martes, 13 de enero de 2009

Una pausa en la eternidad



Me iba a visitar a mi abuelo cuando por la calle me encontré con Plácido. Cuando se lo comenté sonrió y me preguntó si podía acompañarme. Yo no me negué y le dije que lo hiciera.
Le llevaba unas cuantas naranjas y nos invitó a tomar un café. Estuvimos hablando, los tres, de unas reparaciones que van a hacer en un puente y de otras obras que modifican la fisonomía del pueblo cada cierto tiempo. Cuando acabamos el café nos despedimos y nos fuimos. Mi abuelo se quedó pelando una naranja con la ilusión de un niño que abre un regalo perfectamente envuelto.

Íbamos caminando y Plácido callaba, no decía nada.

¿Por qué estás tan callado? ¿Qué te ocurre? – Le pregunte con curiosidad.

Nada, simplemente que me ha gustado estar con tu abuelo. – Me contestó sonriendo.

Seguimos caminando y le sugerí que tomásemos un café en un bar que había cerca. Él accedió. Nos sentamos en una mesa y yo me pedí un cortado con hielo y él un café.

He visto a tu abuelo muy bien. Se nota que se cuida – Me dijo, mientras miraba el café y le daba vueltas con la cucharilla.

Bueno tiene sus cositas, propias de la edad, pero el hombre está bien. – Contesté orgulloso.

Eres muy afortunado, por seguir teniéndolo, cuídalo mucho. – Me respondió con una voz melancólica. – ¿Sabes? Hoy hace años que perdí al mío. Lo sigo recordando todavía con cariño.

Cuando me dijo eso, ya sabía lo que pasaba por su cabeza. Si no lo conociera pensaría que simplemente estaba recordando una fecha, pero no, no era eso. Estaba recordando a su abuelo y todo lo que ello significaba.

¡Cómo pasa el tiempo! – Dije, sin saber que decir.

Si, hace mucho tiempo si miramos el calendario, pero para mí es como si hubiera sido ayer mismo. – Me contestó dando un sorbo al café y encendiéndose un cigarro al instante.

Yo bebía de mi taza, lo miraba y al mismo tiempo me acordaba de lo que decía. Recordé aquellos días. Hacía menos de dos meses que la leucemia se había llevado a su novia con apenas 18 años. Plácido estaba abatido. No fue a clase hasta después de Navidad y apenas salía de casa. De vez en cuando iba a visitarlo y lo sacaba para ir a tomar un café y que se despejara.

Un día me llamó por teléfono. Cuando colgué supe que estaba herido de muerte, que tardaría mucho en recuperarse.

Mi abuelo ha muerto. – dijo con serenidad aparente.

Lo siento. – Es lo único que pude decir y acto siguiente me colgó el teléfono.

Esa noche, anduvo perdido, caminando sin sentido, toda la noche hasta el día siguiente. A raíz de aquel día ya no volvió a ser el mismo. No había cumplido los 20 y su mundo ya se había desmoronado. No tenía ilusión por nada, había perdido, primero, lo que más ilusión le producía y, segundo, lo que más quería. Dejó de ir a clase y perdió todo el curso, adelgazó alarmantemente y apenas hablaba. Nunca salía de casa a no ser que fuera extremadamente necesario, no llamaba a nadie. Cuando iba a visitarlo siempre estaba en su habitación mirando el techo en un punto fijo, incluso llegué a temer que alguna mala idea se le pasase por la cabeza. En dos horrorosos meses había perdido a dos personas muy importantes en su vida y eso fue un golpe muy duro de superar. Se había convertido en un fantasma que deambulaba por su casa. Plácido estaba mal, muy mal.

¿Cómo recuerdas a tu abuelo? – Me atreví a preguntar.

– Antes lo recordaba con rabia. Ahora lo recuerdo con pena y con esperanza. – Me contestó.

¿Por qué con rabia? – Pregunté asombrado.

– Rabia, porque me dejó solo, porque no tenía derecho a irse sin mí. Porque era la persona que más quería y a alguien a quien quieres tanto, no puede dejarte así ¿Acaso crees que no me hubiera gustado irme con él? Mi vida tiene un antes y un después de la muerte de mi abuelo. Me lo dio todo y me lo quitó sin avisar. Yo era joven ¿sabes? Tenía 19 años y no sabía nada ¡Cuánto le quedaba por enseñarme! ¡Cuánto nos quedaba por hablar! Yo empezaba a descubrir el mundo a esa edad, empezaba a tener pensamiento propio en política y quería ser como él, porque, de pequeño, lo oía hablar y me quedaba asombrado pensando que algún día hablaríamos los dos y me enseñaría lo que él sabía. Empezaba a leer al poeta que el tanto admiraba y que me iba inculcando poco a poco. Me hablaba de ese libro del loco caballero que yo no había leído porque me parecía algo titánico. Era mi mejor amigo. Era todo lo que se puede pedir, todo lo que un niño puede desear de un abuelo yo lo tenía y de repente todo eso acabó. – Contestó con una rabia contenida en sus palabras, como reprochando algo.

No lo dudo, Plácido. Me imagino que podrías continuar hablando horas de él ¿Por qué lo recuerdas con pena y esperanza? – Dije para ver si se tranquilizaba.

¿Sabes? Hasta hace poco pensaba, que si en algún lugar me está viendo que sintiese lo mismo que yo sentía, el mismo dolor que yo tenía al faltarme y que entendiese que se había portado mal. Pero no, ahora no. Ahora solamente tengo buenos recuerdos y palabras de agradecimiento por todo lo que me enseño. Puedo decir que fui afortunado por haberlo tenido durante muchos años y por haberme enseñado lo que él me enseñó. Por eso quiero ser padre y algún día abuelo, para transmitirles todo lo que él me transmitió a mí para hacer con ellos lo que mi abuelo hizo conmigo. Dicen que un niño sin abuelo es un niño sin historia y yo puedo decir que la mía es maravillosa y que no terminará el día que él murió, porque yo la continuaré donde él la dejo. – Contestó con una voz ilusionada.

Estoy seguro que así será, Plácido, no lo pongo en duda. – Dije eso, al tiempo que apuraba los últimos sorbos de mi taza.

¿Sabes que en el fondo pienso que algún día lo veré? – Dijo al tiempo que sonreía. – Es una sensación que tengo o al menos quiero pensar que es así. Será en el viejo monasterio
¿Por qué allí? – Le respondí intrigado.

Pues bien, la primera vez que estuve allí, me llevó él. Yo tenía 9 años. De pequeño me apasionaban los castillos pero nunca había visto uno. Un día me dijo que me llevaría a visitar uno que estaba en el pueblo. Yo no me lo creía y esa noche no pude dormir. Al día siguiente cogí la bicicleta y fui a su casa y nos fuimos los dos con su moto, recuerdo que tenía una mobilette. Cuando llegamos allí aquello me pareció asombroso, lo más grande que había visto en mi vida y lo veía gracias a mi abuelo y él estaba conmigo. Desde entonces es un sitio especial para mí. Siempre que necesito pensar voy allí para hacerlo. Por eso, muchas veces, en momentos de soledad he pensado que al morir volveré a aquel sitio, transformado en un niño de 9 años y mi abuelo estará esperándome en la entrada. Yo le daré un abrazo y le diré: “Te quiero, no me dejes más” y él me contestará: “Ahora tenemos toda la eternidad para nosotros” y cogidos de la mano desapareceremos en aquel valle para siempre. En eso quiero creer, en que al final este tiempo ha sido una breve separación si no ¿qué sentido puede tener la vida? – Me contestó con un brillo en los ojos que hacía tiempo que no veía.

Es cierto, quizás esta vida solamente sea una pausa en medio de toda la eternidad. – Le dije, posiblemente, contagiado por su optimismo.

Después de este diálogo nos levantamos y nos fuimos. El había quedado con su padre y yo me iba a casa. Por el camino iba pensando en la conversación que habíamos tenido. Cuando me dí cuenta, había vuelto, de nuevo, a la casa de mi abuelo.

11 comentarios:

Parsimonia dijo...

No sé por qué me da que Plácido es tu alterego.
Tener unos buenos abuelos es tener un tesoro.
Yo sólo conocí a dos y ahora sólo me queda mi abuela, a la que adoro, porque me crié con ella mucho tiempo.
Las historias de los abuelos son maravillosas y yo siempre le pido a mi abuela que me repita sus batallitas del pasado.
Por ejemplo, cuando se puso en la puerta sin dejar pasar a dos guardia civiles en la época de franco porque mi tío escondía una bandera de la china comunista y otra de la república española.
Eso es tener agallas.

Por cierto, el detalle de la naranja es muy valenciano, nen ;D.

Only dijo...

Es un placer ir conociendo poco a poco a Plácido de tu mano.Es una preciosidad de escrito, y tiene una curiosa mezcla de serenidad, placidez ( y no intento hacer ninguna ironía) y nostalgia. Es una suerte saber plasmar así pensamientos y sentimientos...felicidades.

Qué misteriosa, esa conexión que tenemos con algunas personas que parece que ya no están aquí, verdad?
Y he dicho "parece" adrede.

Un abrazo,

Luis López-Cortés dijo...

Totalmente de acuerdo con Only ¿Cómo no?
Amigo, te estás convirtiendo en un juglar (me vas a quitar el puesto). Compartir estas historias es compartir un trocito de ti mismo y se agradece mucho en esta época cada vez más egoísta y más hemética.
Gracias por el relato. Un placer leerlo. Un placer leerte.
Saludos.

Anónimo dijo...

Ha sido increible leer tu relato. Me he sentido muy identificada. Mi abuelo ha sido la persona de referencia en mi vida. Nunca conoceré a otra persona como él. Siempre he pensado lo injusta que es la vida,que se lleva siempre a las personas buenas. En fin, como se comenta por aquí, siempre estarán entre nosotros.
Gracias por tu escrito Marino, ha sido precioso.

un beso
Marta

Marino Baler dijo...

Parsimonia; Lo que ocurre es que ha Plácido lo conozco de toda la vida y quizás pueda parecer yo mismo.
Realmente las historias de abuelos son las mejores. Yo disfrutaba con los míos como no lo he hecho con nadie. Y las historias de la guerra ¡¡bufff!! Mi abuelo era de la CNT así que imagínate él y mi abuela, vivieron con la espada de Damocles durante muchos años.

Lo de las naranjas es por hacer honor a la tierra.

Un besset.

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Only; El hablar de los abuelos siempre es algo que causa emoción. Quizás sea una de las figuras más importantes en la infancia de un niño, posiblemente, por encima de los padres. Como bien dices, creo que nunca dejan de estar con nosotros, siempre hay un momento en que los recordamos sin saber porqué.

Un abrazo.

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Luis; Maestro, quitarte el puesto de juglar es algo imposible. Gracias por tus palabras. Un placer que me leas.

Saludos.

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Marta; Realmente, sustituir la figura del abuelo es algo prácticamente imposible. Creo que es un rol que ellos toman sin proponerse no lo deciden, simplemente lo hacen de forma natural. Gracias por comentar, navarrica.

Un beso.

myself dijo...

Siempre que escribes sobre Plácido me produce un sentimiento de ternura hacia sus historias.
En esta historia yo me veo un poco reflejada ya que para mí, mi abuelo, era tan importante como mis padres. Mis recuerdos de mi infancia están ligados a su figura y aunque hace muchos años que nos dejo no pasa ni un solo día que no lo recuerde.
Gracias por compartirlo.

Anónimo dijo...

Hola Marino,

Deberíamos estar más preparados para afrontar la muerte. Entenderla como una parte más de la vida y deberíamos disfrutar mucho más de las pequeñas cosas que tenemos al rededor. Seguro que todos nos hacemos este propósito muchos veces pero quién lo consigue? Reconozco que yo no, soy de las que necesitan tropezar en muchas más que dos piedras para aprender la lección. C'est la vie.

Amen de esto, el texto precioso, coincido con todo lo que te han dicho.

Cuídate mucho!

Marino Baler dijo...

Myself; Ciertamente la figura de los abuelos es algo muy entrañable para todos. Creo que, para muchos, es una figura insustituible en nuestras vidas.


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Anónima; Bienvenida a mi blog. Posiblemente las cosas que tenemos alrededor las apreciamos al perderlas y quizás por ello las recordamos con nostalgia. Nos acostumbramos a ellas y nunca pensamos en perderlas.

Un saludo.

Pandora dijo...

Me ha gustado mucho la historia, ¿es real?
Un saludo.

Marino Baler dijo...

Pandora; Si, la historia es real. Plácido es un amigo al que conozco de toda la vida y de vez en cuando escribo algo sobre él.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Hola!

No soy anónima, al menos... no para Plácido. Soy Luna, pero olvidé firmar, sorry!!

Feliz fin de semana!