás y que probablemente muchos de los que lean esta entrada tampoco. Tengo filofobia. Sí, así tal cual suena, filofobia. Él me explicó lo que era, pero como yo no soy psicólogo y, probablemente me deje algo lo resumiré diciendo en que es ‘miedo al compromiso’. En internet se puede buscar mucha información al respecto escribiendo ‘filofobia’ o bien ‘miedo al compromiso’.
He buscado algo estos días y de lo mucho que he encontrado, copiaré algo que me parece que lo explica muy bien.


Podría parecer un problema que tiene sólo que ver con alguien a quien no le gusta comprometerse, pero no, la filofobia es el miedo a enamorarse o a entrar en una relación romántica y quien la padece, en casos más graves, puede no solamente evitar amores potenciales, sino que puede dejar de relacionarse con compañeros de trabajo, vecinos, amigos y familiares.
Ahora hablaremos de la más común que es la que ocurre dentro de las relaciones de pareja, esa filofobia que está lejos de ese normal nerviosismo que ocurre al conocer a alguien por quien se siente gusto y atracción, y que se manifiesta con las típicas mariposas en el estómago, no, esta enfermedad provoca un miedo irracional y persistente al amor.
Las personas que la sufren son incapaces de involucrarse emocionalmente con otros y pueden acabar por aislarse de los demás, llevando así una vida solitaria. En casos extremos pueden llegar a experimentar síntomas como sudor, dificultad para respirar, nauseas taquicardia cuando están frente a alguien que pudiera atraerles, por lo que sienten la necesidad de huir de ese lugar de forma inmediata.
La filofobia puede ser altamente incapacitante y en este estado hay personas que temen entregarse, enamorarse o establecer relaciones personales fuertes, se limitan a vivir relaciones sin compromiso, hablar poco de sí mismas, evitar mostrarse como son, poner una “barrera infranqueable” para no sentirse vulnerables; tienden a establecer relaciones simultáneas por el mismo miedo que tienen a ser abandonadas y sus relaciones son una montaña rusa de emociones. Se cree que este tipo de fobia afecta a un 15 % de la población.

¿Por qué se da la filofobia?
Como sucede con la mayoría de las fobias, no hay un consenso sobre las causas que la originan, pero se ha estudiado que puede estar relacionada con sucesos pasados que resultaron dolorosos, como la muerte de un familiar, el divorcio de los padres, una educación muy rígida o una mala experiencia en alguna relación amorosa.
En la filofobia, el temor a entrar en una relación de amor es tan intenso que pone en marcha varios mecanismos de defensa. Igual que una persona se vale de algún arma para defenderse cuando se siente atacada y está en peligro, así mismo la persona con filofobia recurre a ciertos patrones de conducta cuando siente que va a enamorarse, como huir, desaparecer sin dar explicaciones o cortar con su pareja sin causa aparente, dar pretextos inverosímiles.
Vivir con filofobia puede hacernos pasar por relaciones muy tormentosas. Aunque al principio todo va bien, cuando se acerque la hora de avanzar a una etapa de mayor compromiso empezaremos a buscar defectos en nuestra pareja o excusas para convencernos que no debemos seguir a su lado. De una manera no consciente buscamos generar conflictos para terminar con la relación y sentirnos liberados.


Bueno, algo así es lo que me dijo el psicólogo con el que hablé. Quien me conozca personalmente sabrá si esto es cierto o no. ¿Cuál es el motivo? Mis padres no se han divorciado y mi educación no ha sido rígida. Por otra parte, todos hemos perdido a algún familiar y tengo dos cicatrices en el corazón, que si bien, como su nombre indica ya no son heridas, pero de vez en cuando, a pesar de los años, siguen doliendo.
Resumiendo, creo que es así. No se trata de contar mi vida, ni de poner ejemplos concretos, situaciones pasadas o de hacer reflexiones profundas, pero sí… la vida no es un sueño, es real y, para bien o para mal, la realidad es lo que vemos, percibimos y sentimos. Ya lo he dicho en el primer párrafo.

‘‘La gente que ha estado sola mucho tiempo son las más difíciles de amar; se han acostumbrado tanto a estar solos, ser independientes y auto-suficientes que requiere de algo extraordinario para convencerlos que tienen que cambiar’’.

sábado, 26 de marzo de 2016

Eugenias y Sanchos


Iba el otro día de viaje en el tren y no pude evitar escuchar la conversación de dos chicas hablando sobre una tercera, ya que estaban sentadas detrás de mi asiento y eran prácticamente las únicas que hablaban.
El tema era lo que le había sucedido a la que no estaba presente y era que, por lo visto, había conocido a un chico y se habían dado unos revolcones, dicho de otro modo, que habían tenido relaciones sexuales. En ese momento me llamaron al móvil y ya no pude estar más atento, ya que cuando después de diez minutos acabé de hablar lo último que pude escuchar fue: "Menudo cabrón, tía, él pasa y ella está súper jodida".
En esos momentos me vinieron al pensamiento dos circunstancias que vienen muy bien a lo que estoy relatando.
La primera fue lo que le contestó Eugenia de Montijo al emperador Napoleón III cuando éste, ardiente de deseo ante la hermosa granadina, quería convertirla en una más de sus innumerables amantes.
"Necesito verla. Daría mi alma por saber cuál es el camino para llegar a su dormitorio", dijo él.
"Por la capilla, Señor, por la capilla", respondió ella.
Parece ser que a ella le funcionó, ya que en 1853, poco tiempo después de ese encuentro, se casaron.

 
Lo segundo es lo que le sucedió a Sancho Panza, siendo ya emperador de la ínsula Barataria impartiendo justicia. Dice así el caso...
"Luego acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:
—¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y estranjeros, y yo siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego o como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
—Aun eso está por averiguar, si tiene limpias o no las manos este galán —dijo Sancho.
"Y volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:
—Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían. Volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y esta es toda la verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase así como estaba a la querellante; él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas menesterosas y doncellas, y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
—Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer, más asidos y aferrados que la vez primera, ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:
—¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que en mitad de poblado y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.
—¿Y háosla quitado? —preguntó el gobernador.
—¿Cómo quitar? —respondió la mujer—. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos, no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones!: ¡antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!
—Ella tiene razón —dijo el hombre—, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
—Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre y dijo a la esforzada, y no forzada:
—Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena de docientos azotes. ¡Andad luego, digo, churrillera, desvergonzada y embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
—Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie". 


Moraleja: hay que saber historia y leer el Quijote. 

sábado, 12 de marzo de 2016

martes, 8 de marzo de 2016

Cervantes, el hombre que acabó con España



Un magnífico artículo en Jot Down sobre Cervantes y su época. No tiene desperdicio… aunque hay lecturas que no son para cualquier lector.

***

Un viejo pasea por la calle Francos, sujetando unas cuartillas bajo el único brazo que todavía le responde. Es moderadamente pobre y, quizás, infeliz como nunca antes, pero se agarra al desengaño y a dichas cuartillas como únicas motivaciones para seguir vivo. Observa con delicadeza cómo le miran sus vecinos, algunos sin disimular la sonrisa que el viejo escritor les provoca. Nadie lo admira, él es el culpable.
El siglo XVI, ya desde 1492, había marcado el ánimo español con la peor de las armas: el éxito. Este había colocado sobre la cabeza del imperio la corona que lo reconocía como la potencia más poderosa del mundo y, claro, eso no hay ego que lo soporte. Con la península ya reconquistada y unificada, con un nuevo continente aún por exprimir y con una identidad más o menos forjada bajo ese martillo que alguien llamó «la monarquía de todas las Españas», el país comienza a florecer.
El Renacimiento, además, había colocado sobre el tapiz unas cuantas plumas encargadas de dignificarlo. Garcilaso, el poeta soldado capaz de sonetear el amor y de morir durante el asedio a una fortaleza. Los místicos, un grupo poético que encontró, por primera vez en siglos, la llave de lo simbólico.
En lo económico, el pueblo no pasa hambre. O, al menos, vive con la esperanza de dejar de pasarlo. Por muy pobre que uno haya nacido, siempre se puede encontrar la plata en Perú, la gloria en Amberes o el reconocimiento en Lepanto. Es, por tanto, una época feliz. Simplemente, España se había vuelto idealista. Pero el idealismo, como casi toda virtud aquí, dura lo que tarda en abandonarlo el vecino.
Escondida y olvidada, la historia se había cruzado de brazos esperando a que el cáncer se expandiera. Ya cruzaba errante la sombra de Caín que siglos más tarde reconocería el poeta, y ante eso poca cara se podía plantar. El desastre de la Armada Invencible (más tarde victoria en el cómputo general de la guerra, pero desastre al fin), el temblor religioso que sacudía Europa y la enemistad con Francia que se traduciría en la Guerra de los Treinta Años (este sí, el punto final), acabarían con el optimismo español que tantas victorias había originado.
Es en este punto cuando una figura recoge la bandera del fracaso y la ondea con fuerza, demostrando que al mortal le seduce el hundimiento. Pocos sabían que el vejestorio de la calle Francos, todavía llamado Miguel de Cervantes, es esa figura. Figura que, por cierto, solo se conoce a través de su propia prosa:

“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; […] el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; […] Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria”.

A través de su obra, la más universal de todas las hispánicas, se puede caminar por el derrumbe español y, además, divertirse. Nunca fue consciente del papel que la experiencia le había otorgado. Bastante tenía con sobrevivir.

Cervantes: del idealismo al desengaño
Ya en el autorrerrato de don Miguel se adivina la tendencia melancólica de su prosa. Cervantes es, por decirlo llanamente, un fracasado. Guiado por ese ideal renacentista que definíamos antes, se empeña durante su juventud en seguir los pasos de los héroes del XVI.
Cervantes no quiere ser Cervantes, Cervantes quiere ser Garcilaso.
Por eso se enrola en el ejército buscando la gloria en Lepanto. Saldría, como ya se ha reseñado, mal parado. Con la sombra de una cárcel africana pesando sobre su hombro sano, el prestigio militar se diluyó entre párrafos de Bocaccio y versos del marqués de Santillana.
Todavía le quedaba la literatura, un terreno en el que pretende adentrarse a través del género canónico por excelencia: la poesía. Algunos de los nombres que sí gozan de fama y prestigio, entre los que destaca el de Lope de Vega, lo ningunean excluyéndolo de los movimientos que nacen a finales de siglo. El propio Cervantes reconoce su torpeza poética cuando, en Viaje del Parnaso, deja escrito lo siguiente:

“Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo…”
Ya es un hecho, ha fracasado como poeta y como soldado, la pesadilla que siempre le había rondado. Sí nos sirven sus versos como claro ejemplo de la idealización a la que nos referíamos antes. Ambiciona la utopía, esa que a punto estuvo de alcanzar, años más tarde, su personaje más famoso.
Por eso es un poeta renacentista. Le canta al amor ideal, a menudo protagonizado por inocentes pastores que conviven en un ambiente bucólico, un locus amoenus (lugar idílico) que representa la perfección a la que aspira el humanista. Estos versos son el reflejo de una sociedad acomodada, de una posible felicidad. También le canta al gobernante, presente y pasado. Y, por supuesto, a sus poetas renacentistas más queridos. Aquí podemos admirar unos versos para santa Teresa:

“Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada…”

Con la poesía siempre presente, el joven Cervantes también pretende triunfar como dramaturgo. Por supuesto, de nuevo con el fracaso como meta. Y eso que se había subido al carro de la nueva ola dramática que inundaba la meseta. Aquí y allá se construían corrales de comedia que pudieran dar cobertura a la fuerte demanda que público y autoridades arrojaban sobre aquellos primeros dramaturgos.
Cervantes se marca horteradas bestiales. Por ejemplo,  La Numancia, una obra cien por cien renacentista que gira alrededor de un pueblo celtíbero que ha de resistir como sea el cerco romano. Por la escena pululan alegorías, cutres, apariciones en el Duero de dioses clásicos. Tampoco podían faltar las bajadas de pantalones tan habituales en la época frente al entonces rey, Felipe II. Es el culto a la grandeza de la patria y al gobernante, el ideal que Maquiavelo había proclamado con su Príncipe.

“LEONICIO: ¿No es ir contra la razón,
siendo tú tan buen soldado,
andar tan enamorado
en tan extraña ocasión?
Al tiempo que del dios Marte
has de pedir el favor
¿te entretienes con Amor
quien mil blanduras reparte?
¿Ves la patria consumida
y de enemigos cercada,
y tu memoria burlada por amor,
de ella se olvida?
MARANDRO: En ira mi pecho se arde
por ver que hablas sin cordura.
¿Hizo el Amor, por ventura,
a ningún pecho cobarde?”
Por supuesto, ni esta obra ni otras de parecido pedigrí le auparon a gloria alguna.
A todo esto, el Cervantes anterior al derrumbe goza de una posición más o menos acomodada. Se ha trasladado a Esquivias, una localidad manchega relativamente próspera. La familia de su mujer dispone de viñas y olivos que el manco trabajará con dedicación. Además, ha embarazado a alguna que otra mujer allende el matrimonio y el oscuro pasado de su familia parece olvidarse entre aquellos páramos manchegos.
Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como poeta. Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como dramaturgo. Es en Esquivias donde Cervantes fracasa como marido.
Harto de tanto párrafo pisoteado, coge el camino del sur. Ya hemos repetido varias veces que Cervantes era, todavía, un idealista. Quería más, quería la gloria. Abandona a su mujer e intenta acercarse a la corte.
Pero más allá le esperaba la cárcel. El último fracaso. El Barroco.

El Quijote: testigo de un ocaso
Es inevitable que el Quijote ocupe el espacio más importante de la vida de Cervantes y, si me apuran, de la vida de la literatura en castellano. Autor y personaje se habían conocido entre rejas, al amparo de rufianes y malhechores que pronto poblarán las páginas de la novela más leída de la historia.
El Quijote es el testigo perfecto del ocaso del imperio, del fin del optimismo.
La primera señal se percibe en la evolución que lleva a cabo el propio protagonista. En la primera parte, publicada en 1605, podemos ver a un Quijote idealista, que cree en el amor perfecto, en el hombre de formación exquisita, de modales impolutos. Respeta a sus antepasados, respeta el modelo de familia, se debe a la patria e, incluso, se afana en ayudar al que él cree necesitado.
Le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.
Pero, poco a poco, don Alonso Quijano (que alguna vez fue «el Bueno») sufre un cambio que acabará con su vida. Su idealismo se va tornando en un pesimismo feroz. Deja de creer en el amor y en la justicia mientras, por su cabeza, ronda una palabra: melancolía. A medida que el Quijote va recuperando la cordura, en el fondo, solo recupera la consciencia del mundo que ha perdido. El Quijote no muere por haberse deshecho de la locura. El Quijote muere porque por fin puede abrazarse a la tristeza. Y así lo dice Sancho frente a la cama de su amo.
Porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía.
Y es que, si alguien recoge el último capítulo de la segunda parte del Quijote, para mí uno de los mejores fragmentos de la historia de la literatura, se encuentra con una radiografía perfecta del fracaso que aquí hemos relatado.
Por el contrario, Sancho, que es la imagen del hombre que habita aquellos campos («sancho pueblo pronuncia sanchas palabras»), recorre el camino contrario. En la primera parte, se muestra realista, tiene un refrán para cada situación y parece imposible que se aúpe a la locura de su amo.
Sin embargo, la obra transcurre, Sancho se quijotiza y comienza a arañar con sus manos las mismas ínsulas que antes solo anhelaba. Sancho no sabía que las ínsulas, por desgracia para todos, ya se habían hundido bajo nuestra propia codicia. No quedaba nada por arañar. Algo parecido había pasado en España, había que conformarse con tocar la riqueza de una manera falsa. Ya no se aspiraba a ella, simplemente se recordaba.
Así describe al Quijote su propio escudero un par de capítulos antes del final:

“El verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; […] Y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente”.

Cervantes ha llegado al Barroco. El mismo arcabuz con el que había perdido un brazo en nombre de España ahora le sirve para disparar contra su propio pueblo. Los pastores que disfrutaban de la naturaleza en el primer Quijote ahora se han convertido en nobles que arruinan sus haciendas, gobernantes que engañan al pueblo, caballeros que ya no creen en nada.
Alguien necesitaba asestarle una puñalada al imperio ya moribundo. La muerte de Alonso Quijano, el Bueno, atravesó el costado hispánico provocando una herida mortal. Cuatro siglos después, el grito todavía puede ser escuchado en cualquier rincón del mundo hispánico. España había muerto.

Cuarto centenario
Han pasado cuatro siglos desde el paseo por la calle de Francos. Han pasado cuatro siglos desde que los vecinos acusaran a aquel pobre viejo de haber prostituido a su hija, única fuente de ingresos con la que por entonces contaba. Cuatro siglos desde que el grupo de intelectuales españoles lo ninguneara por dedicarse a narrar y no a componer. Cuatro siglos desde que sus novelas empezaran a piratearse sin descanso, desde que sus traducciones se multiplicaran.
A lo lejos puede ver la mansión en la que vive Lope, el célebre dramaturgo al que todos veneran. Un lugar muy diferente a su triste piso de alquiler. No le importa. Bajo el brazo sostiene con firmeza su última creación. Con la certeza de haber sido testigo del final (algo de lo que, quizás, no puedan presumir aquellos intelectuales que no han querido aceptar sus párrafos desde la ventana de sus lujosas mansiones), acaricia dulcemente sus cuartillas. Entre ellas, además de su magnífico Persiles, viaja un prólogo maravilloso, que termina así.

“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida”.

Porque en esta, él ya lo sabía, poco le quedaba por hacer.

sábado, 5 de marzo de 2016

Micro IX


No llueve eternamente... no siempre lloverá.

sábado, 20 de febrero de 2016

El camino



Creo que fue en 1º de BUP cuando el profesor de literatura nos mandó leer ‘El camino’, de Miguel Delibes, para mí la mejor novela que he leído después de ‘El Quijote’.
La sinopsis es la siguiente: Daniel, el Mochuelo, un niño de once años, hijo de una familia muy humilde que vive en el campo, debe partir al día siguiente a la ciudad para continuar sus estudios, ya que su padre quiere que sea el día de mañana un hombre de provecho y que tenga un futuro; es por ese motivo que no ha dudado nunca en hacer un montón de sacrificios con el fin de poder ahorrar lo suficiente para poder costearle a su hijo el bachillerato.
Daniel, la noche anterior a su marcha, no puede conciliar el sueño y rememora lo que ha sido hasta ese día su vida en la aldea. Recuerda todos y cada uno de los lugares y habitantes de su pueblo y, especialmente, todas las correrías que ha protagonizado junto a dos de sus mejores amigos: Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso.
Al día siguiente se levanta y emprende, en contra de su voluntad y no sin cierto desasosiego y miedo ante lo desconocido, este nuevo camino que se abre ante él lleno de posibilidades. Nada volverá a ser igual.
No me costó verme identificado con el Mochuelo. Ese año era la primera vez que yo ‘salía de casa’, era mi primer año en el internado; los lunes a las 6 de la mañana cogía el autobús y me dejaba en el mismo sitio el viernes a las 4 de la tarde. Tenía 15 años y para mí era algo totalmente novedoso. Mientras mis amigos se quedaban en el pueblo yo me iba fuera, a tratar con gente que no conocía y de distintos lugares de origen; sin duda alguna, fue algo que, en cierto modo, me hizo madurar más rápido.
Mi idea era quedarme en el pueblo, estudiar FP o BUP, con calma, y luego meterme a trabajar en una oficina el resto de mi vida, conocer a una chica, casarme, tener hijos, criarlos… sin salir de mi pueblo… siendo uno más… sin mayores aspiraciones que esas.
Supongo que, igual que para el Mochuelo, el pueblo y todo lo que lo rodea era suficiente en la vida, ¿para qué más? Pero mis padres no pensaban lo mismo.
Después, cuando fui a la universidad, la noche antes de irme, volví a acordarme de Daniel, el Mochuelo; Roque, el Moñigo; Germán, el Tiñoso, y de mis tiempos en el internado.
Ahora, de nuevo, tengo que seguir El Camino.

“¿Es verdad que te vas a ir a la ciudad?”, pregunta Uca-Uca.
“Sí, dentro de unos meses, mi padre quiere que progrese”, responde Daniel.

Esta es la serie que emitieron en TVE allá por el año 78, a pesar de haberla comprado hace años en DVD solamente la había visto una vez. Mientras escribo estas líneas la vuelvo a ver… y a recordar…

martes, 16 de febrero de 2016

Las bodas de Isabel, la tragedia de ‘Los amantes de Teruel’


Aunque haya gente que lo desconoce, Teruel existe. Sí, Teruel, la pequeña capital con el mismo nombre de la provincia. Un territorio en el que siempre se descubre algo; de norte a sur y de este a oeste, desde San Martín del Río a San Agustín y desde La Iglesuela del Cid a Frías de Albarracín. Pero esta entrada no va de ninguno de sus pueblos o lugares, ni siquiera va directamente de la propia capital. Simplemente trata de un acontecimiento del que mucha gente ha escuchado hablar: los amantes de Teruel.
La historia se desarrolla en el Teruel del siglo XIII. Juan Diego Martínez de Marcilla e Isabel de Segura, son dos niños que su amistad desde tierna edad acaba transformándose en amor con el paso de los años. Cuando pretenden casarse, don Pedro, padre de la novia, se opone por motivos económicos; ella es una rica heredera y él es el hijo segundón de una familia y apenas cuenta con herencia. Marcilla pide un plazo de tiempo para conseguir fortuna y consigue que el padre de su amada le conceda cinco años durante los cuales le promete que su hija no se comprometerá con ningún hombre. El joven parte a la guerra con el rey de Aragón, único modo de hacer fortuna en aquella época, mientras Isabel se queda esperándolo en la ciudad.
Fue pasando el tiempo y a Teruel no llegaban noticias del joven caballero, que tras muchas batallas iba acumulando la fortuna necesaria para presentarse ante la familia de su amada y lograr el consentimiento para la boda. Ante la falta de nuevas, el padre de la novia pensó en buscar para su hija algún ricohombre con quien casarla y puso los ojos en don Pedro de Azagra, hombre poderoso y hermano del Señor de Albarracín.
Poco antes, Juan Diego de Marcilla, que ya había conseguido suficiente riqueza en la guerra, se puso en camino para llegar a Teruel en la fecha que el plazo terminaba. Ese mismo día, las familias de Azagra y de Segura habían celebrado, contra la voluntad de Isabel, las nupcias de sus hijos y cuando el joven entra en la ciudad tiene noticia de la boda. Desesperado, esa misma noche escaló la casa de los recién casados y entrando en los aposentos de la novia le pidió un beso que ella, como mujer casada, le negó. Ante el dolor que el hecho le produce, don Diego cae muerto.
Al día siguiente, mientras se celebrada el funeral en la iglesia de San Pedro, una mujer con el rostro enlutado se acerca al féretro de Diego; es Isabel de Segura quien, levantándose su velo y apartando el que cubría el rostro de Marcilla, va a darle en muerte el beso que le había negado en vida para, acto seguido, caer muerta junto al cuerpo de su amado. Ante tal hecho, las familias deciden enterrarlos juntos. Esto es lo que cuenta la tradición. Podremos creerlo o no… pero es así.
Hoy en día, pueden visitarse sus restos bajo unas magníficas esculturas de Juan de Ávalos, en un mausoleo adosado a la iglesia de San Pedro.


La leyenda que he acabado de contar es lo que se representa en Teruel el siguiente fin de semana a San Valentín, concretamente es la boda de Isabel, la llegada de Diego y la muerte de ambos (la partida se celebra meses antes, durante el primer fin de semana de octubre). Se trata de cuatro días, de jueves a domingo, en los que la ciudad retrocede al Medievo, incluso la gente, habitantes y forasteros, va vestida igual que en el siglo XIII. Este jueves comienzan los actos y finalizarán el domingo.
Hace muchos años que conozco estas fiestas (‘los medievales’, las llaman los turolenses), creo que desde el segundo o tercer año que se celebran y éste se cumple el vigésimo aniversario. Pero únicamente he estado un par de veces, la primera en 2012 y la segunda en 2015, el año pasado. En esos días eres un turolense más; las visitantes triplican en número a los habitantes de la ciudad y para poder ver las representaciones es importante estar con antelación en el lugar… pero merece la pena. Es un espectáculo inolvidable.
Después, el domingo por la noche, cuando ya ha acabado todo, pasear por Teruel… con su característico frío seco envolviéndote. Parece mentira que donde pocas horas antes había miles de personas no haya nadie… y la ciudad vuelve a la normalidad y mi corazón, como el de Juan Diego, se va rompiendo pensando en mi próxima partida.
Este año no estaré físicamente, pero sí, estaré de otra forma. Quién sabe si el próximo año, o al otro, o al otro… no lo sé, este año tampoco estoy donde pensaba que iba a estar así que… pero al igual que Diego, volveré a Teruel.



Si alguien quiere información, esta es la página oficial de la Fundación Bodas de Isabel. Este es un vídeo promocional de este año. Las representaciones corresponden a 2015. Sin duda, uno de los momentos más emocionantes fue cuando el cantante de Lurte, un grupo aragonés que recuerda la música de los almogávares, canta frente al cadáver de Diego la canción ‘La luz del alba’.


sábado, 13 de febrero de 2016

Ojos de gata


Enrique Urquijo pertenece a una generación de genios irrepetibles. Arte, sentimiento, poesía, talento, dones ilimitados destinados a unos pocos… y no supieron o no quisieron vivir con todo eso; hasta su muerte tiene un halo de rabia al pensar todo lo que hubieran podido seguir creando. Y pluralizo porque en el mismo escenario que Urquijo coloco a Antonio Flores y a Antonio Vega. Me quito el sombrero y hago una merecida reverencia.
No es la forma, ni el contorno, ni el tamaño, no me refiero a medidas ni escalas, tampoco es el color, ni el brillo, aunque posean esa exactitud verde que es capaz de parar el tiempo… es una sinergia.
¿Qué dicen? ¿Qué expresan?… ¿Inteligencia, sabiduría, cultura, lujuria, deseo, placer, ironía, sarcasmo, perdición, locura…?

“Sólo canto si tú me demuestras
que es verde la luz de tus ojos de gata”


Ojos de gata que penetran.
No hables… no digas nada… silencio...

Escucha...



martes, 9 de febrero de 2016

PP = Partido Podrido



En este país, si quieres vivir bien y sin problemas tienes que ser del PP. Como seas una persona decente y honrada lo tienes jodido, evidentemente, entre otras cosas, porque con esas cualidades uno jamás puede ser del PP.
Todos hemos visto la cara de lerdos que ponen estos tíos cuando pillan a gente de su partido con las manos en la masa. Ya sabemos los argumentos que dan: “La justicia es igual para todos… el que la haga que la pague… no nos temblará el pulso…” y muchas majaderías del mismo estilo que entran dentro de la lógica, pero que solamente los imbéciles son capaces de creerse.
Pero lo más vergonzoso y vergonzante que he escuchado respecto a la corrupción de este partido ha sido a una diputada pepera diciendo que “30, 40 ó 50 personas no pueden manchar la trayectoria de un partido con cientos de miles de afiliados honrados”. Creo que es un consuelo, es un consuelo que haya solamente “30, 40 ó 50”… ¿alguien se imagina lo que sería este país con 300, 400 ó 500 personajes así? No nos dejaban ni los calcetines. Si con la cantidad que ha dicho esta mujer ya ha habido suficiente para arruinar el sistema financiero de la Comunidad Valenciana, convirtiendo esa rica región en el símbolo de la corrupción política, saqueando las arcas públicas y no dejando ni las telarañas ¡qué pasaría con más sinvergüenzas como estos desparramados por todo el país!
Pero donde quiero llegar es a la falsedad de que unos pocos no son representativos, ¿cómo que no? ¡Por supuesto que lo son! Hagamos un paralelismo temporal e ideológico. La Alemania del 33 al 45 siempre será recordada como la Alemania nazi, ¿Qué habría alemanes que no fueran nazis? Por supuesto, pero lo que queda es lo que queda; igual que en España no todos eran franquistas pero cierto periodo siempre será la España franquista. Con esto de la corrupción pasa lo mismo. Los que predominan y destacan son los corruptos, ¿y por qué? Porque hay gente que los apoya. Porque hay siete millones y medio de españoles que han dicho ‘señores, nosotros queremos corrupción’ Porque es gente que desconoce el sentido de las palabras honradez, decencia y dignidad y añadiría que son gilipollas por permitir que otros, gracias a su voto, saqueen las arcas públicas y se llenen los bolsillos.
Que no venga esta señora o señorita diciendo que son “30, 40, ó 50”. Los jerarcas nazis tampoco eran muchos más, pero estaban ahí porque tenían el respaldo de la gran mayoría de la gente; por lo tanto son todos iguales: unos por hacerlo, otros por no enterarse de nada y otros por permitir, gracias a su voto, que lo sigan haciendo. Un pueblo que elige a sus corruptos no es víctima, es cómplice. Si yo escondo en mi casa a un ladrón de bancos... ¿qué sería? ¿Tendría alguna responsabilidad? Pues eso.
Queda una opción. Renegar de ese partido llamado PP, que es un antro de corrupción, y no querer saber nada de él. Pero para eso, como he dicho al principio, hay que ser una persona decente, honrada y querer ganarte la vida de una forma digna.

Pero pongámosle un poco de humor a tanta porquería. Ayer, en ‘El Cascabel’, en 13TV, el presentador Antonio Jiménez estaba indignado porque Manuela Carmena había dicho que “ETA era un movimiento político”. ¡Hay que ver que tremendos se ponen estos fachas! Todo el facherío del plató alborotado, parecían gallinas; no reproduciré lo que dijeron porque nadie que no lo haya escuchado podría creer tales sandeces... y doy fe que cuando el facherío está inspirado cualquier cosa es posible.
Da la casualidad que en el programa había una invitada que, por lo visto, es más moderada y preguntó: “¿Qué diferencia hay entre lo que ha dicho Carmena y lo que dijo Aznar cuando se refirió a ETA como ‘Movimiento Vasco de Liberación’?” Los fachas no sabían qué decir, salvo que “no es lo mismo, no es lo mismo, no es lo mismo…”. La solución la puso el presentador: “No se vayan, vamos a unos anuncios publicitarios y enseguida estamos con todos ustedes. Hasta ahora”. Por supuesto que a la vuelta de publicidad ya no tocaron el tema. ¡Ay! Las noches de 13 y los fachas…

sábado, 6 de febrero de 2016

Quasimodo, el Titán



Es triste como una persona es capaz de arrastrarse, dejando a las babosas como ejemplo de dignidad, por no entender un ‘no’, ‘paso’, ‘déjame en paz’ y otras expresiones que se nos podrían ocurrir.
Una vez han suplicado, se han humillado y revolcado en la más absoluta indiferencia y desprecio, entra un pequeño soplo de restos de decencia y arremeten pretendiendo levantarse como titanes cuando no son más que copias de Quasimodo, el jorobado de Notre Dame. Y es que en el mundo tiene que haber de todo.
Como dice Calamaro: “Brindo contigo… ¡Salud!”
Al fin y al cabo es lo que se dice al brindar… aunque no sea cierto.