martes, 23 de octubre de 2012

Lo que no dijo Plácido



Me alegra haberte visto. Hacía ya mucho tiempo que no nos veíamos.
Sí yo también. La verdad es que alguna vez pensaba, ¿qué será de esta chica? Pero entre unas cosas y otras nunca te llamaba.

Había coincidido con Marian, una amiga a la que hacía mucho tiempo que no veía y hacía buen rato que nos habíamos sentado en una cafetería a tomar un café y a hablar de nuestras cosas. Siempre habíamos tenido una relación muy cordial que no iba más allá de la pura amistad. Como pasa siempre, la vorágine hace que sigas tu vida y aunque no te olvides de la gente es inevitable que la relación no sea tan fluida.

Y dime Marino, ¿qué sabes de él? ¿Qué sabes de Placido?

 La miré fijamente con un gesto de seriedad, ya que no esperaba la pregunta.

Está bien, muy bien. Hace unos días que estuvimos hablando y me contó que tiene un proyecto entre manos que le ocupa parte de su tiempo. Está bastante ilusionado en general; hace tiempo que no lo veía así.

Ella hizo una mueca parecida a una sonrisa melancólica y se encendió un cigarro sin decir nada. Yo la miraba mientras apuraba el café que me quedaba en el vaso. Por unos instantes se hizo un silencio que parecía que se podía cortar. Hasta que ella dijo.

Me alegro escuchar eso, no sabía nada. Hace tiempo que no sé de él.
Sigue teniendo el mismo número de teléfono y el mismo correo electrónico.- Le contesté.

Volvió a hacerse el silencio esta vez más prolongado que el anterior. Circunstancia que aproveché para pedir otro café para mí y otro para Marian al ver que su mano, con dos dedos levantados, me indicaba que quería otro.

El puede llamarme cuando quiera, yo lo considero mi amigo. Sigo siendo la misma.

En esos momentos no supe que pensar. Podría optado por haberme callado y haber dicho que sí. Allí tenía a una buena amiga hablándome de Plácido, mi mejor amigo. Con el que tantas horas había hablado. Plácido me contó la historia que había tenido con Marian. En el momento en el que ella dijo eso volvieron a mí las conversaciones de dolor que yo había tenido con él cuando me desnudaba su corazón y solamente podía ver amargura. Por todos esos momentos creo que se lo debía.

Marian, yo lo sé todo. Plácido me lo contó.

Lo suponía, por eso te digo esto, porque eres tú y sé que lo sabes. Solamente te digo que sigo siendo la misma, que no he cambiado, que…

No- dije interrumpiéndola –Tú no eres la misma. Tú no eres la misma Marian que él conoció. Tú cambiaste, de un día para otro, sin saber por qué, sin haber ninguna razón. Lo dejaste perder todo por nada. Me dijo que al principio te cantaba el estribillo de una canción: “Se te nota en la mirada que vives enamorada”… y ahí él se callaba. La segunda parte sigue así: “… Te ha acompañado la suerte. Han debido de quererte tanto para que me olvidaras…”, ¿verdad que así ha sido? - dije de modo sarcástico.
Bueno, si esa es tu opinión la respeto- me dijo dándole un sorbo al café y encendiéndose de nuevo otro cigarro.
Marian, tú lo sabes tan bien como yo. Aunque él no me lo hubiera contado lo hubiera supuesto, ¿y sabes por qué? Porque lo conozco, porque hablaba con él y me hablaba de ti. Solamente escuchar tu nombre salir de sus labios demostraba ternura, amor e ilusión. Lo sé porque son muchos años los que lo conozco. Y eso, Marian, eso, no lo supiste conservar, no lo supiste cuidar. Lo dejaste perder.
Dices que “tú sigues siendo la misma”. No, eso no es cierto. Tú no eres la mujer que él conoció. Tú no eres la mujer que quería estar con él y con la que él quería estar. No eres la mujer por la que él esperaba que pasase el tiempo para estar contigo. La mujer con la que el tiempo era una circunstancia y la distancia se medía en el tiempo que se tardaba en recorrer para volver a estar juntos. Es mujer se fue, desapareció sin más, incluso dudo que algún día hubiera sido real porque de haberlo sido continuaría estando. Se esfumó de un día para otro, ¿y sabes qué es lo peor? Sin razón, sin nada a cambio. ¿Y aún dices que sigues siendo la misma y no has cambiado? No, Marian, no, tú no eres la mujer de la que Plácido se enamoró.

Ella me miraba con gesto serio sin decir nada.

¿Y dices que continúas siendo su amiga? Perfecto, no lo dudo y estoy seguro que él así lo cree pero hay cosas que no se olvidan tan fácilmente. Lo que no entiendo es como tú puedes hacerlo. ¿Tú puedes pasar de estar con alguien y pensar que es “lo que jamás hubieras imaginado en tu vida” a verlo como un amigo? Yo, como he estado enamorado y he querido te puedo asegurar que eso es imposible, no se puede. La única respuesta que encuentro es que nunca lo has querido, que todo fue una mentira y esa es la sensación que él me ha transmitido. Si con él no has sabido ver todo lo que vivisteis y cuidar lo que tenías… ¿crees que lo harás algún día? Sabes que, para bien o para mal, él nunca se ha equivocado cuando te ha dicho alguna cosa.
Después de lo que tuviste y viviste antes de conocerlo, ¿cómo no lo conservaste Marian? Estoy seguro que ha sido el hombre que más te ha querido; estuvo a tu lado en la peor etapa de tu vida, porque era él y nadie más aunque pienses lo contrario, cuando lo más fácil hubiera sido pensar que no tenía necesidad de complicarse la vida no lo hizo y estuvo siempre a tu lado, siempre, incondicionalmente, nunca te presionó, nunca te puso cadenas, siempre respetó y esperó a que tus cosas se solucionaran, hubiera ido contigo a cualquier lugar, ¿quién hubiera hecho eso si no es porque realmente te quiere?… y tú lo dejaste perder por… ¿por qué? No lo sé.
Aún así, después de aquello, estuvo un año a tu lado ¡un año! Esperando que volviera aquella mujer que él quería, que le dijera que volvería a abrazarle las piernas por debajo de la mesa.
Pero no volvía, al contrario, todavía se alejaba más, simplemente era un recuerdo y, aunque tú no lo vieras, sufría esperándola. ¿Y me dices que no has cambiado y sigues siendo la misma? Yo me pregunto, ¿qué Marian es la verdadera? Supongo que ésta, la que está aquí delante de mí… la otra era una ilusión, algo falso que no existió.
Esa es tu opinión. Aquello pasó, las cosas pasan.
Sí, es cierto, aquello pasó y por eso te estoy diciendo esto, porque tú me has preguntado por él. Si no os conociera como os conozco ten por seguro que sería un tema en el que no entraría.
No somos unos críos para andar con tonterías. Somos adultos para saber qué es lo que queremos y saber a quién vamos a tener a nuestro lado incondicionalmente pese a todo. A no dejarnos encandilar por cantos de sirena y a tener los pies en el suelo. Marian, tenemos una edad para saber que es real y verdadero y qué fruto de una ilusión. Con una edad y unas experiencias vividas las cosas se tienen que valorar… y tú es algo que no has sabido hacer o no has querido hacerlo. Lo vuestro no era una aventura temporal. Dejaste perder al hombre que más te ha querido y al que hubiera estado contigo sin importarle nada. Tú, que decías que preferías el ‘aquí y ahora’, cuando lo tuviste no lo supiste cuidar. Yo sabía de vuestra relación porque, como te he dicho antes, una luz salía de sus ojos al nombrarte y si por lo que tuvisteis no luchaste es que hay algo que no has aprendido. Quizá hay mujeres que no saben querer, no se merecen que las quieran o necesitan a su lado hombres que las traten de una forma ‘distinta’ y no como, por ejemplo, te trató a ti Plácido. En la vida hay oportunidades que pasan una vez, pasan dos, pero no pasan tres y tú tuviste esa segunda oportunidad durante todo un año a tu alcance. Algún día Marian, algún día te darás cuenta.
Porque lo sé todo puedo decir que es el hombre que más ha luchado por ti, el que más te ha querido, aunque no lo creas, pero también sé que, posiblemente, eres la mujer que más daño le ha hecho. Llega un momento en que tiene que parar y él decidió que ya había tocado fondo y no podía continuar así mientras tú tomabas otro camino. No hay más. Marian, le dijiste cosas que yo jamás le hubiera dicho a alguien que se hubiera portado y hubiera estado conmigo como él lo estuvo contigo. No fue él, fuiste tú quien lo alejó, quien quiso alejarlo y él en cierto momento decidió que tenía que hacerlo; tú le obligaste a ello. Entonces, por favor, no digas que “no has cambiado y que sigues siendo la misma”.
Esa nunca ha sido mi intención. Yo jamás he querido hacerle daño.
Marian, yo no digo que esa fuera tu intención. Simplemente digo que querer a alguien es luchar por ese alguien; Plácido lo hizo y demostró que te quería como nadie te ha querido y tú lo dejaste perder por nada. Fantasías humo e ilusiones falsas.
Pero te aseguro que no te guarda rencor. Simplemente decidió que no merecía la pena seguir luchando por ti.
Después de habértelo contado, ¿te ha vuelto a hablar de mí?

De repente sonó mi móvil. Como si fuera una jugarreta del destino vi un nombre en la pantalla.

Disculpa, Plácido me está llamando…

Ella se encendió otro cigarro.


sábado, 20 de octubre de 2012

Escribir


Escribir es descifrar, compartir, darle un nombre a los deseos y ponerle carne al viento.
Escribir es dibujar el rostro que se anhela, construir el espejo que nos diga quiénes somos, esculpir un cuerpo cuando la soledad se vuelve intolerable o crear un rincón solitario donde poder hablarnos, callarnos, dialogar con los muros y las sombras.
Escribir es buscar un espacio cuando todos los espacios están llenos o vacíos; crear un tiempo aparte.
Escribir es hacer que las palabras se conviertan en cielo, en mesa o en un ojo que nos mire piadoso a veces implacable.
Escribir es ser la costilla del texto; es descubrir que cualquier ausencia puede transformarse en un otro presente, que se sienta a observarnos a través de las letras; es saber que uno puede elegir cuándo morirse; cuándo renacer; cuándo aullar; cuándo sentarse a escuchar los caminos; qué silencio morder; en qué palabra hundirse; qué nervio dejar entre las hojas; alrededor de qué obsesión danzar y danzar gozosos, hasta que amanezca; elegir lo que es verdad y lo que es mentira; qué nostalgia reservarse para la próxima vez, pero, sobre todo, escribir es descubrir los nombres que nos conforman; las palabras que nos crearon como somos; saber que alcanzar; conocer las letras que nos pertenecen y nos permiten cambiar nuestro pasado o entenderlo; crear nuestro presente eligiendo la palabra precisa y caminar hacia un futuro con el rostro develado o develándose siempre a través de los nombres humildes, de los vocablos fértiles, de los silencios grandes.
Escribir es comprender que cada mundo creado en la palabra es un mundo posible de encarnarse en una realidad vital. Que la palabra es cosa seria, pero que nos permite reírnos de nosotros mismos y de este mundo de encuentros y desencuentros de este mundo en el cual nada es posible si no se dice lo que se quiere, si no se expresa lo que se piensa, si no se transmite lo que se siente, si no se habla puntualmente, si no se eleva un pensamiento, si no se sabe callar cuando es preciso. Si no entendemos que sólo cuando la letra entra en el polvo nace el hombre. Que somos polvo pero podemos ser, si nos juntamos, tan inmensos como el desierto de todas las revelaciones.
Escribir somos nosotros. Somos lo que escribimos, somos como escribimos.

sábado, 13 de octubre de 2012

Alas de libertad


He de empezar a asumir que mi vida estará teñida por siempre de un dramatismo con aires melancólicos.
Una vez me dijeron que nunca pertenecería a nadie completamente… y puede que sea cierto.
No me considero un espíritu libre, pero conozco mis ilimitaciones.
Desear pertenecer a alguien no ha hecho más que coserme dos grandes alas a la espalda y no hay manos o miradas que consigan arrancarlas.
Sentir que has perdido, aunque no sea más que una mera ilusión producto de tu corazón, te concede un poder extraordinario de conciencia real.
La realidad se brinda hacia a ti como una alfombra roja sobre la que caminar, sobre la que pararte a descansar, observar, absorber y abarcar cada uno de sus rincones tan sólo con rozarlos con las yemas de los dedos.
Cuando ya no tienes nada que perder, sí, eres libre.
El resto de la vida se plantea como un territorio explorable nada hostil.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Tren sin retorno



Después de lo que me has contado, ¿qué quieres que te diga Plácido? Permíteme que sea breve y que no profundice demasiado. Quizá mi opinión no te gustaría y sé que tampoco permitirías que arremetiese vulgarmente. Hasta en estos momentos eres noble.
Es fácil llorar y quejarse de que la gente es mala, que van a hacer daño, ¿verdad que sí amigo Plácido? En un momento hay que pararse a pensar, ¿qué haces por cambiar esa situación? ¿Qué haces cuando tienes la oportunidad de cambiar cuando alguien te ofrece un hombro sobre el que llorar, unos brazos para que te abracen y un oído para que te escuche? Hay quien la deja perder sin inmutarse.
Hay personas que pasan por nuestra vida como los trenes que pasan por delante de nuestros ojos en una estación. Sin embargo, hay otras que no es así. Hay trenes que no se pueden dejar perder. Hay que saber lo que se coge y lo que se deja; aunque esto nunca se aprende. Siempre he sido de la opinión que a ciertas personas hay que saberlas conservar, valorar, por lo que te han dado y te han aportado, cuando lo fácil hubiera sido dejarte a la deriva. Hay personas, créeme, que eso no lo saben valorar y cuando ya no les sirves te apartan de su lado, por mucho que les hayas dado. No importa que hayas estado ahí, a su lado, para lo que fuera. Hoy en día cualquiera usa la palabra amigo. Lo otro, no es fácil encontrarlo y una vez se ha hecho simplemente hay que cuidarlo. Las cosas hay que merecerlas y no quererlas.
No te preocupes Plácido, tú ya has hecho lo que debías. Supongo que el precio pagado por perderte merecerá la pena y el precio por el que alguien se vende lo mismo. Tú lo sabes. Quien te conoce y a quién hayas tenido a tu lado también. Saber que alguien te llevará un paraguas un día de lluvia, una Tizona sin esperarlo, el almuerzo cuando te lo hayas dejado o simplemente una tarta de chucherías sólo por verte sonreír después de un mal día es algo que, yo creo, no se puede dejar perder por piropos, cancioncitas o promesas de comprar una casita que tendrá vaquitas. En definitiva, Plácido, alguien a tu lado incondicionalmente para lo bueno y para lo malo sin importar circunstancias. Al menos así pienso; prefiero la certeza del presente, de lo que tengo y sé que me aporta a… algo que solamente queda en la imaginación.
Después de contarme tu historia, ¿qué quieres que te diga? Quizá porque soy más frío que todo eso. Quizá porque necesito mucho más que un simple adorno de oído para decir un “te quiero”, para pensar en formar una familia después de leer un poema adulador, para pensar que quiero compartir el resto de mi vida con alguien que solamente sabe adornarme la realidad. La vida es algo más que todo eso. Lo sé, aunque en alguna flaca imaginación se diga lo contrario yo sé que quien estuvo a su lado en el peor momento de su vida: fuiste tú y nadie más. Por mucho que haya cien motivos salidos del delirio y pensamientos que se piensen; aunque supongo que cada vez habrá cien motivos diferentes (o los mismos) y pensamientos que se que piensen (o los mismos) para el momento, da igual para quien sean. Sí, ya me callo. No diré más. Como dijo alguien “no quisiera que mis hijos se avergonzasen de mí”.
La vida son elecciones. Elegimos a quién queremos a nuestro lado y a quién no. Cada cual sabrá los motivos y pondrá en una balanza lo que más le convenga. La vida no es justa ni injusta; tenemos lo que nos merecemos.
Para bien o para mal siempre has acertado. Lo que piensas tú te lo guardas. Cada cual tiene lo que se merece por ser como es y eso no lo podrá cambiar por mucho que lo intente. También es cierto que en la vida hay oportunidades que pasan una vez, pasan dos… pero no pasan tres. Ya somos mayorcitos para saber lo que nos conviene; aunque hay lecciones que nunca se aprenden, me entiendes, ¿verdad? 

martes, 28 de agosto de 2012

sábado, 28 de julio de 2012

Slowly


Siempre he querido ir de forma slow. Nunca me han gustado las prisas.
He preferido pisar sabiendo donde lo hacía que no arriesgar y caerme al vacío. ¿Por qué? No lo sé, pero así es. Cuando me he guiado por impulsos motivados por la euforia del momento siempre he fracasado, siempre. Nunca me ha ido bien. Me he sentido presionado por la inseguridad de saber si lo que vio es real o fruto del momento. Entonces pienso, ¿y mañana?
Soy de vivir el momento, sí, pensando en el mañana. Procurando siempre tener la certeza que no me voy a equivocar y eso no se sabe en un día, una semana o un mes. Al menos yo no lo sé. ¿El riesgo? Sí, es necesario, pero sabiendo que hay algo detrás con garantías que lo avalen. Arriesgar por arriesgar es un absurdo.
He caminado siempre slowly y eso, aunque parezca mentira, también es un riesgo porque es posible que a veces cuando quiero caminar más rápido para alcanzarlo ya he llegado tarde y, otra vez, se vuelve a escapar. Entonces pienso, ¿realmente merecía la pena?
Ilusiones todas, pero que sean reales, insisto, no motivadas por el momento.
Quiero saber donde estoy y por donde me muevo y eso, solamente, lo puedo hacer si camino de forma slow. Necesito algo más que unos días para apostar; algo más que palabras de trovador que endulzan el oído. No, no me valen ciertas cosas. Me gusta pelearlas, conseguir mis metas pero de forma pausada. No me gusta que me sirvan en bandeja los triunfos; es mejor conseguirlos, ¿de qué sirve que todo esté ya hecho? Así se aprecia mejor el esfuerzo de las cosas.
Cyrano fue Cyrano por Roxanne, ¿hubiera sido lo mismo si ella le hubiera dicho que sí desde el primer momento? No, Cyrano fue Cyrano por las circunstancias de Roxanne... y llegaron al final de manera slowly.
Lamento decepcionar pero es así. No estoy para arriesgar en plan “voy a probar”. No, yo no. Arriesgo sabiendo que voy a ganar y eso no lo puedo saber en poco tiempo. No sé si es fácil o difícil de entender. Pero es así como veo las cosas, como veo la vida y como me gusta hacer las cosas. Hasta ahora… haciendo balance es posible que pudiera estar mejor, pero también es posible que pudiera estar peor. Por ello estoy donde creo que tengo que estar.
Si esta noche, el planeta revienta en confeti que sea slowly.
No sé si es fácil de entender o no lo es. Yo no pido nada, no que caminen a mi ritmo no que caminen por delante o por detrás… simplemente que me dejan caminar a mi ritmo… y quien quiera que me acompañe; de lo contrario no andamos el mismo camino. Me entiendes, ¿verdad?



sábado, 14 de julio de 2012

¿Y ahora a quién podemos reclamar?


Después de ver los vídeos se admiten cualquier tipo de comentarios. PROMETO NO CENSURAR NINGUNO.

















sábado, 7 de julio de 2012

Cada palo que aguante su vela


Creo que los dos pilares fundamentales para que un país funcione tienen que ser la educación y la sanidad; dos piezas fundamentales.
En estos tiempos estamos viendo como ambos elementos se están yendo al garete. A la derecha se le ocurren muchas cosas y ninguna buena y entre los recortes que se aplican los principales perjudicados son, precisamente, la sanidad y la educación.
Actualmente es frecuente ver en los centros de salud y en las escuelas a médicos y maestros respectivamente manifestándose por lo que ellos denominan “sus derechos”. Me parece normal, ya que la gente está muy cabreada y si esta situación hubiera ocurrido hace 80 años no me cabe duda que las calles estarían llenas de barricadas. Sí, sin duda, la sociedad está atontada.
Para nada me parecen correctos los recortes que aplica el Gobierno. Hacerlo en educación es una aberración, ya que un país como el nuestro, sin recursos naturales para competir con otros la única solución que tiene de ser un país plenamente avanzado y desarrollado es sacando buenos profesionales que pasen por nuestro sistema educativo. Hacerlo en sanidad es aberrante, ¿alguien se imagina tener que pagar el tratamiento de un cáncer o de cualquier tipo de operación?
Ahora bien, también opino que no todo es lo que parece y las manifestaciones de médicos y maestros me por “sus derechos” me parecen un tanto oportunistas.
Veamos. El sistema educativo español está fatal. Hace años que estamos en el pelotón de los torpes. El informe PISA (si no me equivoco se llama así) indica que España está a la cabeza en fracaso escolar, es decir, que algo no funciona. En sanidad, ¿quién no ha esperado horas y horas en una sala de espera de un hospital? ¿A quién no le han dado cita para semanas o meses después de haber pedido consulta con algún especialista? Es decir, que algo no funciona. Por lo tanto y aquí viene mi pregunta y mi reflexión: ¿Dónde estaban todos estos que ahora se manifiestan por sus derechos cuando las cosas iban igualmente mal? ¿Por qué no salían a la calle los maestros exigiendo otro sistema educativo? ¿Por qué no salían a la calle cuando nuestro país estaba (y sigue estando) a la cola europea en educación? ¿Por qué no salían los médicos a la calle exigiendo una mejor atención para sus pacientes? Estas mismas preguntas se la he hecho a un profesional de la enseñanza y su respuesta ha sido que “es que entonces las cosas funcionaban”. Sin comentarios.
El problema de estos gremios no es que luchen por “sus derechos” el problema es que cuando a uno le tocan el bolsillo ya le tocan “sus derechos” y se tienen que espabilar. Lo que ocurre es que antes todo estaba igual de podrido que ahora pero como no les hacían recortes salariales pues bien “entonces las cosas funcionaban”. Y con esto no quiero decir que todos hayan sido así; como en todas las cosas habrá excepciones.
Está claro que el barco se hunde a marchas forzadas; ahora bien, aquellos que aún sabiendo que las cosas iban mal no movían un dedo porque no les tocaban “sus derechos” creo que son los menos indicados para hacerse las víctimas o, por lo menos, no me causan ninguna simpatía.

sábado, 2 de junio de 2012

Junio


Junio. Si hay algún mes duro no cabe duda que es este; sobre todo para los estudiantes… y sé bien de qué hablo. Entran las prisas por los exámenes, uno se hace sus cábalas pensando si le dará tiempo para llegar a x examen; se hacen los resúmenes de resúmenes eliminando materia y, a última hora, lo que “no ha dado tiempo” siempre cabe en alguna que otra chuleta que esperamos que nos pregunten, ya que es un puntito seguro.
Sí, esa es la vida de estudiante o, al menos, en alguna ocasión me he visto así. Atrás quedan los meses en los que acababas la convocatoria de febrero y pensabas que para la de junio daría tiempo. Ale, unos meses de descanso… sin despistarse, por supuesto. Sí, siempre que llegaba junio me acordaba de que no me vendrían mal un par de semanitas más para estudiar.
¡Bendita vida de estudiante!
Ahora lo mismo. Uno que se aburre y para matar el tedio no se le ocurre otra cosa que meterse en una ingeniería… Me ha tocado desempolvar antiguos libros y apuntes que guardaba de antes para refrescar cosas. He tenido que volver a meterme con termodinámica, mecánica de fluidos, equipos de obra, instalaciones, estructuras, senos, cosenos, integrales... y un sinfín de cosas que en su tiempo me sirvieron para aprobar y que no volví a utilizar.
Lo malo es una cosa, que vuelvo a tener vida de estudiante sin serlo. Vuelvo a la universidad de una forma distinta; sin vivir en un piso de estudiantes, sin poder tomarme una cerveza cuando acabo un examen y terminar por la noche, sin poder quedarme en la cama si no me apetece ir a clase, sin… ¡Ay, benditos años universitarios! Sí, desde luego que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Aunque, la verdad, no sé para que estudié. Si hubiera sido más listo me hubiera enchufado a un partido político, ser un trepa y voilá, a vivir del cuento.
Lo mire por donde lo mire sin duda me he equivocado. En fin, siempre me quedará recurrir a Sócrates y a su “sólo sé que no sé nada”.
Suerte para todos los que, como yo, os enfrentáis a exámenes en estas o en fechas próximas.

martes, 1 de mayo de 2012

Yo


¿Y por qué no hablar de uno mismo? ¿Y por qué no contar esa faceta que sabemos que tenemos pero que no nos gusta? Me estoy refiriendo a eso que los demás ven y nosotros nos negamos a aceptar. Es muy sencillo caer en la adulación propia o reconocer ciertos defectos que se pueden justificar con excusas. El ejercicio de mirarnos al espejo, mostrarnos tal como somos, reconocerlo y aceptarlo es bastante más complicado que todo eso.  
Aceptar nuestras bondades y que nos digan lo maravillosos que somos es algo que a todos nos agrada, ¿a quién no le gusta, si bien que le regalen el oído, que le digan, de vez en cuando, lo maravilloso que es? Todo forma parte de nosotros; lo bueno y lo malo. Somos el conjunto de todo. Con esa rara mezcla de virtud y defecto se forma nuestra personalidad.
No voy a mostrar la parte amable, la que todo el mundo ve y esa con la que salgo a la calle. Evidentemente me considero una buena persona si tenemos en cuenta que mis únicos problemas con la justicia han sido alguna que otra multa de tráfico.
Pero no por ello dejo de reconocerme y conocerme a mí mismo. Aquí diría que hay poca gente que realmente sabe como soy en realidad. Me refiero a ese tipo de gente que con sólo verte o hablar te intuye, no hace falta decir más. Eso considero que no es ni bueno ni malo simplemente es así. Posiblemente podrían definirme mejor que yo mismo o podrían haberme dictado esta entrada.
Pues sí, uno de mis defectos o virtudes es el orgullo. Soy una persona muy orgullosa y cuando tengo que sacar esta faceta de mí puedo llegar a ser hiriente. No me refiero a un orgullo selectivo en base a unos valores, condición social o estudios, no, no es eso. Me refiero al orgullo que me sale cuando tengo conversaciones, sean del tipo que sean, y mi interlocutor no atiende a razones. En esos momentos tiro de sarcasmo e ironía e intento quedar por encima. Tampoco sé hasta qué punto eso es malo o bueno; demostrar lo que sabes o lo que has aprendido depende con qué personas no considero que se tenga que esconder; en ese sentido la humildad no va conmigo. No me gustan los ignorantes que van de listos y llegados a ese punto no tengo ningún problema en sacar el demonio de la soberbia para ridiculizar; reconozco que en esos momentos la empatía no es algo que vaya conmigo.
Cuando discuto puedo llegar a ser hiriente, aparte de por lo que digo por la forma que tengo de hacerlo; aunque siempre me controlo y sé hasta dónde puedo y debo llegar. Quizá por eso no me gusta afrontar las discusiones en un mismo momento, no, yo soy más de dejar pasar un tiempo prudencial (días u horas) para recapacitar, analizar y tratar de solucionarlo. Hace años, una compañera de estudios me dijo que si hay una persona con la que no le gustaría discutir es conmigo; supongo porque ella sabía esa cara mía. Solamente una vez he discutido he llegado al extremo de querer hacer daño; en ese momento ya no hay retorno. Saqué toda la artillería y me llevé a esa persona, como suele decirse, “por delante”, sin reparar en consecuencias porque yo las asumía y sabía que eso era el final, aunque llegado a ese punto tampoco me importaba. Acepto la responsabilidad que mis palabras conllevan. Quizá, por eso prefiero dejar pasar un tiempo.
Reconozco que soy rencoroso. Puedo olvidar pero perdonar me cuesta más. Creo que nadie está obligado a perdonar, eso es un acto que va con cada uno. La confianza es algo que se tiene que conseguir día a día y si la pierdo ya es muy difícil que la consiga y sí, aunque la dé ya no es lo mismo, siempre tendré una espinita clavada.
Soy observador, pero no en plan inquisitorial. Me gusta conocer a la gente con la que me rodeo para saber que puedo y que no puedo decir, como puedo y como no puedo comportarme. Quizá, por ello, pueda dar una imagen de seriedad que con el tiempo cambia. Nunca me ha gustado ser el alma de la fiesta e ir de gracioso; me aplico aquello de que “más vale caer en gracia que ser gracioso”.
Quienes han compartido momentos conmigo me han dicho en ocasiones que puedo llegar a ser adictivo, pero no por nada, simplemente por ser como soy. Por eso, quizá, sea difícil dejarme de lado y de una u otra forma siempre estaré ahí. Como pongo en mi perfil “puedo ser un ángel o simplemente alguien que pase por tu vida”. Eso, también hace que se cree un vínculo especial con poca gente, con poquísima, solamente necesito mirar o escuchar su voz para saber. En ese sentido no tengo término medio. Quien me conoce puede valorarlo.
En el corazón tengo cicatrices de las que me acuerdo de vez en cuando; supongo que me gusta flagelarme. Tampoco es que me fustigue demasiado porque siempre acabo llegando a la misma conclusión: no merece la pena, en la vida cada cual sabe lo que deja lo que coge y lo que deja y, en mi caso, quien me ha conocido, o me conoce, sabe lo que puede perder y ganar conmigo.
Cuando he querido de verdad lo he transmitido y la persona lo ha sabido. Cuando ha sido al contrario también... en otras, simplemente, no era nuestro momento ni lugar.
Como he dicho antes, tengo cicatrices pero soy consciente que yo he dejado alguna. No intencionadamente, nunca he ido a hacer daño. Muchas veces se confunde la ilusión con el querer. Eso es algo que he aprendido. En este sentido, cuando he querido, cuando he amado, no he tenido límites. No me ha importado nada. Me ha dado lo mismo tomarme un café en el bar de la esquina, que ir a París, tomarlo mirando la torre Eiffel y volver, ¿qué más da? Eso es amar.
Siempre me ha costado mostrar mis sentimientos hasta estar realmente seguro de ellos. Nunca he prostituido mis sentimientos porque me hayan regalado el oído, me hayan dicho lo maravilloso que soy o que me hayan ensalzado de forma gratuita; las palabras dichas o escritas no me han servido sino han ido acompañadas de hechos; no tengo 15 años para creerme ciertas cosas. Para mí, el valor de un “te quiero” es mucho más que eso, algo que no se puede decir al primero que pasa porque te pinte la vida de colores. Pero esto lo pienso yo. No es fácil llegar a mi corazón pero una vez se llega, como dice Bunbury “si has venido a comprarme lárgate, si vas a venir conmigo agárrate”.
Tengo claro que en mi vida hay gente muy importante que quiero conservar y que, aunque jamás se puede saber, nunca perderé. Del mismo modo que hay otras que simplemente pasarán y con el tiempo simplemente serán recuerdos a los que pondré cara… o siquiera ni eso.
He tomado decisiones difíciles que me han desgarrado y las he asumido. En ocasiones no hay manera ni opción de volver atrás.
Acepto consejos de la gente que me ha demostrado las cosas; sé que ellos no me fallarán y que me lo dicen por algo. Del resto simplemente lo escucho.
Me cuesta reconocer que me he equivocado. Más que reconocerlo necesito darme cuenta de ello, ya que por mucho que me lo digan lo tengo que ver yo y no me cuesta admitir mi error.
De todas formas, a pesar de ser como soy, tengo gente que quiere tenerme a su lado, que sabe llevarme y entenderme. En este sentido saben que pueden contar conmigo.
Por todo esto y por mucho más, pido perdón a los que mi comportamiento no haya sido el correcto y gracias a los que me entienden y están a mi lado. No diré quienes son; si leen esta entrada ellos lo sabrán.