martes, 12 de agosto de 2008

Reencuentros en el mismo tiempo

Hacía tiempo que no se veían. Por distintos motivos se habían alejado y no habían vuelto a hablar. Pero el reencuentro debía ser allí. No podía ser en otro sitio. El caminaba con paso agitado hacia el lugar acordado. Durante el breve trayecto que quedaba hasta volver a reunirse miles de ideas, recuerdos e imágenes le acompañaban. Al pasar por el viejo puente se paró. Miró al río y sus laterales y en una de esas imágenes vio a dos personas cogidas del brazo paseando río arriba por la margen izquierda. De eso hacía ya mucho tiempo. Siguió caminando.
Al verla no supo cómo reaccionar e instintivamente la abrazó. Le salió así. Por parte de ella el recibimiento fue más frío. Le respondió al abrazo pero quizás no tan efusivamente. Quizás no se esperaba esa reacción. Se la notaba nerviosa, hablaba un poco deprisa y él la miraba de reojo y la escuchaba. Pero le daba la impresión que se encontraba a gusto.
Fueron a comer al mismo sitio de siempre. Parecía todo distinto, pero seguro que ambos sintieron las mismas sensaciones. La comida resultó agradable, hablaban con normalidad. En pocos instantes habían recuperado aquello que parecía que tenían guardado. Se sentían cómodos y eso era importante.
Después de comer fueron al hotel a descansar. Hacía calor y no apetecía nada salir. Ella durmió un rato en una cama. Él la observaba por momentos como dormía. No decía nada. Solamente la miraba y sonreía ligeramente. Estaba contento que ella hubiese aceptado su invitación.
Más tarde salieron del hotel. Fueron a tomar café a un sitio conocido por ellos. Estuvieron hablando durante un buen rato de cosas sin importancia pero se sentían a gusto. Salieron y pasearon, por la calle vieron una persona que ambos recordaban con cariño. Un músico callejero tocando el acordeón. Parece como si todo formase parte de un juego y todas las figuras de la primera vez hubiesen sido colocadas de nuevo para que todo pareciese igual.
Caminaron por las calles. Se sentían a gusto, contentos. Se hacían compañía mutua y eso lo agradecían. Caminado llegaron al río. Allí se sentaron y escucharon el sonido del agua. No hablaban, el río lo hacía por ellos. En aquellos momentos nada podía ser mejor que ese sonido embaucador y lo sabían. Como en un pacto no escrito decidieron callar, mirar el agua y pensar. Solamente ellos saben lo que sus pensamientos les dirían.
Casi al anochecer volvieron paseando al pueblo. Ella con paso acelerado hacía que él protestase. Le hacía gracia y reía, él seguía protestando y ella riendo pero entre sus protestas y las contestaciones irrisorias de ella no había maldad. Era todo muy ingenuo.
Fueron a cenar y todo seguía por la misma senda de tranquilidad y comodidad. Al terminar fueron a tomar un café y cuando salieron iban paseando hacia el hotel cuando escucharon música en la plaza de toros. Decidieron entrar y escuchar el concierto de una banda de rock. No apetecía ir a dormir. La noche acompañaba y se quedaron un rato. Al instante pasó un estrella fugaz ¿pedirían algún deseo? Si fue así solo el tiempo dirá si se cumple o no. La noche era perfecta. No podía tener un mejor guión.
Acabó el concierto y fueron al hotel. Ella se acostó en su cama y él en la suya. La de ella era pequeña, la de él de matrimonio. Mientras ella dormía, él se quedó viendo una película de miedo. Al terminar, estaba un poco asustado y le pidió cambiar la cama para sentirse más protegido. Ella no accedió. Pasó a su cama para dormir con él. Se sentía protegido y seguro por tenerla a su lado y así, poco a poco, durmieron. De madrugada el se despertó, se giró hacia donde estaba ella y la abrazó. Ella le correspondió apoyando la cabeza en su hombro. El se sentía feliz. Era una forma de agradecerle lo bien que sentía por estar allí los dos.
Al levantarse, mientas ella se arreglaba, él quedó con un amigo y al volver salieron los dos a desayunar. Fueron a la misma cafetería de siempre, a la misma mesa, como si el destino se la hubiese reservado para ellos en ese momento. Al salir pasearon por el parque. Eso fue lo único que les faltaba. Un paseo que no habían podido hacer pero que ahora nada podía impedirlo. Se sentaron un rato a la sombra de unos árboles y el apoyó su cabeza entre sus piernas. Estaba cómodo y supongo que ella lo estaría, de no ser así hubiese puesto cualquier excusa para que se levantase. Después el parque fueron a comer.

Ella le dijo: – Eres raro –.

Él le preguntó: – ¿Por qué lo soy? – .

Porque sí – respondió ella.

Todo tiene un porqué, pero nada es por qué sí – le contestó él.

¿Por qué has venido? –Siguió preguntando.
Ella le miró y con voz suave contestó: – No sé

Terminaban de comer y tenían que volver. Cada cual cogió su coche y fueron a despedirse al lugar donde se habían reencontrado. El círculo se cerraba. Él la abrazó de nuevo. Ella le respondió de forma distinta al día anterior. Él le dio las gracias por todo y quizás ella no lo oyó. Subió cada cual en su automóvil y partieron. Unos kilómetros más adelante sus caminos se separaron. ¿Volverán a encontrarse de nuevo? Quizás, quien sabe. De lo que estoy seguro es que para ellos habrá un antes y un después de esos días que pasaron juntos.

2 comentarios:

Luis López-Cortés dijo...

A este paso me vas a quitar el título de juglar.
Bonita historia.
Saludos y mucha suerte.

Marino Baler dijo...

Gracias.
No creo, maestro, que te quite ese título.

Un saludo.