martes, 26 de julio de 2016

Últimas soledades del poeta Antonio Machado



Cumpliéndose hoy el aniversario del nacimiento de Antonio Machado (1875) no podía, de otro modo, más que dedicarle esta entrada. Del poeta se ha escrito mucho, casi siempre teniendo como eje central su poesía. A través de ella hemos podido conocer las distintas etapas por las que pasó en su vida. Pero hay algo del poeta que probablemente no se conozca: como era el hombre.
Hace años tuve la suerte de coincidir con un admirador de la figura de Machado que me proporcionó varios libros y artículos, ¡qué ratos pasábamos hablando del poeta! Entre ellos había uno que yo desconocía y me llamó la atención por encima de todos: ‘Últimas soledades del poeta Antonio Machado’, un manuscrito escrito por su hermano José en 1940 durante su exilio en Chile y que en España estuvo inédito hasta el año 2008 (más o menos cuando coincidí con la persona que me lo facilitó). Aquí se conoce al hombre, al hermano… cosas que solamente pueden ser contadas por aquel que las vivió en primera persona. Su prólogo ya nos aventura que estamos ante algo más que una biografía.

[…] José Machado, el menor de los tres hermanos, exiliado con su familia en Chile, decidió escribir este libro en el que aparece una visión personal e íntima de su hermano, Una visión que está, por cierto, acompañada de muy acertados juicios sobre la poesía machadiana.
José acompañó a Antonio cuando poco antes de su muerte se acercó por última vez, ya en Francia, al mar. Fue él quien encontró el último verso de Machado “Estos días azules y este sol de la infancia”; y fue él quien estuvo a su lado en el momento de su muerte, el 22 de febrero de 1939, como estuvo acompañando a su madre cuando, gravemente enferma, falleció unos días después que su hijo Antonio. José fue testigo de excepción no solamente de ‘las últimas soledades’ de Machado sino también de otras anteriores. […]
Desfilan por las páginas de este libro de José Machado, que era pintor, comentarios sobre los gustos literarios de Antonio Machado, sobre su admiración por su amigo Rubén Darío pero su preferencia por el modelo poético de Bécquer, sobre su amistad con Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Valle Inclán, Maeztu, Villaespesa, Ricardo Calvo y Antonio de Zayas... Descubrimos a un Antonio Machado entregado a sus manuscritos, escribiendo y corrigiendo hasta altas horas de la madrugada. Su mundo era su obra -como demostró en los años que pasó en Soria y luego en Baeza, y más aún durante la guerra civil- no era nada sin el mundo. El mérito, entre otros muchos más, de este libro es recordarnos que la tragedia de Antonio Machado es la tragedia de España. Sus "últimas soledades", son las que le impusieron a él y a los suyos -y, por tanto, a todos nosotros, hasta a quienes pertenecemos a generaciones posteriores- aquellos vencedores”.

Pero en cierto modo así es como se veía él. Una descripción de sí mismo que consigue un distanciamiento con el sujeto que va a describir, como su lo estuviera viendo desde fuera y, de esa manera, ser más objetivo, aunque, en algunos momentos aparezca la subjetividad… es difícil hablar de uno mismo y evitar por completo expresar algo de lo que siente.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Un poema cumbre de la obra machadiana. Completo. Como si el poeta hubiera ascendido a la cima de una montaña desde donde contemplara toda su existencia que comienza en el primer verso, tanto en el tiempo como en el espacio ‘infancia’ y ‘Sevilla’, para acabar en la última estrofa, también en el tiempo y en el espacio: ‘El día del último viaje’, ‘el mar’. Pero… esa estrofa jamás ha sido escrita: Antonio Machado sigue vivo, renace con cada pensamiento y lectura de su obra. Hoy, más que nunca, pero igual que siempre, porque, como él dijo, “Hoy es siempre todavía…”. 

2 comentarios:

Maikel Urrutia dijo...

Donde están los Machados, los García Lorca o los Hernández ¿hoy día? Creo que la poesía ha decaído mucho, y los poetas no son los de antes en donde se jugaban la vida en muchos casos y tenían otra forma de ver la vida y sobre todo un sentimiento que hoy día creo que falta. Aunque igual estoy equivocado por que la poesía no es lo mio, pero tengo el libro soledades y espero leerlo este verano.

Marino Baler dijo...

No, no te equivocas. Hoy no hay literatos de ese calibre. Encima da pavor pensar lo que hubieran podido continuar haciendo: Lorca fue fusilado con 38 años, Machado no era anciano para morir (63), Juan Ramón tenía la misma edad cuando se exilió, Hernández 31 cuando murió, Alberti la misma al exiliarse, más los que fallecieron en la guerra... Entre finales del XIX y hasta la guerra civil hubo unos excelentes literatos que vieron cercenada su carrera. España tuvo un Siglo de Oro, en el siglo XVII, tuvieron que pasar trescientos años para lo que se conoce como la segunda edad de oro de las letras españolas... mucho me temo que habrá que esperar otros tres siglos para ver que las letras españolas vuelvan a brillar con el mismo nivel.
Soledades... fantástico, muy buena elección. Uno de mis mayores placeres ha sido leer a Machado en Soria, a orillas del Duero.