sábado, 4 de marzo de 2017

Cuando el tiempo es fugaz



En más de seis años pueden pasar muchas cosas. Volviendo la vista atrás podríamos recordar cosas que nos han marcado. Pero, quizá, seis años no sean nada, simplemente hojas caídas del calendario.
Hace unas semanas he retomado el contacto con una persona a la que hacía seis años que no veía, para ser exactos más de seis, desde finales de 2010. En cierta forma, aunque el contacto físico no existía, sí que existía el contacto virtual. Era muy espaciado, a cuentagotas, como un Pepito Grillo que te dice “¡Eh, estoy aquí!”. Si tuviera que usar un término más específico diría que nuestra relación estaba aletargada. Si retrocedo en el tiempo, no recuerdo qué fue lo que hizo que llegáramos a ese punto… puedo pensar que fue el estado natural de la situación.
Hay una curiosidad en mi vida que se ha repetido desde hace años: siempre he tenido una conexión especial con las mujeres que su nombre, ya sea sólo o compuesto, sea Ana o María… y, aunque pueda sonar extraño, lo atribuyo a que mi primera novia, que falleció a los pocos días de cumplir dieciocho años, se llamaba Ana María… quizá sea por eso. En este caso, la persona de la que estoy hablando se llama Ana.
Escribí sobre ella hace años, casi, casi en el umbral de las últimas veces que nos vimos y releyendo aquella entrada me atrevería a copiar casi, casi, letra por letra todo lo que allí decía. Podría decir que durante este sexenio largo la sensación sería extraña, casi como dos desconocidos, pero estaría faltando a la verdad. Al igual que escribí entonces, hoy puedo repetirlo:

Podemos estar tiempo sin hablar y volver a hacerlo en el mismo punto que lo habíamos dejado, como si hubiera sido un hasta mañana

Si para Fray Luis de León, cinco años se podían condensar en veinticuatro horas, el “como decíamos ayer” es algo que cabe perfectamente en nuestro reencuentro. Aunque solamente en apariencia. A los pocos minutos del reencuentro me dijo: “estás igual”, cosa que me contrarió, ya que si estoy igual que hace seis años es que me he quedado estancado, como una piedra en la cima de una montaña inexplorada. Sin embargo ella no, ella estaba distinta. Siempre ha sido muy elegante para vestir, sin ser lo que podríamos llamar ‘una pija’; yo diría que sabe lo que le queda bien y eso realza su elegancia; ha moldeado su cuerpo hasta proporcionarlo a su altura y tiene una forma de caminar y de sentarse que denota la seguridad que tienen las mujeres que se sienten observadas por otros hombres. Puedo dar fe de ello, ya que tanto caminando con ella, como sentado fui testigo de las miradas furtivas que le echaban algunos aficionados a galán… cosa que, dicho sea de paso, aumentaba mi orgullo por ser yo el que disfrutaba de su compañía. Si tuviera que hablar en término coloquial diría que ‘es un pibón’.
Resumiendo, yo continúo siendo una piedra y ella, de patita (no diré fea, porque no lo es), ha pasado a hermoso cisne.
Pero no todo es el físico. Ya he dicho anteriormente que tengo una conexión especial con la gente de cierto nombre, atribuyámoslo a algo esotérico. Quizá, por eso, podría decir que es la persona que mejor me comprende. Hay una persona, María (sigue la casualidad de la nomenclatura), de Zaragoza, que es la que mejor me conoce… aunque ahora no toca hablar de ella. Pero, por eso, quiero señalar que no es lo mismo conocer a alguien que comprenderlo… y Ana me comprende. Durante todos estos años, en más de una ocasión, he tenido la tentación de llamarla, de hablar con ella, pero… también tenemos vidas distintas que condicionan la libertad de poder tener una relación más fluida… cada cual vive en su jaula.
Con ella he tenido la libertad de expresarme como he querido, decir lo que me ha dado la gana y jamás he tenido un reproche por su parte… no sé si es porque ella piensa lo mismo o porque realmente sabe que es mi forma de ser, de pensar, de expresarme y lo respeta. La libertad de poder decir lo que quiera, sin que alguien se ofenda por todos mis pensamientos, solamente la he tenido con ella. Como dije en aquel escrito que le dediqué:

Tiene ese puntito agudo que me preocupa, me desconcierta y es una derrota de mi ego, porque me comprende, quizá, como nadie. En ocasiones me siento como un caballero sin su armadura y ella, supongo que sabiéndolo, responde con una risa evidenciando su enésimo triunfo hacia mi coraza. Pero esto yo nunca se lo reconoceré mirándola a los ojos

Y así continúa siendo. Pero tiene un precio… y es que cuando estoy con ella, por ejemplo, sentado en una terraza, el tiempo, que para el resto de los mortales serían tres horas, para nosotros son diez minutos. Como le dije una vez, si nos hubiésemos conocido de adolescentes y hubiésemos estado juntos, ambos seríamos ya dos nonagenarios. Nuestro tiempo no se mide en el calendario gregoriano… en él las hojas caen lentamente. Nosotros debemos inventar otro concepto para esa palabra.
Podría seguir escribiendo más, bastante más… pero ya queda para otra ocasión y son casi las 12:00 horas.