martes, 22 de febrero de 2011

D. Antonio Machado, poeta

Un año más... don Antonio Machado, poeta.





Con respeto y admiración.

martes, 8 de febrero de 2011

Escaleras

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que, una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y que luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variadas”.

Así comenzaba Julio Cortázar su cuento Instrucciones para subir una escalera. Describe perfectamente lo que supone hacer uso de este elemento como actividad mecánica aunque lo adorne con una prosa particular. Se trata de una descripción geométrica de un acto habitual pero desapercibido. Estos planos horizontales que forman pliegues fueron todo un descubrimiento que debió de surgir tras el invento o hallazgo del plano llano. El plano horizontal fue también una aportación de la creatividad humana pues las extensiones de las superficies planas apenas se encuentran en la naturaleza, exceptuando el caso del agua cuando se encuentra en reposo pero, lógicamente, no se puede andar sobre ellas. A partir de esta creación fue posible la superposición de planos que permitían acceder a espacios más elevados; este fue el nacimiento de la escalera que representó durante muchos siglos el corazón de cualquier edificio. La escalera es una construcción arquitectónica fascinante y de gran belleza que ha creado espacios de gran valor estético en todas las corrientes artísticas aportando elementos y diseños innovadores. A través de sus diseños la escalera ha ido, acompañada o por libre, con elementos como la barandilla con todo tipo de grosores, materiales y decoraciones en su siempre diagonal descenso o ascenso; con deseados rellanos cuando la escalera se nos hace infinita, que suele ser el lugar destinado a algún tipo de decoración escultórica o vegetal; o con elementos como el arranque de la barandilla que ha aparecido con diseños de todo tipo realizados con materiales como la forja y la piedra.

La historia de las escaleras se remonta a las primeras construcciones del hombre. El acceso a las primeras cabañas sobre pilotes ya se realizaba con escaleras. En las construcciones sobre pilotes de fecha más reciente se reconocen aun los orígenes de las escaleras. Este elemento constructivo debía, en primer lugar, satisfacer una finalidad concreta aunque a lo largo del tiempo recibió un carácter sacro. La escalera servía, en sentido figurado, para ascender a la altura divina como conexión entre el cielo y la tierra. A este respecto es ejemplar el caso de la Torre de Babel que no era sino una rampa helicoidal. También pertenece a este género la escalera bíblica de Jacob, las pirámides escalonadas de Egipto, la llamada escalera celestial de Shantung en China y las escaleras astronómicas de la India. Las escaleras indias, al igual que la mayoría de estas instalaciones, servían también para fines científicos. Todas las escaleras de este tipo simbolizan el cansado y peligroso ascenso hacia el sol, hacia a luz y hacia los dioses.




Los arquitectos griegos fueron los que diseñaron y dimensionaron los peldaños; dimensiones que se mantuvieron durante siglos. Un ejemplo de su perfección y simetría se presenta en el teatro de Epiduro. Vitrubio, famoso arquitecto romano del s. I d. C., expuso las reglas de dimensionamiento de todo tipo de escaleras las cuales podían quedar divididas en uno, dos o tres tramos. Su tratado se basaba en cálculos en los que se aplicaba el famoso teorema de Pitágoras y éstas debían estar en consonancia y armonía con el resto del edificio.

En la Edad Media, las escaleras solían situarse en las torres y miradores de los castillos y conventos. Esta ubicación respondía a problemas estructurales y reflexiones estratégicas sobre la defensa de estos edificios. Durante el Renacimiento y sobre todo en la época de la Ilustración los hombres empezaron a liberarse de las coerciones religiosas y feudales. Esta evolución puede reseguirse también en el diseño de las escaleras; aparecieron escaleras invitadoras, espaciosas y representativas. Fue aumentando la influencia de la escalera en la composición de la fachada. Detrás de los grandes ventanales de las puertas se revela la existencia de una escalera.

En el Barroco la escalera se trasladó al interior del edificio transformándola en un elemento constructivo interior. Se convirtió en un recorrido en el que la vida se presentaba como acto efímero de subir o bajar pero también en un escenario de las pretensiones de prestigio personal. Las características de la burguesía de principios del siglo XX también se reflejaban en la construcción de escaleras; en la zona de entrada se construían grandes y complicadas escaleras con barandillas. En las plantas superiores la escalera se estrechaba cada vez más hasta llegar al primer piso. De esta manera la reputación social de los habitantes de un edificio de alquiler quedaba patente al subir de planta.




Desde hace un siglo la concentración urbana y las casas de pisos han disminuido la importancia de la escalera en beneficio de las soluciones mecánicas. Por razones de seguridad se prefieren a veces las escaleras mecánicas en los centros comerciales y en las estaciones de transportes en general. Igualmente el ascensor también ha relegado a un segundo lugar a las escaleras. Realmente parece que parte de la culpa recae en las normas de seguridad sobre posibles incendios que sitúan a la escalera como un peligro si se abre sobre todo a un espacio habitable y familiar. Esta debe aparecer independiente, aislada del fuego y accesible solo por puertas de cierre automático. Esto nos lleva a ver un tipo de escalera cada vez más estándar, económica, aburrida, con todos los escalones iguales y normalizados en todos los espacios actuales. Una pena.



sábado, 5 de febrero de 2011

Las calles siguen sin nombre

Nos daba moral, nos subía el ánimo y nos incitaba a comernos el mundo. Esta canción era capaz de ello en aquellos críticos momentos.

Así como los toreros se santiguan antes de salir al ruedo, nosotros nos la poníamos antes de un examen importante (la verdad es que no había ninguno que no lo fuera). Este era nuestro grito de guerra cuando éramos estudiantes y mis compañeros y yo antes de salir del piso nos la poníamos a todo volumen.

No sabíamos lo que iba a pasar pero esos instantes daban moral para enfrentarte a lo que se avecinaba; solamente tú, unos folios delante y unas cuantas por delante para salir airoso.

Teníamos un equipo de música con tocadiscos y cinta de casete, el Cd todavía estaba lejano. Como un ritual, cuando estábamos preparados la poníamos y salíamos con una moral por las nubes. Ese Bono cantando...


I want to run.
I want to hide.
I want to tear down the walls
that hold me inside.
I want to reach out
and touch the flame.
Where the streets have no name.


Y la guitarra de The Edge haciéndola vibrar como solamente él sabe era una sensación indescriptible. Las pinturas de guerra estaban ya preparadas en forma de bolígrafos, reglas y calculadora. La batalla iba a comenzar y teníamos que salir victoriosos... aunque a veces volviéramos derrotados... pero eso ya lo contaré en otra ocasión.

Aquellos días de febrero, aunque lejanos, han vuelto a mi memoria al mirar el calendario.



martes, 1 de febrero de 2011

Shoichi Yokoi; el último soldado


Hay historias que quedan en el olvido. Son actos heroicos que nos hacen pensar que el romanticismo de ciertas ideas todavía pervive en algunas personas que, sin quererlo se convierten en anónimos protagonistas de estos acontecimientos.

El 7 de mayo de 1.945 Alemania se rinde ante los aliados. La II Guerra Mundial había llegado a s fin después de casi seis años de lucha. La noticia corrió por todo el planeta siendo conocida por todo el mundo. Sin embargo, Shoichi Yokoi, un sastre japonés, no supo de la finalización de la guerra durante 28 años.

Yokoi tuvo que abandonar su profesión de sastre para enrolarse en el ejército imperial japonés durante la II Guerra Mundial. En 1.944 es destinado a la Isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, Océano Pacífico.

El 21 de Julio de 1.944, el ejército estadounidense desembarca en la isla que había sido invadida por los japoneses tres años antes.

Miles de soldados japoneses mueren en combate. Alrededor de dos mil huyen a la selva y se entregan cuando Japón se rinde. Sin embargo, un pequeño grupo de sobrevivientes permanece escondido en la selva. Uno de esos soldados es el sargento Shoichi Yokoi quien se oculta junto con otros dos soldados.

Sus compañeros de fuga están todos muertos ya en 1.964 y, en ese mismo año, se entera por un viejo panfleto que encuentra de que la guerra había acabado 19 años antes, pensando sin embargo, de que se trataba de un documento de propaganda americana. Algo parecido a lo ocurrido en Baler, a finales del siglo XIX, por los que son conocidos como “Los últimos de Filipinas”.

Durante 28 largos años vivió alimentándose de cangrejos, ratas, caracoles, anguilas, palomas, jabalíes y frutas. Se había acondicionado una cueva en la que dormía. Cuando su uniforme quedó inservible se elaboró ropa con materiales naturales de la jungla.

El 24 de Enero de 1.972 dos cazadores lo vieron mientras pescaba. El soldado japonés huyo desesperadamente pero cuando los dos cazadores lo alcanzaron fingió que tenía miedo y se arrodilló pidiendo clemencia. En cuanto se acercaron los dos hombres saltó sobre ellos para luchar pero, debido a la debilidad física que presentaba, fue reducido rápidamente. Aún conservaba su viejo fusil, algunas municiones y una granada oxidada.

El 2 de Febrero de 1.972 entra en Japón donde es aclamado como un héroe por cinco mil admiradores. Se convierte en un personaje público apareciendo en televisión comentando sus técnicas de supervivencia. Ese mismo año contrae matrimonio y en 1.974 intenta sin éxito emprender una carrera política.

El 23 de septiembre de 1.997 fallece en Japón el último soldado del imperio japonés de la segunda guerra mundial.



Shoichi Yokoi a su llegada a Japón.