sábado, 2 de febrero de 2019

Isidoro de Antillón y Marzo


Isidoro de Antillón era uno de esos hombres ilustrados que a comienzos del XIX se dieron de frente con la invasión napoleónica y con lo que supuso la gran decisión de sus vidas: elegir bando. No era una cuestión baladí. Francia era el enemigo, la potencia exterior y Napoleón poniendo Europa patas arriba; también era la modernidad, la revolución del 89, el código civil, la ilustración y una nueva era. España era la patria, pero también era un cenagal: la barbarie que pintó Goya, los reyes corruptos, los validos inútiles, el pueblo muerto de hambre, el absolutismo y la Inquisición. Antillón se vio ante el mismo camino bifurcado en que se vieron Jovellanos, Moratín y el resto de intelectuales de la época. Una hornada de hombres irrepetibles que hubieran sido capaces de cambiar la historia de un país.
Nacido en Santa Eulalia del Campo, Teruel, en 1778. Isidoro de Antillón y Marzo fue un geógrafo estupendo, un político de brillante oratoria y un periodista decente. Fue nombrado profesor de Geografía en el Seminario de Nobles de Madrid con tan solo veintiún años. Compaginó la enseñanza con un ambicioso proyecto profesional: realizar el primer atlas completo de la geografía española. En ello estaba cuando llegó la guerra y aunque admirador de la cultura francesa y favorable a algunas de las reformas napoleónicas, Isidoro se mostró contrario a la invasión y se decantó por la resistencia. En Zaragoza formó parte de la Junta de Defensa Provincial y asistió al sitio de la ciudad. En Sevilla se hizo cargo, junto a José María Blanco White, del Semanario Patriótico Español. Blanco se encargaba de la parte política/informativa. Antillón, de la parte histórica.
En 1812, nuestro hombre fue elegido diputado en las Cortes de Cádiz. Fue el primer político español que se posicionó abiertamente en contra de la esclavitud y luchó para prohibir los castigos corporales en la escuela. Los absolutistas lo odiaban. De aquellas Cortes saldría la Constitución de 1812, la primera de la historia de España y una de las más avanzadas de su tiempo.
Acabada la guerra, Fernando VII regresó a España y por Decreto del 4 de mayo de 1814 disolvió las Cortes e inicia la represión de los liberales. En esos momentos, Antillón se encuentra en Mora de Rubielos, enfermo y recuperándose de un atentado que había sufrido el año anterior. Allí es detenido y ordenándose su traslado a Zaragoza, que se inició, pese a la advertencia del médico de que no sobreviviría al viaje. Al pasar por el pueblo de Santa Eulalia, donde residía su madre, se produjo su muerte el 1 de julio, en la misma cama en la que había nacido. Unos días antes le había escrito una carta que era una especie de testamento familiar y en la que decía: “a 36 años muero miserablemente y perseguido, muero abandonado por la naturaleza y oprimido por el dolor, pero consolado con mis principios, con mi porte y con dejar en el mundo una madre tan digna y tan singular como V., que no me olvidará ni a mi mujer ni a mi hija. Estos son los últimos sentimientos de su infeliz y amantísimo hijo, que espera la muerte casi con deseo vehemente de alcanzarla luego”. Fue enterrado en la capilla de sus antepasados en la iglesia de Santa Eulalia del Campo.
Ese debió de haber sido el final de la historia. Un buen geógrafo y hombre de ciencias que en un momento dado eligió un camino, un tipo que tuvo unas ideas, las defendió, hizo la guerra redactando periódicos y discutiendo leyes, ganó y, tras la victoria, fue destruido por el rey a quien él mismo había contribuido a restituir en el trono. Algo así como una metáfora triste del pueblo español. Pero la historia no acabó ahí y la metáfora se convirtió en otra cosa más profunda y más poderosa.
El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael de Riego acabó con el reinado absolutista de Fernando VII mediante la vía del golpe de estado. El Rey juró la Constitución del 12 y durante tres años los liberales ejercieron el poder en España. En 1823, el Monarca pidió ayuda a la Santa Alianza (Prusia, Austria, Rusia y Francia) y Los Cien mil hijos de San Luis llegaron a España para acabar con los liberales y devolver el país al absolutismo. El ejército liberal, fragmentado y desunido, apenas fue capaz de oponer resistencia. Una vez que Fernando VII tomó de nuevo el control, las represalias fueron terribles. En Santa Eulalia del Campo alguien decidió que Isidoro Antillón, el liberal que llevaba diez años muerto, también merecía un castigo. Su tumba fue profanada y una turba furiosa exhumó su cadáver. Lo ahorcaron. Lo quemaron. Y esparcieron las cenizas al viento. Ese sí que fue el final. Su figura es venerada en su pueblo y olvidada en el resto del país por el que tanto luchó.


Monumento a Isidoro de Antillón
La obra se encuentra en las cercanías de la iglesia parroquial renacentista de La Inmaculada, en una tranquila plaza de Santa Eulalia del Campo.
Con pedestal de piedra y en su base, una pequeña fuente, el busto se yergue sobre una columna de unos 3 metros de altura con relieves en dos de sus cuatro caras. Los relieves más interesantes los encontramos a ambos lados del monumento con representaciones de figuras de mujer llevando una de ellas un libro de historia y la otra un globo terráqueo.
En el frontal y trasera del pedestal encontramos grabado en la piedra las siguientes inscripciones: “Santa Eulalia a su preclaro hijo 1778 – 1814” – “A Isidoro Antillón, geógrafo, jurisconsulto, historiador”, acompañado del escudo de la villa.
En un lateral del busto hallamos el nombre del escultor Antonio Gisbert, así como el año de ejecución de la obra 1923.





No hay comentarios: