jueves, 19 de febrero de 2009

Los últimos días



Jacques Baills, el ferroviario, suele ayudar a Pauline Quintana con la contabilidad del hotel y tiene con ella una relación amistosa. Cuando llega aquella noche pregunta si están allí los españoles con quienes había hablado en la estación. Le dice que sí y que se habían acostado sin cenar. Nada raro después de su larga y terrible odisea. Años más tarde, Baills, recordará su primer encuentro con el poeta: “Al cabo de dos o tres días, y teniendo por costumbre llevar las cuentas del hotel (registros de nombres, entradas, salidas, etc.), vi, al ir apuntando los nombres, el de Antonio Machado, que se había presentado como profesor. Esto me hizo reflexionar, e inmediatamente me acordé de que hacía tiempo, cuando iba a clase nocturna, había aprendido poesías de Antonio Machado.
Así pues me atreví a preguntarle si el profesor que estaba en el hotel era Antonio Machado, el poeta que conocía. Y entonces sin darle importancia ni nada, sin ni siquiera sonreír, me dijo: “Sí, soy yo”. Así que empezamos a hablar, él me preguntó cómo conocía el español, si era de origen español, y yo le dije: “No, solo que, como todos los franceses que viven en la frontera, es natural que aprendamos un segundo idioma que es el español”. Y le pedí permiso para poderle hablar precisamente en dicho idioma, lo que aceptó encantado, diciéndome: “Pero yo le contestaré sin duda en francés”. Ahí se ve la sensibilidad que tenía. Y a partir de entonces al final de cada comida iba a verles, me sentaba con ellos y charlábamos un ratito. Que hayamos mantenido conversaciones de tipo político, eso nunca. Hablábamos de cosas triviales, porque yo sentía que estaba tratando con alguien que se situaba muy por encima de mis posibilidades y que enseguida me vería dificultado para contestarle”.
A Machado le debió emocionar tener entre sus manos el cuaderno, fechado en 1934, en el cual Baills había copiado, durante sus clases nocturnas de español, algunas poesías que le gustaban especialmente. Eran todas de la primer época: “Recuerdo infantil,” “Yo voy soñando/caminos de la tarde…” y “Abril florece/frente a mi ventana…” Para el poeta, tan necesitado de lecturas en español, Baills actúa como su ángel prestándole libros de Pío Baroja, de Máximo Gorki y un librito sobre la vida, obra y muerte de Vicente Blasco Ibañez.
Machado consume ávidamente todos los periódicos que puede conseguir, y escucha la radio (tanto francés como española) en el saloncito que hay al lado de la cocina del hotel. Tiene la acuciante necesidad de saber que ocurre en España. Y lo que pasa, entre otras cosas, es que acaban de cruzar la frontera, el 6 de febrero, el presidente de la República, D. Manuel Azaña, y el de las Cortes, Diego Martínez Barrio. Todo se desmorona. En realidad, sólo queda Madrid.
Según Baills el poeta no estaba muy a gusto en el comedor a la hora de las comidas cuando solía llenarse de ruidosos militares españoles refugiados en el pueblo. Todos contaban gritando hazañas o hechos mientras que Machado no pensaba más que en una cosa: en la pérdida que la derrota suponía para la libertad de España, y en haberse visto obligado a abandonar cuanto había abandonado. Por ello, la familia prefería comer en un rincón apartado, casi invisible.
En la terraza del hotel el poeta solía salir a fumar. En la fotografía de cabecera, la última que se le tomó con vida, aparece con un aspecto cansado y al parecer, liándose un cigarro.
La señora Quintana se afana por cuidar a sus huéspedes y les atiende con cariño. Don Antonio, dándose cuenta de su desvalimiento económico, le dice: "Ya que no tengo dinero para pagarte, le haré un poema".
Machado no estaba abatido en todos los momentos, como se pudiera creer. El 9 de febrero manda una cara a José Bergamín en contestación a una recibida por este desde París. La carta del poeta da a entender que tiene todavía las esperanzas puestas sobre todo en Rusia:
“Muy querido y admirado amigo:
Después de un éxodo lamentable, pasé la frontera con mi madre, mi hermano José y su esposa, en condiciones impeorables (ni un solo céntimo francés) y hoy me encuentro en Colliure en el Hôtel Bougnol – Quintana y gracias a un pequeño auxilio oficial con recursos suficientes para acabar el mes corriente. Mi problema más inmediato es el de poder resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo literario o trasladarme a la U.R.S.S. donde encontraría favorable acogida.

Con toda el alma agradezco los generosos ofrecimientos de esa Asociación de Escritores, muy especialmente los de M. Jean – Richard Bloch y el Prof. Cohen, pero no solamente temo quedarme muy aislado como Vd. indica, sino además no disponer de medios pecuniarios para mantenerme con mi familia en esas casa y para trasladarme a ellas. Así pues, el problema queda reducido a la necesidad de un apoyo pecuniario a partir del mes que viene, bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas.

Vea Vd. Cuál es mi situación de hecho y cuál puede ser el apoyo necesario.

Con toda el alma le agradezco sus cariñosas palabras: nada tiene Vd. Que agradecerme por las mías; son expresión muy sincera aunque todavía insuficiente de mi admiración por su obra.

Si en estos días cambiásemos de residencia ya se lo haría saber telegráficamente.

Mientras tanto mi residencia es siempre la misma.

Le envía un fuerte abrazo su siempre suyo.


Antonio Machado
P.D. Muy afectuosos saludos de mi familia. De Carlos Riba no tengo noticia alguna de que esté en este pueblo.
¿Qué se puede pensar ante esta carta? ¡Qué pena! ¿Qué se puede decir? ¡Qué gran hombre! ¿Qué se puede sentir al leerla? Solamente las lágrimas recorriendo las mejillas.
Los días pasaban y José recuerda la última salida del poeta:
No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco sobre ponerse a la angustia del destierro. Éste fue el estado de su espíritu en el tiempo que vivió aún en Colliure.
Unos días antes de su muerte, me dijo ante el espejo, mientras trataba en vano de arreglar sus desordenados cabellos: “Vamos a ver el mar”.

Nos encaminamos a la playa. Allí nos sentamos en una de las barcas que reposaban sobre la arena. Hacía mucho viento, pero él se quitó el sombrero que sujetó con una mano en la rodilla, mientras que la otra mano, reposaba, en una actitud suya, sobre la cayada de su bastón. Así permaneció absorto, silencioso, ante el constante ir y venir de las olas que, incansables, se agitan como bajo una maldición que no las dejara nunca reposar. Al cabo de un largo rato de contemplación me dijo señalando a una de las humildes casitas de los pescadores: “Quién pudiera vivir ahí tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación”. Después se levantó con gran esfuerzo y andando trabajosamente sobre la movediza arena, en la que se hundían casi por completo los pies, emprendimos el regreso en silencio”.

Si Madame Quintana se desvivía porque a los Machado no les faltase nada en la comida, no le iba Juliette Figuerès a la zaga con respecto a la ropa. También le proporcionaba al poeta el tabaco que tanto necesitaba. Así lo recordaría años después:
Un día me dijo José: “Mi hermano no puede bajar”. Yo le dije: “¿Por qué no bajan todos juntos a comer?”. Y me contestó: “Porque – en español como siempre – no tenemos ropa de recambio. El día en que uno de los dos lava la camisa, espera a que el otro acabe la comida y suba para bajar a su vez”.
Unas veces le tocaba a José quedarse a arriba y oras a Antonio. Le dije: “Si quieren aceptar una camisa les daré una a cada uno de ustedes para que puedan cambiarse y así podrán bajar todos juntos”. Él me contestó: “No me atrevo. Antes teníamos mucho dinero, ¿sabe? Y ahora no tiene ningún valor”. Trajo un periódico lleno de billetes, billetes de la República y me dijo:”Todo esto es para quemarlo, no vale nada”. Yo le contesté: “Guárdelo pues no sabe lo que puede pasar. A lo mejor un día…”. En fin, le dimos calzoncillos, camisas y ropas para su mujer, y estaban encantados.

Sencillamente conmovedor, triste, tierno.
Una tarde baja Machado al salón con una pequeña caja de madera, un joyero. Se lo entrega a Pauline Quintan y le dice:
“Es tierra de España. Si muero en este pueblo quiero que me entierren con ella”.
Cuando la dueña del hotel trata de hacerle desistir de la tal obsesión, el poeta mueve a ambos lados la cabeza y le dice:
“Mis días, señora, están contados”.
¿Acaso presentía el poeta la muerte cercana? Pauline Quintana guardará el joyero hasta su muerte, a los casi 100 años.
La condición de la madre está empeorando. Y la del poeta.
Así lo recordará Matea, la mujer de José:
“Como mamá Ana estaba mal, yo me levantaba por la noche e iba a verla varias veces. Una noche, cuando entré en la habitación, ya casi de mañana, observé algo muy raro en Antonio. Salí y le dije a mi marido: “Pepe, Antonio está muy mal”. Pepe se levantó enseguida. Serían como las seis de la mañana y decidimos que fuera yo en busca del médico”.
Matea llega a casa de Juliette Figuères: “Mi cuñado está muy enfermo y tiene que verlo un médico”. Esta la tranquiliza diciéndole: “Escuche, voy a acompañarle a casa del doctor Cabezen que ese nuestro médico y vendrá”. Fueron a por él y llegó inmediatamente. Dijo que era grave. Era asmático y cogió frío en Cerbère. Como tenía asma el médico lo encontró muy mal, porque tenía una congestión.
Los testimonios de los presentes concuerdan. El doctor le recetó unas medicinas y dijo que nada se podía hacer. Antonio se moría y de eso ya no cabía ninguna duda. Estuvo como cuatro días muy inquieto. Se veía morir. El 18 de febrero empeoró su neumonía, complicándosele con una gastroenteritis.
Sería alrededor del día 20 de febrero cuando Machado, haciendo un último esfuerzo, dictó una carta a su amigo Luis Álvarez Santullano, ahora secretario en la Embajada de España en Paris. Le aseguraba que su salud iba en alza, pero los trazos de la firma eran vacilantes.

Con la madre y el hijo en estado tan crítico, se colocó entre ambas camas un fino biombo. Con los ojos cerrados y ya delirante, repetía: Merci, madame; mercí, madame, agradeciéndole a la señora Quintana sus cuidados. A veces se le oía decir: “¡Adiós, madre, adiós, madre!”, pero mamá Ana, que estaba que estaba en la otra cama a su lado no le oía porque estaba en coma profundo. Fueron sus últimas palabras.

5 comentarios:

Parsimonia dijo...

Yo sabía el detalle de la escasez de ropa y que uno y otro tenían que alternarse para bajar. Qué triste!
La madre de Antonio vivió poco tras la muerte de su hijo.
En estos días nos has contado muchos detalles interesantes que desconocíamos de su vida.
Un gran homenaje.
Besos

Marino Baler dijo...

Parsimonia; Realmente es una pena que alguien como él tuviera ese final. Sí, la madre apenas le sobrevivió 3 días.
Lo que he pretendido es dar a conocer un poco al hombre, puesto que al poeta cualquiera lo puede conocer.
Muchas gracias, creo que D. Antonio lo merece.

Un beso.

Anónimo dijo...

Hola Marino,
la verdad que disfrutamos mucho leyendote,pones el bello de punta. Enhorabuena machadiano.

Anónimo dijo...

Hola Marino!!

Ha sido un gran homenaje, felicidades!! La verdad, no me ha sorprendido ;D

Espero que te hayas adaptado bien al cambio...

Cuídate muuuucho!

Luna.

Marino Baler dijo...

Anónimo; Bienvenido/a y gracias por tu comentario.

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Luna; Celebro que te guste. Muchas gracias.
De momento ahí andamos, poco a poco.

Un beso.